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	<title>Elvira Lindo</title>
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	<pubDate>Fri, 27 Feb 2009 03:00:40 +0000</pubDate>
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		<title>Manolito Gafotas, niño sin inhibiciones</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Oct 2008 11:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Sobre Elvira]]></category>

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		<description><![CDATA[Manolito aparte de nombre de camión comprado a plazos por su padre, es el del protagonista de libros de éxito europeo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Manolito aparte de nombre de camión comprado a plazos por su padre, es el del héroe de Carabanchel (Alto), protagonista primero de episodios semanales domingueros y luego de libros de éxito difundidos por Europa. Su creadora me dedicó el último, pensando, con razón, que acaso me hiciera revivir mi lejana niñez. Y así ha sido. También la mía transcurrió en descampaos, cerca de una cárcel, la Modelo, “el Abanico”, donde hoy se alza la mole escurialense del Ejército del Aire. <span id="more-80"></span>Mucho en común tuve con esta chiquillería del parque del ahorcado, incluso algún abuelo intercambiable propenso a “quedarse sopa”, aunque esta expresión no existía. Mejor que el parque del ahorcado era sin duda el de Oeste, con sus bocas de riego mal cerradas que permitían la fabricación de embalses llamados “pozas”. Había también (alguno queda) unos arroyos ratifícales de aguas mansas y puentes rústicos donde con hojas de magnolio fabricábamos veleros –una hoja el casco, otra la vela-. Y era otra gran emoción, acercarnos al paso de nivel para ver pasar, al anochecer, envueltos en humo y lanzando chispas, el tren de Asturias, el expreso de Irán, ya acelerados para perderse hacia el Puente de los Franceses. Y ya mayores, una estantería de azulejos -¿trescientos volúmenes?- que en préstamo directo disfrutable bajo los árboles nos abría la imaginación a Julio Verne, al coronel Ignotus o a Emilio Salgari.</p>
<p>No teníamos, en cambio, televisión ni familia Addams ni bollicao ni supertíos en Oslo ni taxis al aeropuerto, ni Comidas de Reconciliación. Tampoco alcanzaban nuestros medios, ni siquiera con abuelos complacientes, para permitirnos supercucuruchos de helados; si acaso una pera chica para gastarla en garulla (migas de pastelería), adoquines, paloluz o torraos.</p>
<p>El desparpajo exhibido por Manolito no lo puedo imaginar en mi niñez ni en la de ningún contemporáneo de entonces. Y es que Manolito es, aunque a veces se queje,  un niño privilegiado y realista, nada relamido -¡qué va!-, sumamente inteligente, sin pedantería, que parece el único español que ha sacado provecho de la tele, de la que, por lo que cuenta, no se ha perdido nada. La creadora de Manolito no se ha inventado un lenguaje artificial para presentarnos a este niño, impregnado de todas las innovaciones idiomáticas de la tele y los que la frecuentan. El vocabulario a veces insólito que utiliza nuestro héroe es fácilmente identificable con el de estos “innovadores”, y está salpicado de todos los latiguillos de la jerga mediática: “prisión de máxima seguridad”, “cuadro de insolación en primer grado”, “hecatombe nuclear”, el “Atlántico Norte”, “presos en régimen abierto”, “gente de mi generación”, “quemaduras de primer grado” (uno recuerda el “de pronóstico reservado” de los sainetes, que era mucho peor que “grave”), los “extraterrestres”, los “fenómenos paranormales”, “hormiga atómica”, “pruebas fidedignas”, “demostrado con cronómetro y acta notarial”, los “científicos de todo el mundo”, “aquel ser humano (el abuelo) bailaba inspirado por los dioses”, “toda materia es reciclable”, “roncaban al unísono”, “código de barras”, etcétera. Elvira Lindo ha sabido dosificar estos seudocultismos con el habla coloquial más o menos desgarrada de los niños del arroyo educados a la vez por la escuela y los padres. Pero Manolito, niño extravertido –“no soy nada Tímido”, “hablo con todo el mundo”, “soy un niño sin vida interior”-, habla antes de pensar. “En cuanto la sita hace una pregunta, ya estoy yo con la mano levantada me sepa o no la espuesta”, eso produce a veces frades de gran efecto cómico, donde se mezcla lo cómico y lo popular; lo fino y lo escatológico: “l Imbécil y sus esfínters”, “en plena concentración intestinal”, “el producto interior bruto” y otras más explícitas. Este carácter abierto y espontáneo propicia también la hipérbole más o menos lógica: “nos estábamos haciendo amigos de toda la vida”, “a mi madre la quiero hasta la muerte mortal”, “un día total de la muerte”, “la tremenda inmensidad del agua”, “soy el tío más importante que conozco”, “lo mejor de mi vida planetaria”, “el mundo mundial”, etcétera.</p>
<p>Se anuncian nuevas aventuras de Manolito. Esperemos que siga descubriendo el mundo y nos lo cuente con la brillante, despierta e ingenua sagacidad de quien sabe prescindir de las gafas para observarlo</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.elviralindo.com/wp-content/uploads/2008/09/manolitoemiliolorenzopequena.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-81 aligncenter" title="manolito-emilio-lorenzo" src="http://www.elviralindo.com/wp-content/uploads/2008/09/manolitoemiliolorenzopequena-460x334.jpg" alt="" width="216" height="156" /></a></p>
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		<title>Sobre &#8220;Una palabra tuya&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Oct 2008 12:45:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Sobre Elvira]]></category>

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		<description><![CDATA[Rosario, narra sus pensamientos en "Una palabra tuya", sintiendose un individuo condenado al fracaso, causa de la relación con su madre ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Kulin Katalin</em></p>
