{"id":97,"date":"2008-10-03T13:20:31","date_gmt":"2008-10-03T12:20:31","guid":{"rendered":"http:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/?p=97"},"modified":"2010-08-04T04:26:48","modified_gmt":"2010-08-04T03:26:48","slug":"historias-del-metro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/articulos-new-york\/historias-del-metro\/","title":{"rendered":"Historias del metro"},"content":{"rendered":"<p><object classid=\"clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000\" width=\"500\" height=\"400\" codebase=\"http:\/\/download.macromedia.com\/pub\/shockwave\/cabs\/flash\/swflash.cab#version=6,0,40,0\"><param name=\"allowFullScreen\" value=\"true\" \/><param name=\"allowscriptaccess\" value=\"always\" \/><param name=\"src\" value=\"http:\/\/www.youtube.com\/v\/cb2w2m1JmCY&amp;hl=en_US&amp;fs=1?rel=0\" \/><param name=\"allowfullscreen\" value=\"true\" \/><embed type=\"application\/x-shockwave-flash\" width=\"500\" height=\"400\" src=\"http:\/\/www.youtube.com\/v\/cb2w2m1JmCY&amp;hl=en_US&amp;fs=1?rel=0\" allowscriptaccess=\"always\" allowfullscreen=\"true\"><\/embed><\/object><\/p>\n<p>Fue en 1939 cuando el m\u00fasico Duke Ellington conoci\u00f3 al que ser\u00eda su m\u00e1s estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el Duque, en un viaje a Pittsburgh qued\u00f3 impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invit\u00f3 a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio tan inseguro que le hizo un plano con todas las indicaciones para llegar hasta su casa, que estaba en Sugar Hill, el Harlem elegante de aquel entonces. Billy Strayhorn se present\u00f3 al poco tiempo en la casa Harlem pero no con las manos vac\u00edas: llevaba la partitura de una melod\u00eda que hab\u00eda creado inspir\u00e1ndose en las indicaciones del maestro.<!--more--> A Duke Ellington le gust\u00f3 tanto aquel \u201cTake the A Train\u201d (\u201cToma el Tren A\u201d) que a partir de ese momento la tocaba siempre al comienzo de sus conciertos. La melod\u00eda se convirti\u00f3 en canci\u00f3n y no hay cantante de jazz que se precie que no la haya interpretado, aunque es la voz de Ella Fitgerald la que la hizo m\u00e1s popular: \u201cTienes que tomar el tren A\/ para ir a \u201cSugar Hill\u201d en lo m\u00e1s alto de Harlem\/ Si pierdes el Tren A\/ descubrir\u00e1s que has perdido la manera m\u00e1s veloz de llegar a Harlem\/ R\u00e1pido, m\u00f3ntate, ahora, est\u00e1 viniendo\/ escucha esos ra\u00edles retumbando \u00a1Todos al tren!\/ M\u00f3ntate en el A\/ pronto estar\u00e1s en Sugar Hill en Harlem\u201d. El metro de Nueva York ha servido de inspiraci\u00f3n para much\u00edsimas canciones pero es esta melod\u00eda, que parece llevar la velocidad escrita en las mismas notas de su partitura, la que encarna el alma de las venas subterr\u00e1neas de la ciudad.<br \/>\nHace tres a\u00f1os se celebr\u00f3 el centenario de la inauguraci\u00f3n del metro. Dado que el metro ha vertebrado la ciudad moderna, para cualquier ciudad la efem\u00e9ride es esencial, pero Nueva York es una de esas ciudad que est\u00e1 muy presente en la obra de sus artistas. Esa presencia se debe en gran parte a su condici\u00f3n indiscutible de ciudad inspiradora pero tambi\u00e9n a la marcada tendencia americana al realismo, a certificar con poemas, cuadros o novelas todo aquello que su tiempo les pone delante de los ojos. Y si Nueva York est\u00e1 presente en el arte popular no se queda atr\u00e1s el metro, que es el reverso de la ciudad, no menos vivo que la superficie y, por alguna raz\u00f3n poderosa, el lugar de donde brotan historias para no olvidar.