{"id":11,"date":"2008-08-08T16:53:31","date_gmt":"2008-08-08T15:53:31","guid":{"rendered":"http:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/?p=11"},"modified":"2010-08-04T04:29:30","modified_gmt":"2010-08-04T03:29:30","slug":"corazon-abierto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elviralindo.com\/blog\/textos-literarios-2\/corazon-abierto\/","title":{"rendered":"Coraz\u00f3n Abierto"},"content":{"rendered":"<p>A la ni\u00f1a que sonr\u00ede a la c\u00e1mara le quedan pocos meses para dejar de serlo. Conozco su futuro de tal forma que me acongoja no poder evitar lo que se le vendr\u00e1 encima. Sonr\u00ede al fot\u00f3grafo profesional que ha ido a casa para sacar unas fotos de familia a las que a\u00f1adir\u00e1 en un montaje precario la imagen yey\u00e9 de la Virgen Mar\u00eda, San Jos\u00e9 y el Ni\u00f1o para felicitar las Pascuas. <!--more-->Es el primer a\u00f1o que no van a ir al pueblo por Navidad pero los padres quieren estar presentes encima de los televisores de las casas de los t\u00edos. A la ni\u00f1a le hubiera gustado ir como todos los a\u00f1os a vivir la Nochebuena y la Nochevieja al calor del horno de su t\u00edo panadero. La ni\u00f1a, expansiva, gregaria, encuentra su habitat natural rodeada de cincuenta personas entre t\u00edos y primos, en esas veladas en las que los ni\u00f1os cantan hasta quedar roncos, corren de madrugada por las calles heladoras del pueblo y se acurrucan bajo siete mantas susurrando al o\u00eddo de los primos un \u00faltimo secreto antes de ser derrotados por el sue\u00f1o. La ni\u00f1a a\u00fan no entiende enteramente la nostalgia con la que su madre vive el estar lejos de los suyos, pero a veces se siente contagiada por el mal de la melancol\u00eda inexplicable. La melancol\u00eda es una sombra a\u00fan d\u00e9bil en su car\u00e1cter. La ni\u00f1a es de sonrisa f\u00e1cil. La sonrisa le sube el rostro alargado hacia arriba y s\u00f3lo los ojos permanecen tozudamente inclinados hacia abajo como anunciando la doble naturaleza de un temperamento inestable. La ni\u00f1a tiene una serie de recuerdos difusos sobre su peque\u00f1o pasado. Se mezclan los paisajes de los lugares en los que ha vivido y la conformidad ante la idea de que la vida es un llegar para irse, que uno debe adaptarse pronto y sin protestar a nuevas casas y nuevos acentos. La ni\u00f1a tiene ahora un acento mallorqu\u00edn, lo ha adquirido en pocos meses y ahora no podr\u00eda imaginar una vida fuera de la isla. Parece que siempre ha bajado como ahora baja al colmado del se\u00f1or Jaume para que le prepare todas las tardes un bocadillo de sobreasada y aceitunas. A su mejor amiga de la calle le falta un brazo y lleva uno que parece el de la Virgen Mar\u00eda. A veces juegan al corro y la ni\u00f1a entiende que por fidelidad habr\u00e1 de tomar la mano de estatua de su amiga. El alma de la ni\u00f1a se agita en esos momentos con miedo y compasi\u00f3n. Como si fuera un regalo, la amiga le ense\u00f1a el mu\u00f1\u00f3n y la ni\u00f1a lo toca. Toca el fruncido de mu\u00f1eca de tela que forma la piel al final del hombro. La ni\u00f1a so\u00f1ar\u00e1 durante muchas noches que los brazos se le caen al suelo como cae la fruta madura del \u00e1rbol. Esta es sin duda la tragedia m\u00e1s palpable que ha vivido la ni\u00f1a. Esto, la melancol\u00eda de su madre y una cierta ansiedad que le lleva a tener algunas man\u00edas, como rascar las paredes, gui\u00f1ar los ojos o arrancarse la vacuna del c\u00f3lera hasta provocar una infecci\u00f3n que ha tra\u00eddo al practicante a casa. Man\u00edas que van y vuelven, que torturan y averg\u00fcenzan. Man\u00edas que se agudizan cada vez que su madre pronuncia la palabra man\u00eda.