<p>De acuerdo con la dirección predominante de nuestra época, en la novela Una palabra tuya, obra de Elvira Lindo escrita en primera persona, la historia es algo contingente, secundario, y simplemente se refleja en la memoria. Rosario, la narradora, o más bien, el personaje que registra sus pensamientos, es un individuo que a base de las observaciones de su madre se siente de antemano condenada al fracaso, no tiene relación ni con su decrépita madre ni con Milagros, tan aferrada a ella y a quien consideran trastornada.<span id="more-79"></span> Aunque después del instituto asiste algunos meses a la universidad, hace de limpiadora en una agencia de viajes, y luego, cuando de allí la despiden, se gana la vida como barrendera. Soledad postmodernista ideal, ausencia de objetivos y, con el mismo tono, un lenguaje y entorno adecuados. Lindo no aspira en absoluto a una expresión de nivel literario; el vocabulario vulgar de los discursos evocados, sus trillados giros, la jerga cruda y súper especializada de la sexualidad no nos ilusionan con ninguna suerte de obsoletos valores. De la casa, donde había vivido con su madre, después del entierro tira todo lo que pudiera recordar la vida  o estrato pequeno-burgueses; no conocemos tampoco el ambiente supuestamente también pequeno-burgués de la hermana que visita una vez a la agónica madre. La casa de Milagros está adornada con pedazos sacados de los cubos de basura, además, allí está la calle, los parques que hay que barrer, llenos de toda clase de inmundicias, o los bares baratos y destartalados, calientes refugios de los barrenderos. La gente de la que algo oímos pertenece igualmente a este círculo, pero incluso entre ellos también es un tema de permanente actualidad Rosario, sospechosa por encontrarla diferente. Esta sospecha la confirma más todavía Milagros, de quien en vano trata de deshacerse. De Milagros ya en la escuela se burlaban, la empujaban a hacer las cosas más absurdas, pero en vez de dolerle estas cosas más bien se alegraba pues se había convertido en el centro de la atención. Fueron condiscípulas solo en la elemental, luego se encontrarían más tarde cuando la taxista Milagros descubrió a Rosario esperando en el frío en el paradero de autobuses, lo que hacía cada madrugada, y luego la llevaría a su trabajo. Por eso Rosario le parece a la gente lesbiana, y más tarde lo mismo sospechan también las barrenderas. Milagros trabaja como taxista en la empresa de su tío, pero por su extraña condición la deja pronto sin el empleo. Si por algún motivo no le cae bien el deseo de los viajeros pues en absoluto lo consentirá. Se droga y por las mañanas le ofrece lo mismo también a Milagros. Luego ella será también barrendera. No sabemos nada sobre la vida sexual de Milagros; más tarde nos enteramos que nunca había menstruado; es posible que de vez en cuando se acostara con alguna mujer. Lo que ocurre también una vez con Rosario, cuando trató de librarse del espectáculo de su madre muerta dejando que Milagros pasara con ella la noche. La escritora no concede ningún espacio a consideraciones propias de la moral sexual, ni negativa ni positivamente. A veces lleva a su casa a Morsa, chofer del camión de la basura, pero a él no la liga ningún sentimiento en particular. De sus experiencias con él en la cama habla con las mismas palabras groseras que utiliza en el caso de otros. Pero al hablar así ella aparentemente no califica sino simplemente formula las cosas sin tapujos. Tampoco es normal la vida sexual de su hermana: hace mucho que el marido no se acuesta con ella. Además, el tío de Milagros, quien se masturba cada mañana. Rosario no encubre nada: la gente, el entorno, la vida sexual o amorosa, todo lo pone ante nuestros ojos en su realidad más cruda. No hay espacio para los refinamientos ni para las ilusiones gratuitas. Su madre siempre la consideró como adulta precoz, y que siempre tendría una opinión sobre todo y sobre todos. Y esta es su alteridad, lo que la hace sufrir. Esta obligada opinión la tiene ella encerrada entre las rejas de su soledad. Nuestra primera lectura apunta al mundo postmoderno. Un mundo auténticamente fragmentado, un mundo sin relaciones verdaderas. Es diferente el &#8220;yo&#8221;, pero también es diferente el otro. La basura de donde recoge Milagros, y de donde consigue los enseres de su casa, objetiva un procedimiento postmoderno. Así es como el artista compone a partir del basural de la cultura. Esto - como el trabajo de barrendero – puede concebirse hasta como alegoría: de esta sociedad no sale sino basura, basura que incesantemente se reproduce. Vómitos y excrementos humanos, manchas de esperma quedadas después del deseo carnal, el placer de la droga o la bebida, las latas de cerveza vacías tiradas por doquier. Esto es lo que dejan tras sí los jóvenes supuestamente ricos; este parque es su torcido jardín del Edén, y aunque no son ellos los que limpian no es clara la diferencia entre el mundo de los barrenderos y el suyo, ya que placeres como estos cualquiera puede conseguirlos, la dejadez es común, y común es el vacío de sus corazones. El psiquiatra, al que recurre Rosario tras ver caminar por la casa a su madre muerta, podría ser el único representante del orden social, pero es también falso, es incapaz no solo de ayudar sino también de comprender, sus conocimientos constan solo de esquemas vacíos. Al final de la obra muere el recién nacido encontrado por Milagros en uno<br />
de los cubos de basura, y que pese a la oposición de Rosario lo lleva a casa como si fuera hijo suyo. Después de unos días de cobarde silencio, Rosario va a verla; el bebé está muerto, Milagros le guarda luto como madre y quiere enterrar a su hijo. Le piden a Morsa que las lleve – diciéndoles que en el cajón llevaban al gato - a una aldea bastante lejana. En el cementerio, Milagros cava la sepultura al pie de un árbol. Luego van a la casa donde había vivido Milagros con su madre. Dice que le gustaría quedarse allí por algún tiempo. Rosario y Morsa regresan, y Milagros se suicidará.</p>
<p>La terminación me sorprendió también en la primera lectura; por el tono indudablemente vulgar de toda la obra, por sus personajes y el entorno simplemente no encajaba en desenlace previsible. El alma se había colado tan silenciosamente que no conseguía sobreponerse a la primera impresión. Si concebimos la postura postmodernista como un descubrimiento de que son falsos los valores pregonados, que es solo aparente la responsabilidad asumida por todas las comunidades, que las huellas de la moral no pueden descubrirse ni siquiera en las formas de conducta dictadas por las vacías convenciones, pues indudablemente es esto lo que Una palabra tuya trasmite, no ilusiona, y todo esto lo atestiguan el ambiente, el lenguaje y los personajes. No hay nada que desenmascarar, el mundo es tal cual.  Si el lector escudriña mejor, la segunda lectura le sacará de este charco cómodo, que no exige ningún esfuerzo, puesto que parece imposible de cambiar. El seguro diagnóstico ya no implica arreglo de cuentas con las ilusiones gratuitas, más bien abre nuevas salidas, empuja al límite de lo vivido, sugiere un cruce posible o necesario (?).</p>