<br \/>\nLa primera piedra del metro de Nueva York se puso en Mayo de 1900. Antes se hab\u00edan hecho intentos de unir los barrios de la ciudad con trenes elevados, pero aumentaban el caos de una ciudad que se api\u00f1aba insanamente en sus zonas bajas. El Lower East Side era a \u00faltimos del diecinueve uno de los barrios m\u00e1s poblados del mundo. Los reci\u00e9n llegados, jud\u00edos, irlandeses, italianos luchaban por sobrevivir en habitaciones inmundas de las que hoy hay muestra en el Museo de los Tenements, un diminuto pero interesant\u00edsimo recorrido para hacerse una idea de lo que era subsistir en aquel hormiguero. El metro trataba de buscar soluciones a esa brutal concentraci\u00f3n humana e intentaba paliar lo serios inconvenientes que Nueva York presentaba para convertirse en una ciudad \u00e1gil y comercial. Recorrer las ocho millas que van de Norte a Sur supon\u00eda una cantidad absurda de horas. Adem\u00e1s, el ayuntamiento de Nueva York miraba desde hac\u00eda tiempo con indisimulada envidia el ejemplo del metro de Londres. Como siempre ocurre en Estados Unidos, la voluntad del municipio no era suficiente y fue gracias a la iniciativa de inversores privados que supieron imaginar astutamente el negocio en el que estaban invirtiendo lo que puso la obra en marcha. Cuatro a\u00f1os dur\u00f3 la construcci\u00f3n de esa primera l\u00ednea, cuatro a\u00f1os en los que se moviliz\u00f3 a doce mil hombres en su mayor\u00eda irlandeses e italianos, cuatro a\u00f1os que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos. Una vez m\u00e1s los neoyorkinos se mostraron conscientes de lo que ese vena abierta iba a suponer para las generaciones futuras y hay im\u00e1genes de las obras que han pasado a formar parte de un documental realizado por la televisi\u00f3n p\u00fablica para celebrar el centenario: obreros excavando tierra, obreros entre el cableado y las aguas y los gases subterr\u00e1neos, se\u00f1oras vestidas de \u00e9poca caminando por estrechas plataformas de madera, edificios apuntalados para evitar su derrumbe. El documental provoca envidia. El espectador puede asistir con bastante nitidez a la vida cotidiana de una ciudad en 1900 y nos permite imaginar el esfuerzo que supuso construir algo que hoy parece tan integrado en nuestra cotidianeidad. Esas im\u00e1genes nos permiten tambi\u00e9n observar algo que hace del metro de Manhattan algo \u00fanico. Los ingenieros no siguieron el modelo de excavaci\u00f3n profunda que hab\u00edan realizado los ingleses. La consecuencia es que el traqueteo de los vagones se oye en el silencio de las funciones teatrales, el metro se ve a trav\u00e9s de las rejillas de las aceras y levanta las faldas de las mujeres, circunstancia que fue aprovechada golosamente por Billy Wilder.<br \/>\nEn 1904 fue inaugurada esa primera l\u00ednea: \u201c!De City Hall a Harlem en s\u00f3lo quince minutos!\u201d. Los propietarios del  New York Times supieron calibrar c\u00f3mo el metro ampl\u00edaba las fronteras de la ciudad y trasladaron su redacci\u00f3n al edificio de la calle 42. Ten\u00edan una parada de metro a pie de calle que facilitaba la rapid\u00edsima distribuci\u00f3n del peri\u00f3dico. La presencia del rotativo en la plaza se hizo tan popular que \u00e9sta pas\u00f3 a llamarse \u201cTimes Square\u201d y no tuvo que pasar mucho tiempo para que fuera el lugar elegido por los ciudadanos para celebrar la llegada del A\u00f1o Nuevo.<br \/>\nPero el temperamento protest\u00f3n tan singular de los neoyorkinos enseguida les anim\u00f3 a demandar m\u00e1s l\u00edneas para que los otros barrios estuvieran tambi\u00e9n comunicados con Manhattan. En 1905 el metro lleg\u00f3 al Bronx, en 1908 a Brooklyn, en el 16 a Queens. Estas nuevas arterias provocaron una fiebre inmobiliaria que alivi\u00f3 al sur de Manhattan de su superpoblaci\u00f3n y ayud\u00f3 a la consolidaci\u00f3n de los nuevos barrios. Muchos jud\u00edos encontraron en el Bronx el para\u00edso. All\u00ed fue a parar Leon Trostky junto con su familia durante unos meses en 1917. Son curiosas sus palabras sobre este barrio. Trotsky alaba las comodidades que presenta su apartamento en ese barrio de clase obrera de Nueva York: ascensor, colector en cada piso para la basura, portero\u2026 Maravillas de los barrios nuevos que supon\u00edan entonces una promesa de futuro y en los que florec\u00eda una nueva conciencia de clase. Por su parte, un agente inmobiliario negro consigui\u00f3 que gran parte de la poblaci\u00f3n negra que malviv\u00eda en el sur de Manhattan se fuera trasladando a Harlem que pas\u00f3 a ser algo as\u00ed como la capital negra del pa\u00eds y el centro neur\u00e1lgico del jazz, lejos de ese Harlem deprimido de los setenta que ahora, t\u00edmidamente, va levantando cabeza tras los desoladores a\u00f1os en los que la droga y la delincuencia fueron las reinas de la vida del barrio.