<br \/>\nUn d\u00eda, la debilidad emocional de su madre toma un nombre concreto: coraz\u00f3n. El coraz\u00f3n no late a su debido ritmo y eso es lo que provoca en la madre llantos sin motivo. Ese \u00f3rgano misterioso que est\u00e1 detr\u00e1s del pecho izquierdo sobre el que la ni\u00f1a, a\u00fan siendo ya grande para estar en brazos, se queda dormida muchas noches, provocando la burla de sus hermanos mayores. Es el coraz\u00f3n el culpable de que la madre tenga que irse a un m\u00e9dico de la pen\u00ednsula. La madre nunca se ha marchado de casa as\u00ed que la ni\u00f1a vive de pronto una orfandad anticipada, un ensayo. Apenas habla con la madre por tel\u00e9fono porque est\u00e1 muy d\u00e9bil y se emociona, dice la t\u00eda. Ya habr\u00e1 tiempo. El tiempo pasa, corre como un galgo y se lleva dos meses por delante hasta que el padre anuncia que ha llegado el momento de ir a verla a Madrid.<br \/>\nEs una tarde larga del comienzo de la primavera. El piso es nuevo, iluminado ahora por la \u00faltima luz de la tarde, apenas amueblado y lleno de gente. Son esos mismos t\u00edos y primos que beben y cantan en el horno por Navidad. Pero ahora hablan bajo, como se habla en los velatorios o en misa. Est\u00e1n por todas partes. En la cocina las mujeres andan preparando la cena, en el sal\u00f3n los hombres fuman, en el pasillo unos van y vienen. La ni\u00f1a presiente el final de una vida, la suya como ni\u00f1a.  Quisiera no entrar en el cuarto, preferir\u00eda esperar a su madre en la isla, que su vuelta no estuviera sometida a la emoci\u00f3n del regreso, verla sin m\u00e1s, acodada en la ventana, vigilando su vuelta del colegio. La ni\u00f1a se resiste a entrar pero la mano firme del padre la sit\u00faa delante de la cama. La mujer que la ni\u00f1a ve all\u00ed no es la madre.<br \/>\nLa madre era una mujer alta, con el pecho generoso y elevado de las madres, ese pecho para hundir el desconsuelo cuando te han pegado, el pecho contra el que estamparse para sofocar la rabia. La madre llevaba peinados cardados, ten\u00eda el pelo casta\u00f1o y los ojos vivos y peque\u00f1os, la sonrisa redonda, de dientes grandes y muy blancos. La madre ten\u00eda una voz dulce, susurrante y entonada con la que cantaba boleros en la cocina. No, no es ella. La mujer que yace en la cama tiene el color de los aparecidos, la piel amarilla. La mano amarilla que se alza temblorosa con la intenci\u00f3n de tocarle la cara a la ni\u00f1a. La ni\u00f1a deber\u00eda darle a la mujer extra\u00f1a el consuelo de un abrazo tanto tiempo anhelado. Eso deber\u00eda haber hecho pero se queda a los pies de la cama, incapaz de no sentir rencor.