<p>Paul de Man examina en su estudio el escrito elevado y positivo de Rousseau, y descubre en él la ironía que se refuta la impresión primera. Una palabra tuya no es elevado ni   portador de valores, aunque da cabida a la ironía. Pero su segunda lectura sí que es una refutación. Se invierte y pierde vigencia todo lo que es vil, mezquino, vulgar, vacuidad y soledad. Haciendo eco de las enseñanzas de Derrida sobre la &#8220;différance&#8221; volví a leer Una palabra tuya. No pasó ni un día entre ambas lecturas, por no decir del transcurso inmensurablemente insignificante  en el tiempo histórico. Y yo tampoco atravesé por ningún cambio en mi modo de ver. El tiempo transcurrido no pudo explicar la diferencia. Las últimas, digamos, cincuenta páginas resultaron consternantemente diferentes a las anteriores, pero la primera vez, esas siguieron determinando mi lectura, impidiéndome salir de su mundo. Me quedé sumida en la existencia vana que tanto fluye de todas las manifestaciones de nuestra época, y que vaciaran sobre mí sin miramientos los pensamientos de Rosario.</p>
<p>La segunda lectura, conociendo ya el final, se apartó y diferenció de la primera. Durante la lectura cada vez más profunda y atenta también a las oraciones incompletas poco a poco se fue desarrollando otro texto hasta anular por completo el mundo que originalmente parecía tan evidente.</p>
<p>La oración inicial: &#8220;No me gusta ni mi cara ni mi nombre.&#8221;, la que la primera vez pasé por alto, ya que para mí no traía nada detrás, no sabía nada del que empezaba a hablar o escribir, ahora condensaba toda la lucha que libraba Rosario consigo misma. Era incapaz de aceptarse a sí misma a plenitud, aceptar toda su personalidad. (Como sabemos, en la concepción primitiva el nombre equivalía a la personalidad.)</p>
<p>Cuando una anciana le tira por casualidad la bolsa de basura sobre la cabeza, sus furiosos improperios son una reacción natural. Un vecino le pide que tenga algo de compasión. &#8220;?Y quién se compadece de mí?&#8221; - grita. Acto seguido añade: &#8220;Pero al final uno se acostumbra a estas cosas y le saldrán callos en el alma como los que llevamos en las manos.&#8221; Esconde y hace insignificante el primer grito, y solo en la segunda lectura nos damos cuenta de que esto es, por cierto, continuación de la primera oración mencionada de la escritura. Igual que la pregunta dirigida a Dios: ?Por qué yo (tengo, o sea, esta suerte)? Esta observación, como el hecho de que Rosario cree en Dios, no influye nuestra impresión general; cuanto menos porque evidentemente no cambia en nada la amargura de Rosario. El sacerdote, como el psiquiatra, no puede disolver su trastorno interno que siente por su madre difunta que reiteradamente se le aparece. Esta parte la entendemos con la nueva lectura: no se conforma con una explicación barata. Sus palabras dirigidas a Dios no son solo una simple queja del hombre insatisfecho con su destino. Analiza no solamente a los demás sino también a sí misma, y no engana con el resultado: &#8220;Yo soy la primera enemiga de mi misma.&#8221; &#8220;El fracaso es mío&#8221; - dice de su insatisfecha vivencia sexual. Estas oraciones esparcidas por el texto sin ningún acento particular contienen la historia &#8220;verdadera&#8221; de Rosario, las que termina y completa en la continuación de la ya mencionada frase &#8220;?Por qué yo?&#8221;: &#8220;Y me costaron muchos anos encontrar la respuesta. Creo que la encontré. ?Cómo es ella, y cómo será? Debe transformarse, y para ello debe revalorar todo lo que pensaba de los demás? Quiénes son los demás? ?Y cómo les encuentra? Morsa le parece simple y le<br />
&gt;utiliza solamente para aliviar sus necesidades sexuales. A Morsa le vio por primera vez tal como era en realidad cuando este no sabía que le miraba: &#8220;&#8230; hay que ver a la gente de la manera y en el momento precisos, cuando ignoran que les miramos, pues entonces son ellos mismos, son verdaderamente libres.&#8221; Esta ya no es la Rosario que reconocía tan excelentemente a las personas. La nueva Rosario dice: &#8220;!Qué poco sabemos de los demás!&#8221; Siempre quisiera librarse de Milagros, rara y considerada débil mental. Es incontenible cuando habla - dice. A Milagros también la utiliza, hace que la ayude a cuidar a su madre, a arreglar su cadáver y otras ocasiones. Pero: &#8220;No aguanto este amor incondicional. Esto era lo que me molestaba más.&#8221; De Milagros se burlan todos. &#8220;Todos los grupos necesitan un payaso.&#8221; Su comentario al respecto: &#8220;El payaso nunca está solo.&#8221; revela tácitamente su propia soledad. Rosario se inquieta porque Milagros hace de  taxista sin tener carné de conducir, pero ésta sonríe contemplativa, como si dijera que &#8220;tú no tienes ni idea de lo que es la vida, querida mía.&#8221; El lector le cree a Rosario, quien piensa que Milagros &#8220;es un poco tonta, y además vienen los cigarrillos con droga, y así por supuesto que no tiene idea de nada.&#8221; A las palabras de Milagros: &#8220;si tú te suicidas, yo también me mato contigo&#8230;&#8221; nos parece justificado lo que Rosario añade para sí: &#8220;Oh Milagros, qué sabes tú del suicidio.&#8221; Pero otra vez una señal que entenderemos solo más tarde: &#8220;Qué poco sabemos de los demás.&#8221; Y una más: &#8220;&#8230; me atribuyó un papel (a ti siempre solo el trabajo&#8230;) que solo puede serlo un hermano mayor o una madre - como ahora me doy cuenta.&#8221; Al tiempo de la cita de los recuerdos se contrapone simultáneamente un pensamiento posterior, como en las observaciones que siguen: &#8220;Pero no veía más allá de mis narices. (Milagros le parecía una retrasada mental.) Ahora posteriormente todo encaja en su lugar. Así es en la vida, solo después resultará que todos somos muy inteligentes.&#8221;</p>
<p>En el parque a Rosario la molesta que algunos tiren la basura sin cuidado, que les parezca lógico que otros hagan la limpieza por ellos; al contrario, a Milagros eso le parece natural: &#8220;como si eso fuera el curso natural de la vida: unos ensucian, y luego otros limpian por ellos. Qué más da.&#8221; Lo que Rosario resume: &#8220;Quiere ser como un perro.&#8221; En el parque Milagros encuentra al bebé en el cubo de basura. Piensa que Dios se lo ha enviado a ella, porque le había pedido un niño al Cristo fosforescente que encontró previamente entre la basura. Roland Barthes sostiene que el análisis perfecto de una obra podría lograrse solamente reescribiéndole el texto. (Ahora ya he entendido a plenitud esa afirmación de Barthes.)  Sirva esto de excusa para la comunicación que sigue , acaso demasiado pormenorizada. En realidad, sin mencionarse las citas y las circunstancias que las explican sería imposible abordar el giro inesperado que vienen en las, más o menos, 50 páginas que terminan la novela. En principio, a base de esto ya se habría tenido que valorar la imagen hasta allí formada. Pero la escritora buscó confundir a sus lectores. Así, por ejemplo, la fe de Milagros, sus ruegos al Senor, los conecta con una imagen de Cristo fosforescente y de extremado mal gusto, lo que simplemente no puede tomarse en serio. Por supuesto, Rosario no deja de atribuir esta repentina religiosidad de Milagros a una más de sus boberías. La ironía es evidente, para acceder a ella no se precisa de nueva lectura. Pero el método revalorativo de Paul de Man le sale al revés: en la segunda lectura la cursilería se eleva al rango de la vigencia. El criterio de Rosario empieza a invertirse (y con ello se vuelve inseguro el mundo en que hasta ese momento había vivido, y junto con él, también el del lector): &#8220;&#8230; sentí que no conocía a esa mujer (Milagros), o mejor, que solo en ese momento empezaba a conocerla.