<br \/>\nEl trazado del metro de Nueva York, tal y como lo conocemos hoy, fue terminado en 1940, pero hab\u00eda cambiado la vida de sus habitantes mucho antes. Si la playa de Coney Island recib\u00eda antes de la llegada del metro a cientos de domingueros, despu\u00e9s de la comunicaci\u00f3n entre Manhattan y Brooklyn, el n\u00famero ascendi\u00f3 al mill\u00f3n. Las fotos de Coney Island en aquellos a\u00f1os tienen una cualidad c\u00f3mica y alegre: una playa abarrotada por esa clase trabajadora que se api\u00f1a para disfrutar de la gratuidad del sol, del agua salada y del algod\u00f3n dulce en los puestos de ese parque de atracciones que ahora parece estar en peligro de muerte por la revitalizaci\u00f3n inmobiliaria de la zona.<br \/>\nDespu\u00e9s de tanto tiempo, sesenta y siete a\u00f1os, sin grandes mejoras ni nuevos trazados, ha sido este a\u00f1o cuando el alcalde, Michael Bloomberg, ha puesto la primera piedra de una nueva l\u00ednea, la que recorrer\u00e1 el lateral Este de la isla. Pero no es extra\u00f1o el abandono en el que se encuentran muchas de las instalaciones del metro: Nueva York, que fue a principios del siglo XX, la capital del mundo de las obras p\u00fablicas, dej\u00f3 desvanecer su capitalidad y hoy vive de las rentas, que son importantes, porque en sus aceras se levanta la arquitectura m\u00e1s prodigiosa del siglo pasado, pero no suficientes. La ciudad es bella y vieja. Dos cualidades que llevaron a Marcelo Mastroiani a definirla como la nueva Venecia. Curiosamente, tambi\u00e9n hace aguas, como la vieja ciudad italiana. Es tal la cantidad de lluvia que cae sobre sus aceras que al bajar a chorros por las bocas de metro desborda los colectores. Para que la isla no se inunde tiene que ser drenada continuamente por su cuatro costados. A veces parece como si la ciudad tuviera un responsable de mantenimiento chapucero que se dedicara a arreglar todas las aver\u00edas parcheando aqu\u00ed y all\u00e1. Para una mentalidad europea es milagroso que la ciudad resista sin m\u00e1s contratiempos de los que hay.<br \/>\nNueva York est\u00e1 decr\u00e9pita y el metro es un buen ejemplo de ello. La sensaci\u00f3n que provoca en el visitante cuando realiza su primera excursi\u00f3n subterr\u00e1nea es la de aturdimiento: del gran t\u00fanel negro entran y salen trenes que m\u00e1s que deslizarse por los cuatro carriles parecen acuchillarlos literalmente, tal es el ruido que hacen a su paso; por las v\u00edas negras corretean esas ratas suburbanas que han encontrado all\u00ed el habitat so\u00f1ado. El visitante las se\u00f1ala y se asusta. El neoyorkino asiste sin perturbarse a eso y a casi todo. Se puede distinguir a un residente de un forastero en la forma de mirar ese sorprendente espect\u00e1culo humano que el metro ofrece gratu\u00edtamente con la famosa Metrocard, el bonotransporte. Deslizas la Metrocard por la rendija y es como si hubieras pagado la entrada para la gran comedia humana. No se trata solamente de la diversidad racial, a la que uno puede asistir en otras ciudades, es algo m\u00e1s, el metro neoyorkino acoge a los locos urbanos, a mendigos sorprendentes, a buenos m\u00fasicos que han de pasar ex\u00e1men para tocar en los andenes, a m\u00fasicos falsos que se cuelan y aporrean las guitarras cantando corridos, a predicadores b\u00edblicos, a una mendiga que se hace elegant\u00edsimos trajes de noche con bolsas negras de basura, pero, sobre todo, el metro es el lugar donde la segregaci\u00f3n, tan poderosa incluso en Nueva York, se resquebraja. Pobres, ricos, viejos, adolescentes, negros, blancos, de New Jersey, del Bronx o del Soho han de verse las caras bajo tierra. El metro es el elemento cohesionador de una ciudadan\u00eda acostumbrada al transporte p\u00fablico, que alquila un coche si es que quiere ir al campo.