<br \/>\nUna de las t\u00edas pierde la paciencia. Besa a tu madre, dice. La cabeza de la ni\u00f1a acerca reticente su cabeza a la cabeza de pelo blanco de la mujer que m\u00e1s que hablar solloza. Hija m\u00eda, hija m\u00eda. La ni\u00f1a apoya una mano sobre su cuerpo y toca algo duro y picudo. Le cuesta advertir que aquello es la cadera. La cadera que ella conoc\u00eda, la cadera carnal y redonda ya no existe. Los hermanos tambi\u00e9n est\u00e1n all\u00ed, de pie, parados ante la imagen de la desconocida. La t\u00eda m\u00e1s querida, con esa disposici\u00f3n que podr\u00eda parecer frialdad a quien no supiera que el amor se manifiesta tambi\u00e9n amortajando parientes y limpiando moribundos, baja la s\u00e1bana y abre el camis\u00f3n de aquella anciana de cuarenta y dos a\u00f1os que lejanamente recuerda a la madre. Miradla, pobrecica, mirad lo que ha tenido que pasar. Una cicatriz gorda y roja recorre de arriba a abajo el pecho agitado de la mujer, un cienpi\u00e9s con mil patas negras a los lados que se ondula o se encoge de pronto, seg\u00fan la enferma, con un hilo de voz, pronuncia los nombres de sus cuatro hijos y los mira con ojos espantados desde un mundo que no es el de los vivos. Ahora teneis que cuidarla, dice alguien. La ni\u00f1a, al oirlo, alberga los dos sentimientos que ya no habr\u00e1n de abandonarla nunca, el de la responsabilidad y el de la amenaza. La responsabilidad es un presi\u00f3n en el pecho, la amenaza de la muerte el apret\u00f3n de una garra en la nuca.<br \/>\nLa noche entra en el cuarto. Nadie da la luz. Los adultos entran a despedirse, acarician la frente a la enferma, murmuran alg\u00fan \u00faltimo consejo. Las hermanas se quedan sentadas en la otra cama, en silencio, sabiendo que la madre desea tenerlas cerca. Se acuestan y la hermana mayor abraza a la ni\u00f1a, que trata in\u00fatilmente de reprimir el llanto. No llores, no llores. La mujer respira y solloza, dice cosas que ellas no pueden entender. Cuando el cansancio va ganando a la pena y la habitaci\u00f3n queda en silencio un peque\u00f1o ruido va tomando forma. Es r\u00edtmico como el tic tac de un reloj pero de una naturaleza distinta. Cambia su velocidad a cada momento, como si respondiera a un comp\u00e1s caprichoso. La ni\u00f1a se levanta y tal y como ha visto hacer tantas veces esa tarde moja el pico del pa\u00f1uelo en el vaso de agua y se lo pasa a la mujer por los labios. Gracias, hija m\u00eda. La voz en la oscuridad es deliciosamente familiar, como si el hecho de no ver la cara amarilla de p\u00f3mulos hundidos ayudara a devolver la presencia del ser querido. Es el coraz\u00f3n, dice la madre, lo que suena es mi coraz\u00f3n, no te asustes. Lo dice como si ella misma tuviera que habituarse a ese sonido que parece estar certificando a cada instante su precaria presencia en entre los vivos, sus d\u00edas de m\u00e1s que son una resta del futuro que no va a tener. Tengo mucho calor, dice. La hermana se levanta para retirarle la colcha y las dos, la ni\u00f1a y la hermana adolescente, se quedan de pie, mir\u00e1ndola sin verla, escuchando el coraz\u00f3n, dispuestas desde entonces a hacer lo posible por mantener ese latido en el mundo. La ni\u00f1a, igual que acepta el desaf\u00edo de una nueva ciudad o un nuevo acento, acepta que sus d\u00edas de infancia est\u00e1n contados, y de la manera voluntariosa y poco argumentada con que los ni\u00f1os sensibles se hacen grandes prop\u00f3sitos, pasa el dedo \u00edndice por la cabeza del enorme ciempi\u00e9s que duerme sobre el cuello de la anciana que al tacto de la caricia vuelve a convertirse en su madre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[&#8230;]La melancol\u00eda es una sombra a\u00fan d\u00e9bil en su car\u00e1cter. La ni\u00f1a es de sonrisa f\u00e1cil. 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