&#8221; Milagros también por primera vez se dirige a ella de manera diferente: &#8220;&#8230;sabes que habría entregado la vida por ti, como por otros también&#8230; siempre hablas conmigo, Rosario, como si fuera una débil mental, pero no lo soy.&#8221; La reacción de Rosario confirma el cambio: &#8220;&#8230;sentí, sé que es absurdo y que no es propio de mí, pero sentí que tal vez esa loca tenía razón&#8230; y que la generosidad consistía en que violábamos las normas y superábamos nuestros temores.&#8221; Ahora por primera vez yo he sido el perro y ella, el ama.&#8221;</p>
<p>En vez de Rosario, antes siempre dura consigo misma y con los otros, pasa al primer plano Milagros, la que dará muestras de profunda comprensión y compasión, de un tacto nada común: &#8220;Puedes reírte de mí, como siempre, pero yo pienso en ti. Cuando oigo que llevamos heridas en el corazón se me hace un nudo en la garganta, Rosario.&#8221; (No sabemos de qué heridas ni de quién habla, y, como tantas veces, la escritora deja al lector la interpretación.) Rosario le consiente a Milagros llevar al bebé a casa, pero teme exageradamente verse comprometida en el lío, y por eso la vuelve a llamar solo días después. Cuando por fin puede verla: &#8220;Por primera vez fui yo la que contaba los minutos para poder verle la cara a la nueva y misteriosa Milagros, que no me dejó verla el sábado.&#8221; Ha cambiado la relación entre las dos. Está algo celosa también porque si Milagros puede quedarse con el niñito ella ya no será lo más importante. &#8220;En lugar de aliviarme (por librarse de ella) de pronto me sentí un poco sola en el mundo.&#8221; &#8220;No solo Milagros es rara, yo también tengo problemas en la cabeza.&#8221; En la<br />
&gt;habitación donde se encuentra el niño, el hedor revela que ha muerto.<br />
Rosario le acaricia instintivamente los cabellos a Milagros. Esta espontánea manifestación de cariño puede caber solamente en una Rosario ya cambiada o que está cambiando. &#8220;El suave sollozo (de Milagros) era como el de aquellos a los que no le quedaba ninguna esperanza.&#8221; Ha desaparecido la Milagros retrasada mental, la Milagros alegre a pesar de todas las burlas o dificultades. Este cambio confunde no solo a Rosario sino igual al lector. Principalmente porque Milagros vive el duelo como si realmente hubiera perdido a su hijo.</p>
<p>Sobre qué dirá Morsa si se van tan lejos a enterrar un gato, Rosario replica: &#8220;siempre ha creído que somos un poco chifladas.&#8221; Y las dos sonríen como si el secreto de la felicidad hubiese estado en la chifladura común. No hay comentarios para esta afirmación. Esta es también una de las senales que conducen a la revaloración. El secreto de la felicidad tal vez sea la desaparición de la diferencia entre ellas, el hecho de que ambas pertenecen a otro sistema de valores. Revela que han cambiado sus relaciones el que Rosario ya no podrá leerle los pensamientos. El desconsuelo reflejado en su rostro: &#8220;Tenía en la cara una expresión de alguien a quien yo nunca había visto. Ahora pienso que esa es la cara que tenía antes de que yo la conociera (esta última oración apunta nuevamente hacia adelante, hacia el futuro todavía por venir).&#8221;</p>
<p>Rosario revalora también la navidad cuando su padre le compra calzados. Veinticinco años después entiende que su padre la había utilizado de coartada, quería encontrarse con su enamorada. Esta mujer la acompañó al entierro de su ex mujer. &#8220;Me utilizó porque sabía que yo era la más inocente.&#8221; Entiende que solo el día del entierro había perdido el resto de esa inocencia. (Su eterno remordimiento proviene de que ya desde niña le había dicho su madre que juzgaba a las personas como adulta.)</p>
<p>La nueva comprensión se deja sentir en la respuesta que da a Morsa, quien no entiende por qué hacer tanta cosa por un gato: &#8220;tú qué sabes de lo que es estar sola en la vida. Es fácil juzgar a la gente.&#8221; El cambio lo subrayan más todavía las palabras de Morsa: &#8220;?y me lo dices tú, que toda la vida andas juzgando a la gente?&#8221; Morsa ocupa muy poco lugar en los pensamientos de Rosario. Sus relaciones fueron motivadas por una sonrisa que la muchacha dejó escapar involuntariamente y que ni ella entendiera. Hacían el amor esporádicamente y, por parte de Rosario, bastante mecánicamente. Su relación empieza a cambiar solo cuando el entierro del niño. Morsa presiente que debe decidir: &#8220;Rosario, a esta edad la gente aspira a &#8230; crear algo, algo propio.&#8221; No dice qué, y la reacción de Rosario tampoco contiene algo concreto: &#8220;Oh por Dios, Morsa, pensé.&#8221; Nuevamente otra señal que podrá interpretarse solo posteriormente. A falta de una palabra de aliento, Morsa ensaya una risa para hacerle creer que ya tenía olvidado lo que había dicho en el bar y que &#8220;yo no soy para ella tan importante que arruine su vida por mí.&#8221;</p>
<p>Rosario y Morsa miran con curiosidad a Milagros cuando ella regresa a su aldea, &#8220;como si fuera alguien diferente, como una hermana gemela allí quedada.&#8221; En la aldea, en su casa, Milagros resulta ser otra, misteriosa. A Rosario eso la llena de vergüenza. Milagros siempre la escuchó a ella con admiración, mientras ella trataba de guardar sus secretos para sí, igual que frente a Morsa, pues básicamente se consideraba a sí misma más que ellos. Ahora entendía que el pasado de Milagros era una enfermedad latente que ahora cobraba fuerza y la condenaba al infierno. Vio junto a la madre dormida o perdida entre la niebla, dada a un fin decidida a la Milagros siguiendo la rutina de todos los días guardando la apariencia de una vida normal y luego atrapada en una infancia extraña En el entierro Rosario lee como por casualidad en la Biblia: &#8220;Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí.&#8221; (Salmos 51, versículos 3-6) Morsa, un tanto apartado - piensa Rosario - dice para sí esa mujer jamás sentirá nada. Le habría gustado decirme no me acostaré contigo cuando a ti se te ocurra. Rosario sigue leyendo el texto de la Biblia: &#8220;&#8230; Para que seas justo cuando hablas e irreprochable cuando juzgas. Mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre&#8230;&#8221; (Salmos 51, vers. 6-7) Por la forma opaca en que se había formulado antes solo ahora aparecerá claramente en el texto que Milagros realizaba sus quehaceres cotidianos junto a la madre muerta.</p>
