{"id":304,"date":"2010-04-25T22:21:35","date_gmt":"2010-04-25T21:21:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/?p=304"},"modified":"2010-08-04T04:23:58","modified_gmt":"2010-08-04T03:23:58","slug":"os-juro-que-la-vi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/don-de-gentes\/os-juro-que-la-vi\/","title":{"rendered":"Os juro que la v\u00ed"},"content":{"rendered":"<p>\u00abEsto no me lo merezco\u00bb. Ay, cu\u00e1ntas veces he pensado esto. No cuando me invade una pena negra, no, sino cuando soy consciente de estar viviendo un momento de felicidad. La diferencia entre alegr\u00eda y felicidad, seg\u00fan un personaje de Salinger, es que \u00abla alegr\u00eda es un l\u00edquido y la felicidad es un s\u00f3lido\u00bb. As\u00ed es exactamente c\u00f3mo aprecio la felicidad, como algo que se puede tocar. Es entonces cuando me viene a la cabeza ese pensamiento, \u00abesto no me lo merezco\u00bb. No suelo expresarlo porque siempre hay alguien por ah\u00ed que te dice que eso es consecuencia de nuestra educaci\u00f3n judeo-cristiana y blablab\u00e1. El c\u00e9lebre lugarcillo com\u00fan. Yo me niego a que nadie me estropee con un lugarcillo com\u00fan esa sensaci\u00f3n tan grata de no merecimiento. Est\u00e1 en mi forma de ver las cosas desde que muy chica, y no creo que intervenga la culpa sino la celebraci\u00f3n de un regalo que no esperabas.<!--more--><\/p>\n<p>El otro d\u00eda viv\u00ed uno de esos momentos. Viaj\u00e9 a Boston a dar una charla y el profesor Cristopher Maurer, gran especialista en Lorca y aleda\u00f1os, se ofreci\u00f3 a darme un paseo ma\u00f1anero por los alrededores. El campo del Estado de Massachusetts es de una belleza abrumadora y se encontraba en ese momento en que todos los capullos est\u00e1n como locos por abrirse y llenar el campo de hojas y de colores florales. Eso en s\u00ed ya emocionar\u00eda al coraz\u00f3n m\u00e1s opaco, pero es que adem\u00e1s manten\u00edamos una conversaci\u00f3n animad\u00edsima en la que se mezclaban la erudici\u00f3n del profesor sobre el exilio espa\u00f1ol, mi incontenible curiosidad, su esp\u00edritu nada reserv\u00f3n con lo mucho que sabe y algo para m\u00ed m\u00e1s desconocido y apasionante: la historia de la comunidad intelectual que se asent\u00f3 en el pueblo de Concord en el siglo XIX, Emerson, Thoreau, Alcott. Fil\u00f3sofos, defensores de una nueva pedagog\u00eda, abolicionistas, proclamadores de la desobediencia civil ante los abusos del Estado, grandes naturalistas.<\/p>\n<p>Era una conversaci\u00f3n de ida y vuelta, que viajaba de un lado a otro del oc\u00e9ano y de un siglo a otro. El profesor Maurer me quer\u00eda ense\u00f1ar algunas de las casas de esos escritores. Como siempre que ando yo por medio la cosa intelectual tuvo su componente absurdo. Era muy c\u00f3mico ver al profesor algo perdido, luchando con el plano encima del volante a la manera en que las personas desgarbadas hacen que parezca que tienen extremidades de m\u00e1s. Por otra parte, la conversaci\u00f3n era tan cautivadora que el profesor Maurer dejaba de mirar al frente para mirarme a m\u00ed, como si en vez de en un coche estuvi\u00e9ramos en una cafeter\u00eda, y yo, tan divertida como inquieta, no apartaba mis ojos de la carretera, tratando de sustituir absurdamente con mi mirada la suya.<\/p>\n<p>Y en esto llegamos adonde ten\u00edamos que llegar, a una casita de madera pintada en gris, con aire de cuento, sencilla como si en ella hubieran habitado personas que practicaran la humildad como norma. As\u00ed era. Era la casa de Bronson Alcott, eminente pedagogo y algo m\u00e1s importante para m\u00ed, padre de Louisa May Alcott, la autora de la novela inspiradora de libertad y rebeld\u00eda de ni\u00f1as de muchas generaciones, Mujercitas. A fuerza de traducciones deficientes e ilustraciones acarameladas esta historia de cuatro hermanas nos llegaba con una p\u00e1tina de cursiler\u00eda que la novela no ten\u00eda; a\u00fan as\u00ed, no habr\u00e1 habido otra lectura que haya empujado a tantas ni\u00f1as fantasiosas a la escritura. El personaje de Jo March fue un modelo para las criaturas que no nos adecu\u00e1bamos a la idea convencional de lo femenino. A nuestra Jo le gustaba usar una jerga no propia de chicas, subirse a los \u00e1rboles, saltar vallas, correr, montar teatrillos y escribir cuentos. Jo, valiente e impetuosa, despreciadora de lo \u00f1o\u00f1o, se cort\u00f3 la coleta para ayudar econ\u00f3micamente a la familia. C\u00f3mo no quererla a los nueve a\u00f1os. C\u00f3mo no querer tener un diario como ella para retratarte a ti misma como la m\u00e1s audaz de tu familia. La peque\u00f1a casa de la escritora cruj\u00eda bajo nuestros pasos, mi altura era la adecuada para techos tan bajos, pero era f\u00e1cil imaginar a Louisa, casi tan alta como el profesor Maurer, agacharse al pasar por debajo del marco de las puertas. Con la voz de la infatigable gu\u00eda de fondo, me acerqu\u00e9 al tablerillo semicircular de madera en el que nuestra novelista hab\u00eda inventado en 1868 el mundo de sus mujercitas inspir\u00e1ndose en sus propias hermanas. Dos meses le llev\u00f3 el libro. La r\u00e9plica de un manuscrito reposaba sobre la humilde mesa y yo me concentraba en imaginar a esa mujer, una primavera de hace ciento treinta y dos a\u00f1os, levantando la vista de la p\u00e1gina para que la mirada le descansara en esa naturaleza a punto de estallar. Al mismo tiempo, siguiendo con ese viaje de ida y vuelta que provocan las emociones, me ve\u00eda a m\u00ed misma refugiada en un cuarto de atr\u00e1s del piso donde vivimos en Palma de Mallorca. Me ve\u00eda con mi libro de Bruguera, uno de aquellos que se pod\u00edan leer siguiendo las ilustraciones o el texto, tratando de convertirme a m\u00ed misma en materia literaria. De pronto fui consciente de todo el trasiego vital que sigui\u00f3 al descubrimiento de aquel libro, de todo lo bueno y lo malo de esos cuarenta a\u00f1os. Entonces pens\u00e9, \u00abesto no me lo merezco\u00bb. Y sent\u00ed la felicidad, tan s\u00f3lida como la presencia de esa mujer del XIX, que estaba ah\u00ed, en su mesa, escribiendo ese libro para m\u00ed. Os juro que la vi.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00abEsto no me lo merezco\u00bb. Ay, cu\u00e1ntas veces he pensado esto. No cuando me invade una pena negra, no, sino cuando soy consciente de estar viviendo un momento de felicidad. La diferencia entre alegr\u00eda y felicidad, seg\u00fan un personaje de Salinger, es que \u00abla alegr\u00eda es un l\u00edquido y la felicidad es un s\u00f3lido\u00bb. 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