<br \/>\nDado el continuo aluvi\u00f3n de viajeros que entran y salen de los vagones, se puede decir que el metro de Nueva York es un lugar seguro; es precisamente la presencia de la gente la que hace dif\u00edcil que uno se encuentre en una situaci\u00f3n arriesgada. Sobre estos asuntos escribi\u00f3 una mujer llamada Jane Jacobs un ensayo imprescindible en defensa de la vida ciudadana a principios de los sesenta. Curiosamente, no era una experta en urbanismo, ni arquitecto, ni ingeniero, ni pol\u00edtico. Jane Jacobs fue una activista, vecina del Village, que se dedic\u00f3 a observar la vida urbana. Y c\u00f3mo lo hizo. La visi\u00f3n de Jacobs fue tan perspicaz que su libro, \u201cVida y muerte de las grandes ciudades americanas\u201d, se convirti\u00f3 de inmediato en la m\u00e1s poderosa respuesta intelectual a la tendencia de los grandes arquitectos a detestar la vida peatonal. Ellos hab\u00edan fijado la fecha de caducidad de la vida de los barrios del centro a favor de espacios completamente acotados: el de ocio, el de trabajo y la vivienda. Jacobs despert\u00f3 muchas conciencias, hay quien dice que el libro caus\u00f3 tal impacto que salv\u00f3 en gran parte al Village de la garra de los especuladores. Los ciudadanos se movilizaron para defender la vida de las calles peque\u00f1as, su esencia. Este libro, casi un manifiesto en contra de la segregaci\u00f3n, se public\u00f3 en 1961 pero su mensaje se actualiza cada vez que en una ciudad se construye un barrio con el \u00fanico objetivo de enriquecer a sus promotores, sin tener en cuenta la necesidad de relaci\u00f3n que tendr\u00e1n sus futuros habitantes. El texto de Jacobs habla de las aceras pero sus conclusiones son extrapolables a la vida subterr\u00e1nea. El metro sirve porque es seguro; el metro enlaza unas realidades sociales con otras, es un arma contra el aislamiento; el metro permite vivir sin la esclavitud del coche, que ha destrozado ciudades como Miami o Los Angeles. Su habitabilidad va pareja a la de las calles que tiene encima. Cuando en los a\u00f1os setenta y ochenta Nueva York era una ciudad a punto de tirar la toalla por el alt\u00edsimo nivel de peligrosidad, el metro acusaba la misma realidad. El cine document\u00f3 aquel tiempo en el que todas las paredes de los vagones estaban inundadas de graffitis. Es el metro de la persecuci\u00f3n de \u201cFrench Connection\u201d o la de aquel jovenc\u00edsimo Travolta viajando de Brooklyn a Manhattan en \u201cFiebre del s\u00e1bado noche\u201d. Hay quien dice que Nueva York ha perdido su sabor, su esencia, que es ahora una especie de Venecia tur\u00edstica. Probablemente los que lo dicen no han vivido nunca el desasosiego de la inseguridad. Sentir nostalgia de aquel metro inquietante es un t\u00f3pico que suelta con relativa frecuencia ese tipo de gente relacionada con la cultura que suelta lugares comunes ignorando que lo son.<br \/>\nYo me mont\u00e9 por primera vez en el metro neoyorkino en 1991. Ya era un lugar seguro y a\u00fan as\u00ed me alarm\u00f3 la violencia del ruido y la visi\u00f3n de ese arca de No\u00e9 que transportaba a todas las especies posibles dentro de la humana. Han pasado casi dieciseis a\u00f1os pero a\u00fan hoy cuando deslizo el filo de mi Metrocard s\u00e9 que estoy pagando por algo m\u00e1s que el transporte. No es un sentimiento de forastera, al neoyorkino (que mira aunque no lo parezca) le ocurre igual. Cada vez que te encuentras con alguien es raro que la conversaci\u00f3n no empiece con un, \u201c\u00bfsabes lo que me ha pasado hoy en el metro?\u201d. Son historias que animan conversaciones, que inspiran cuentos o canciones. Una de esas historias, ya legendaria, se me viene a la cabeza:  la figura triste de Charlie Parker en 1954, tras la muerte su hija, tomando el metro para dejarse llevar a cualquier sitio, como uno de esos mendigos que dormitan recorriendo la ciudad, como ese hombre muerto del que los pasajeros, durante d\u00edas, pensaban que estaba dormido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fue en 1939 cuando el m\u00fasico Duke Ellington conoci\u00f3 al que ser\u00eda su m\u00e1s estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el Duque, en un viaje a Pittsburgh qued\u00f3 impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. 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