<p>Cuando Rosario parte de regreso da la impresión de que Milagros quiere decir algo, o pedir algo. &#8220;Una palabra tuya bastará para curarme - dice el evangelio.&#8221; Este versículo de la liturgia se inserta en el texto con tan poco acento que solo posteriormente descubrimos allí el título de la novela. Rosario no añade comentarios. Originalmente se refiere a Jesús o a Dios. Del hecho de que Rosario tiene remordimientos también podríamos deducir que quizá su palabra hubiera podido salvar a Milagros del suicidio. En la mañana esplendorosa y capaz de purificar interiormente al hombre, Rosario espera que Milagros también haya encontrado la felicidad y en la vida eterna  se reúna con su madre y con su hijo. Al despedirse responde así a la pregunta de Rosario: &#8220;No estoy sola.&#8221;  &#8220;Puede ser-  piensa Rosario - que todo esté en esta frase, o también que nada.&#8221;</p>
<p>Tres días después vuelven a la aldea. Ahora también Rosario declara solo poco a poco que Milagros ha muerto y que van al entierro. El cura lee con tono soñoliento y desinteresado la Biblia. Entonces Rosario intercala en el texto los versículos 10-13 de Salmos 51 leídos por ella en un tono muy distinto en el entierro del bebé: &#8220;Aparta tu vista de mis yerros y borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en m interior un espíritu firme; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu.&#8221;  Esta vez alude retrospectivamente con las palabras  que - piensa ella - como si significaran nuestro futuro.  Morsa no tuvo que darle un ultimátum. &#8220;Decidí después de leer los Salmos. Le vi como a quien podía querer, o como a quien ya quería. A la gente hay que verla cuando no saben que les miramos. &#8220;Y entonces supe que esa noche y la siguiente se quedaría conmigo, y vi claramente todo lo que vendría &#8230; que me daría un hijo &#8230; que nazca una nueva vida de esta Rosario&#8230; a la que no le gustan ni su cara  ni su nombre, hagamos de ella una criatura inocente y bella&#8230; Quizá esta sea la única posibilidad de quitarle a mi alma la carga con que nací&#8230; de que se me perdonara el pecado original.&#8221; El encuentro y recolección de oraciones incompletas o completas que interrumpen de manera apenas perceptible la superficie del texto parecía el método inevitable del análisis. Debemos buscar no palabras, metáforas o símbolos que puedan interpretarse de muchas maneras, sino considerar como señal una declaración formalmente idéntica a otras declaraciones del texto.</p>
<p>La distinción de esta señal  es posible principalmente por su desviación semántica del contexto. En las novelas de hoy suele cambiarse el orden temporal: uno u otro acontecimiento el escritor los inserta en el texto antes de que hayan ocurrido. Este anticipo novelístico en el tiempo muestra claramente que el suceso se desarrolla no en acontecimientos externos, y ni siquiera - como creíamos -  en los mencionados recuerdos de ellos, sino en Rosario. La desviación puede ser de orden temporal: la inserción de la declaración, referente al pasado o por cumplirse en el futuro, en el curso de la consciencia presente. La analepsis y la prolepsis son válidas en todos los casos para el pensamiento. Por eso  facilita el reconocimiento la ruptura presentada no en la historia sino en la conciencia. Pero esta rotura en el pensamiento queda oculta por la homogeneidad de las declaraciones: los pensamientos actuales y los pasados o futuros  no ofrecen una diferencia formal, y en su contenido difieren solo en que en ellos descubrimos al declarante cambiado - o al menos inconsecuente.</p>
<p>Antes de las últimas 50 páginas la historia de Rosario podríamos resumirla con su peculiar remordimiento y su juicio que no admite pretextos sobre sí misma y los demás que la hicieron incapaz de una correspondencia afectiva. Historia de Milagros hasta antes de las últimas 50 páginas: la aceptación de todos y de todo. Según las informaciones obtenidas de Rosario, será tonta, simple, loca, monstrua.</p>
<p>¿En qué son idénticas ambas mujeres? No solo Milagros es especial, rara, sino también Rosario. Por eso le cae pesado que Milagros siempre quiera estar con ella. Eso acentúa su propia condición. Ambas son reprimidas al margen de la sociedad por ser diferentes: raras. Hasta los demás barrenderos las encuentran extrañas. Después del entierro de su madre, Rosario encontrará los zapatos que su padre le compró a los nueve anos. Como dice, será entonces que perdió su inocencia. En español la palabra inocencia es ambigua, también significa bobería. En este sentido también rige la identidad entre las dos. En la vida de ambas la infancia fue determinante. Milagros no se sobrepone (supera) a sus dolorosas experiencias de entonces. Por su parte, Rosario se considera tácitamente un monstruo porque piensa que jamás fue niña de verdad. De manera que Milagros será inocente mientras el papel de madre jugado con su bebé junto a la madre muerta no devenga en una maternidad realmente vivida.  Rosario, por su parte, será una adulta capaz de sentir cuando haya reconocido su propia inocencia infantil.</p>
<p>Inocente es una palabra clave. La &#8220;salvación&#8221; de Rosario la traerá la inocencia del nino que se espera nacerá, y a Milagros le colmará la vida su bobería - el milagro atribuido al Cristo fosforescente: el bebé encontrado en el cubo de basura.</p>
<p>Ambos nombres contienen significados. Rosario implica oración, y Milagros, los hechos milagrosos. Rosario cree en Dios, pero no le reza, sino más bien interroga, no entiende por qué permite las injusticias. A Milagros sus propios rezos y solicitudes la hacen creyente. Según las nuevas concepciones teológicas proviene de Dios el que podamos rezar.  La fe de ambas mujeres funciona como vaso comunicante. El bebé es un milagro pasajero; su muerte provoca el suicidio de Milagros. Como se sabe, el suicidio está considerado como la más grave infidelidad a Dios. Rosario no reza, no obstante a ella la libra del peso de sus remordimientos el milagro del amor y la esperanza.</p>
<p>Una sola palabra tuya me curará - cita Rosario el evangelio con una ligera modificación. En el original: &#8220;Solo pronuncia una palabra - dice el centurión y mi siervo quedará sano.&#8221;  La cita, por su contexto, permite suponer también que Rosario hubiera tenido que pronunciarla al despedirse de Milagros. Pero Rosario no recibe castigo, al contrario: le espera una feliz vida familiar, un reempezar lleno de esperanzas, una inocencia que vivirá en su hijo.</p>
