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Vivan los mozos

Viernes 13 de agosto de 2010  

“Algún lector me escribió defendiendo este tipo de fiestas salvajes a costa de los pobres animales. Pero, ¿cómo no tener la tentación de utilizar mi comedia por entregas para ridiculizar a sus defensores?”
Elvira Lindo

En realidad, estoy escribiendo esta columna de pura chiripa. No quiero decir que la columna me haya tocado en una rifa, aunque habrá algún capullo que piense que sí, lo que digo es que la vida da muchas vueltas y que ésta no era la verdadera vocación en mis comienzos. Yo siempre quise ser antropóloga para estudiar la idiosincrasia de los seres humanos desde su origen, pero como soy de Moratalaz (Madrid), pues es un handicap, porque allí los primeros asentamientos de seres humanos (incluyo a mi familia) se remontan a los años sesenta y no hay más que rascar.
Mi vocación hubiera sido la de antropóloga subvencionada por una comunidad autónoma, pero ya me dijo un día Eduardo Arroyo que lo de ser de Madrid en cuanto al tema subvención tiene mal arreglo. Por cierto, ya que sale a colación, aprovecho para decirle al pintor Arroyo que me sirvió de inspiración para estos articulillos, dado que él tiene dos volúmenes de memorias: Sardinas en aceite y Boquerones en vinagre, y he querido hacerle un pequeño pero sincero homenaje con mi Tinto de verano. Espero que algún día me lo agradezca (hazme un dibujo, primo).

Ésta es una buena época para los antropólogos subvencionados, me refiero al verano, porque hasta el pueblo más pequeño del Estado (antes España) tiene sus raíces, su animal maltratado y su forastero en el pilón. Y al que no le guste, lo que decía Gila, que se vaya del pueblo. La otra tarde, mi santo y yo, a fin de mantenernos informados, nos pusimos la radio, siempre con el lógico miedo de que nos anuncien la antología del gran tenor (o Tenorio, como dice María José del Gran Hermano) Alfredo Kraus. Afortunadamente daban un programa sobre las hermosas tradiciones de las fiestas de agosto. Una de ellas, bastante edificante, se da en un pueblo de Zamora. La cosa consiste en tirar una cabra por el campanario, perdón, consistía, porque este año los mozos saben que como tiren a la cabra deberán pagar dos millones de multa. Y los mozos, con todo el dolor de su corazón, se han tenido que joder (y bailar). Una concejala (no sé de qué partido) se hacía eco de la frustración que tenían las buenas gentes del lugar:

—Eso lo hacen los mozos porque es como una puesta de largo simbólica, es una manera de dar paso a la edad adulta.

—¿Y la cabra cómo quedaba después del salto? —preguntaba el locutor.

—Hombre, la cabra un poquillo molesta, pero tengo que decir que luego la cabra tenía un sitio de honor en el baile, la cabra era para nosotros la reina de la fiesta.

Hay cabras con suerte, desde luego. En esto que en el programa llaman a un antropólogo, por aquello de que una persona con estudios superiores siempre da un punto de vista como más científico, y el antropólogo viene a decir que, al fin y al cabo, la fiesta es transgresión y que no hay que ser hipócrita, que hay mucha gente que se rasga las vestiduras porque maten una cabra y, sin embargo, no siente piedad hacia las cucarachas o hacia los mosquitos. ¡Olé la antropología!
Por cierto, acaba de llegar mi santo de la calle y me dice:

—He comprado Hogar y Plantas.

—¿Otro libro, cariño? —le pregunto.

—No, es el último grito en insecticidas.

El antropólogo calificaría a mi esposo de asesino; sin embargo, yo, antropóloga amateur, diría que está entrando en la edad moderna.

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