<p>La última palabra de Milagros a Rosario, mientras le acaricia la cara: &#8220;No estoy sola,&#8221; Rosario no puede interpretar esta declaración: &#8220;Puede ser que todo esté en esta frase, o también que nada.&#8221;</p>
<p>Con lo que da el título Una palabra tuya, Lindo pone a su lector ante un acertijo. ¿Quién dice, y a quién se dice esta única palabra? Y más todavía: ?qué es esta única palabra? La despedida de Milagros, referida a ella misma puede significar que está ya junto a su hijo y a su madre en la vida eterna, como lo espera Rosario. Pero el mensaje puede ser para Rosario, quien debe entender que la soledad no existe porque siempre estará con ella y con todos Aquél cuya única palabra es capaz de curar.</p>
<p>Contemplando estos dos destinos solubles en la fe, hemos de ver que son necesariamente diferentes y raros, igual que las mismas mujeres que los viven, y también como los viven.</p>
<p>Son dos mujeres entrelazadas y con sus roles intercambiados: la silenciosa Rosario y la inconteniblemente locuaz Milagros serán finalmente sustituidas por una Rosario capaz de manifestarse y por la enmudecida Milagros. Rosario, quien se creía de rango superior, reconoce que el conocimiento de Milagros es el verdadero, que ella es la madre protectora y la hermana. La humildad caracteriza ahora a Rosario, y la autoestima a Milagros. No solo que se trasforman, sino que quedan convertidas una en otra. Son inevitables las reminiscencias bíblicas: las últimas serán las primeras, y las primeras las últimas. Este gran cambio no deriva lógicamente de los antecedentes, ni de los caracteres. Un poder asombrosamente soberano ha dirigido sus vidas. Como si muchísimas veces se le hubieran escapado de las manos a la escritora, por no decir de la<br />
interpretación del vacilante lector.</p>
<p>No cabe duda que Rosario y Milagros traspasan las fronteras de su mundo, y así lo anulan retrospectivamente, aunque no sus hechos, y liberan lo humano de la celda de la existencia desprovista de sentido. Esto ocurre en absoluto en el marco preceptivo de la vida cristiana corriente. Las soluciones, el desarrollo de sus vidas, están profundamente diseñadas para ellas, pero en absoluto son individualistas. De ahí el destino tan ligado de ambas mujeres, para que sea inequívoco - y de ahí también la importancia de Morsa cuando muere Milagros -  que un cambio así es posible tan solo en la relación con el otro, y entonces también solo por la intervención de lo inconcebible, el milagro, y, supuestamente, el Señor del milagro.</p>
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		<title>La comunidad imaginada:  el nacionalismo democrático español  en Manolito Gafotas (1999) de Miguel Albadalejo</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Oct 2008 12:30:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Sobre Elvira]]></category>

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		<description><![CDATA[La comunidad imaginada:  el nacionalismo democrático español  en Manolito Gafotas (1999) de Miguel Albadalejo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En un trabajo anterior, “La nueva familia española finisecular: los García Moreno de la serie Manolito Gafotas de Elvira Lindo”, publicado en Hispania el año 2003 estudié la representación de la familia en los seis primeros libros de esta popular serie infantil y juvenil. También profundicé en el uso que del realismo se hace, en el sentido de que no son obras ni prescriptivas ni descriptivas sino que representan situaciones que redundan en algunos de los problemas que preocupan a la sociedad española contemporánea (Labanyi 4). <span id="more-100"></span>La familia la estudiaba a partir del trabajo seminal que en 1999 publicó Inés Alberdi y notaba la enorme variedad de familias que aparecían en las obras y afirmaba que lo importante era que no se representaba un modelo cerrado de familia nuclear sino que los libros de la serie estaban llenos de familias muy diversas como la de Orejones donde la mamá divorciada vive con Pepín; Bernabé y la Luisa, los vecinos de abajo y padrinos de los niños, que no tienen hijos; la mamá del Mostaza a quien la ha abandonado su marido y mantiene a sus dos hijos como limpiadora; Melody Martínez a quien sus padres la han abandonado y vive con una abuela un poco senil y bajo protección de los servicios sociales de la Comunidad de Madrid; la familia de Yihad, también con abuelo en casa, que adora al hermano que siempre está en la cárcel. Todos estos modelos familiares funcionan y se incorporan en la serie como tan normales como los García Moreno. Lo que diferenciaría a los García Moreno de la familia nuclear conservadora es que ésta se suele presentar como único modelo posible, lo que dictaría la anormalidad de las otras posibles unidades familiares (Coontz 8-22).<br />
La segunda parte del artículo la dedicaba a la deconstrucción que del mundo de los adultos y de la sociedad se hace a partir de la focalización de la realidad a partir de Manolito o sus amigos, es decir, niños en vez de adultos. Esto ya lo había hecho Quino en la serie Mafalda y para ello me ayudaba del trabajo semiológico que hizo David William Foster al respecto tal como lo presentó en su libro sobre la ciudad de Buenos Aires. Según Foster, Quino dotó a Mafada con la libertad y la posibilidad de decir lo que los otros no pueden (Foster 20). Los adultos que rodean a Mafalda, al igual que lo que ocurre con los de Manolito, no pueden expresar lo que sienten porque o bien se tienen que comportar siguiendo las normas que dicta la sociedad o porque ya han internalizado y naturalizado dichas normas sociales. Otro de los paralelismos más interesantes entre los dos personajes está en que ambos se encuentren en lo que podríamos llamar el centro político-social. Los García Moreno no son una familia de derechas, Manolito no toma Religión como asignatura, sino Ética, lo que es un marcador de izquierdas en la sociedad española actual y el abuelo Nicolás no cree en Dios, lo que puede ser interpretado como que él fue uno de aquellos de los que perdió la guerra. Los García Moreno no asisten a misa y Manolito repite en varias ocasiones que no sabe rezar. Además, su adscripción de clase media-baja no es la que se suele usar al representar a la derecha. Pero por otro lado, no hay ideas radicales y las preocupaciones de nuestra familia son de índole económica, especialmente las letras del camión y el consumismo que a veces hace que Catalina se salga del presupuesto. Esto también se encontraba ya en Mafalda en la que vemos la vida cotidiana de la clase media porteña desde la perspectiva laica de los niños (Cf. Foster 20-21) y las angustias económicas de los adultos.<br />
Desde un punto de vista más estrictamente literario acerca de los seis primeros libros, en éstos no se narra una aventura completa con una trama principal sino que se componen de episodios autónomos. El primer volumen presenta a los personajes principales: Manolito, Susana, Yihad, la maestra de los niños, la sita Asunción, el mejor amigo de Manolito, Orejones López, y en los tres últimos episodios el resto de la familia, el padre, la madre, el abuelo y el hermano. Pobre Manolito se preocupa más de problemas morales y de identidad (Argüeso): el hurto, el impacto de la cultura popular, cine y televisión en los niños, y en el fútbol como signo de identidad. El tercer tomo, ¡Cómo molo!, es más social que los anteriores, por ejemplo, ocupa un lugar privilegiado la cárcel de Carabanchel, donde se encuentra el hermano de Yihad, como presencia de un sistema represivo. Aparece una conciencia de clase pequeño-burguesa en los García-Moreno, sobre todo al compararse con los padrinos de los niños, que comparten esta misma perspectiva social pero que tienen un nivel económico más alto. Todo esto se complementa con la presencia de los servicios sociales de ocio. Los trapos sucios es el cuarto libro de la serie y presenta dos novedades interesantes, por un lado la aparición del sarcasmo y por otro la problematización del narrador. El libro se abre con una introducción en cursiva en el que Manolito entre otras cosas habla con la autora, Elvira Lindo, así aprendemos que Manolito es un falso narrador autodiegético según la terminología de Genette. En realidad tenemos un narrador heterodiegético no fiable que toma su información de Manolito, quien tampoco es fiable. Para complicar más las cosas en esta introducción en cursiva, que en teoría está fuera de la serie, la narradora es homodiegética ya que participa de la acción. Supuestamente engaña a Manolito para que le cuente los trapos sucios de la familia, de ahí el título. Manolito on the road es el más complejo de la serie y tiene dos partes, una tiene como novedad la presencia de Manolo, el padre, que ocupa un lugar protagónico en la novela de camino (carretera) que protagonizan él y su hijo en el camión. La segunda parte es una reflexión sobre la ansiedad que produce la sociedad de consumo. Tras las aventuras la familia descubre que la fuente de toda la felicidad es la unión y el amor que se tienen. Yo y el Imbécil es un texto de transición ya que se le da mayor protagonismo al hermano de Manolito y a los Bernabé, los padrinos de los niños. En ese sentido continuaría ¡Cómo molo! y la deconstrucción (y reivindicación) de la perspectiva de clase pequeño-burguesa al ahondar en el contraste entre los García-Moreno y los Bernabé. También de transición es el volumen siete que apareció después de mi trabajo, Manolito tiene un secreto. Es un cuento de navidad pero el tono satírico contra la señorita Asunción y contra el alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, no casan bien con la historia de navidad. Cuando al final se nos descubre el momento melodramático de que los García Moreno esperan un hermanito, o más probablemente una hermanita, ya es demasiado tarde. En este punto se nota que la serie necesita o de un nuevo personaje o de una vuelta a los orígenes con historias originales. Este episodio se rehizo para el episodio piloto de la serie de televisión que Antonio Mercero presenta en Antena 3 sobre Manolito Gafotas y esto es precisamente lo que hizo Mercero, profundizar en lo melodramático que va con el cuento de navidad y no satirizar a Álvarez del Manzano quien en el programa de televisión es un alcalde genérico que sólo imita levemente al alcalde del Partido Popular.<br />
En este trabajo me voy a centrar en la película, basada en los cuentos, pero que es un texto independiente cuyo guión está firmado por el director de la cinta Albaladejo y la misma Elvira Lindo. Para el lector familiarizado con la serie literaria la película se basa en dos de los libros, la primera parte de Manolito Gafotas y la segunda de Manolito on the road. La película tiene dos partes muy diferenciadas. La primera es como el episodio piloto de una serie costumbrista, lo que conocemos con el término en inglés como sitcom y cuya función es presentar a los personajes, y la segunda parte sería el primer episodio de esta serie televisiva, un episodio que es un “road movie”, una historia de carretera que se acaba al llegar al lugar de destino. Esta falsa serie televisiva de dos episodios que es la película tiene un final utópico que es el que voy a analizar.<br />
La trama es muy simple. Manolo siempre está trabajando fuera en la carretera dada su ocupación laboral como camionero. Esto es ya de por sí muy interesante porque el protagonista de esta familia es un trabajador autónomo, es decir, el representante quintaesencial de la nueva pequeño-burguesía española ya que es un empresario y un trabajador al mismo tiempo. Es un empresario porque el camión es suyo y tiene que subcontratarlo a las empresas de hipermercados para hacer portes. Por otro lado es un obrero ya que Manolo García es el único trabajador de su minúscula empresa. Este trabajo le permite alcanzar los primeros peldaños de la clase media pero reúne las preocupaciones de ambas situaciones sociales. Hay una conversación entre los camioneros que se concentran en un modesto hotel, el Chohuí que resume bien esta situación:<br />
CAMIONERO 1<br />
¿Tienes mucha faena?<br />
MANOLO<br />
Mi mujer dice que demasiada, pero quédate tú sin llevar dinero a casa.<br />
CAMIONERO 1<br />
Trabajar es un coñazo, pero no trabajar&#8230;<br />
CAMIONERO FLOTADOR<br />
(Pensativo, como en una ensoñación.)<br />
No trabajar&#8230; (99)<br />
El fantasma del paro flota sobre los tres camioneros y refleja lo que dicen las encuestas. Cualquier persona que lleve siguiendo las estadísticas que el estado español proporciona periódicamente a través del CIS y del INE (o a través de encuestas privadas como el pulsómetro de la Cadena SER) sabe que los dos problemas más importantes para los españoles en los últimos veinte años han sido el paro y el terrorismo.<br />
Además de la problemática económica-laboral, esta situación de Manolo incide en la familia ya que no pasa suficiente tiempo en casa, lo que tanto él como Catalina perciben como un problema, amoldándose a sí al nuevo modelo de familia democrática tal como lo ha teorizado Alberdi en el caso de España. En este sentido el abuelo Nicolás, padre de Catalina, cumple la función vicaria del padre en muchas ocasiones, por ejemplo, yendo a la reunión con la maestra para recoger las notas o llevando los niños al ambulatorio. Para subsanar lo que ellos perciben como una carencia en Manolito, Manolo decide llevarse a un viaje corto de un par de días a Manolito con él en el camión. Esto es un sucedáneo, ya que la utopía de la familia es irse de vacaciones a la playa como lo hace todo el mundo (de la clase media). Es un tema recurrente, en la película Barrio (1998) de Fernando León de Aranoa las vacaciones a la playa y el Caribe son subtextos esenciales en el desarrollo de la cinta. Albaladejo toma casi la misma escena que en Barrio en la que se tiene al joven frustrado por no tener vacaciones mientras la televisión habla de las cifras récord de turistas y pone las manidas imágenes de playas llenas de bañistas y bellas jóvenes en topless tomando el sol.<br />
Durante el viaje Manolito resulta ser un desastroso copiloto y vomita varias veces y se marea cada vez que entra en el camión. La última vez que se enferma va a acostarse en el camión de su padre pero lo hace en el camión equivocado y termina rescatado por la Guardia Civil que lo lleva a la playa donde se encuentra el cuartelillo y donde Manolito se reúne con su familia.<br />
Éste va a ser el tema de este trabajo, el analizar todos los componentes de la escena final de Manolito Gafotas, el festín en la playa de la familia que es climático y en el que se resuelven todos los conflictos, al menos momentáneamente.<br />
El final es el siguiente, una vez que Manolito es rescatado por la Guardia Civil, quienes son dos mujeres, las guardias Cardona y Benítez, lo llevan a un pueblo idílico en la costa valenciana, en el que Manolito ve por primera vez el mar y se monta en una moto acuática con una de la Guardias Civiles. El papel del guardia Cardona lo interpreta la misma Elvira Lindo. Más tarde llega la familia de Manolito y todos, las guardias y la familia, almuerzan una paella en un chiringuito de la playa. Los padres de Manolito se reconcilian y además le regalan a éste un disfraz de El Zorro. Mientras esto sucede una orquesta comienza a tocar “Campanera” de Joselito, y Manolito, disfrazado de El Zorro, se sube al escenario para cantarla con el grupo y ahí entran los créditos y el fin de la película y la voz de Manolito en off quien dice “aquel día fue el más feliz de mi existencia en el planeta Tierra. Dice mi abuelo que la vida siempre tendría que tener finales como éstos” (137).<br />
Es decir, la felicidad es la conjunción de una serie de factores: 1) una playa valenciana, 2) la Guardia Civil (femenina), 3) la paella, 4) El Zorro, 5) Melanie Griffith y Antonio Banderas, 6) “Campanera” de Joselito.<br />
Estudios recientes sobre el nacionalismo español como los de Álvarez Junco o Manzano Moreno y Pérez Garzón lo han planteado bastante bien. El estado-nación España se configura constitucionalmente desde 1812 a partir de la aparición del Nuevo Régimen y la implantación del capitalismo y la nación como mercado. Este nacionalismo se basa en el liberalismo como ideología y se afianza en las sucesivas constituciones. Los problemas de este nacionalismo van a venir en gran parte por la resistencia de la iglesia católica. De hecho Manzano y Pérez le dan la vuelta al argumento tradicional y explican que el estado-nación aparece como marco jurídico para poder desamortizar a la iglesia. Un segundo problema o debilidad está en la tendencia del conservadurismo, sobre todo a finales del siglo XIX, de unir en un mismo concepto la religión católica y la patria. El envés de este argumento es la aceptación acrítica de la leyenda negra por los intelectuales progresistas. Estos investigadores también ven un cierto agotamiento en el excesivo valor que la monarquía tiene en este nacionalismo y en la excesiva importancia que Castilla ha tenido a la hora de definir la nación española. Por otro lado el nacionalismo español tiene que competir y convivir con otros nacionalismos como el vasco o el catalán.<br />
Escritores como Albaladejo y Lindo validan conceptos conocidos como el de comunidad imaginada de Benedict Anderson, el de patriotismo constitucional de Habermas, el del inconsciente político de Fredric Jameson, el de cosmovisión de Carlos Bousoño, la radical historicidad de Juan Carlos Rodríguez, entre otros, es decir, la necesidad de rescribir el pacto social a partir de un conjunto de ideas y vivencias comunes que se negocian interminablemente en los medios de comunicación, en la vida diaria de los ciudadanos y en el uso de la libertad que éstos hagan y de la cantidad de libertad que posean. Los seis puntos que vamos a ver con más detalle en este trabajo serían parte de estos conceptos en tanto que ideas que son compartidas por un número significante de miembros de una comunidad y que ayudan a configurar la comunidad dada. Por otro lado es indiscutible que el estado-nación España existe, con las debilidades y los retos que se quieran, pero que por los últimos 25 años esta realidad constitucional ha pervivido. Textos como esta película enlazan ambos conceptos, por un lado la existencia de ese estado-nación del que Manolito y su familia son ciudadanos: Manolito asiste a la escuela pública, el abuelo recibe su pensión del Ministerio de Trabajo que le abona el Ministerio de Hacienda, los niños van al ambulatorio dependiente de los servicios médicos de la Comunidad de Madrid y así un largo etcétera que en la escena que nos ocupa lo representa la Guardia Civil. Por otro lado un conjunto de creencias, de tradiciones, de deseos, de frustraciones, de retos, de ataques que se dirimen en lo que los estadounidenses conservadores han etiquetado como “the cultural wars”, las batallas culturales, no sólo de la alta cultura sino de la llamada cultura popular que se zanjan cada día en las televisiones, los periódicos, las escuelas, los estadios de fútbol, o en un chiringuito en una playa como en la escena que aquí se analiza. Examinemos las piezas de este rompecabezas.<br />
1. La playa de la Malvarrosa.<br />
En el libro Manolito on the Road el episodio del “road movie” se llama “El zorro de la Malvarrosa” (93-147) lo que remite a la pequeña obra maestra de Manuel Vicent El tranvía en la Malvarrosa (1994) que funciona como subtexto de esta escena. El tranvía a la Malvarrosa cuenta las transformaciones sufridas en España en los años cincuenta. La región valenciana en general y Valencia en particular funcionan como sinécdoque de todo el país. Es una mirada irónica, nostálgica, sin ira pero sin olvido, del periodo que va desde el fin de la autarquía franquista en 1952 hasta el comienzo del boom económico que comienza en 1959. Es también una representación de la derrota parcial del nacional-catolicismo y el fascismo a manos de la cultura popular, canciones y películas. Esta novela también cuenta la importancia que el mercado adquiere conforme se acaba la autarquía y la economía dirigida por el Régimen. En la novela se entremezclan tratos de naranjas navel, verna, mandarinas, y bares y clubes de prostitutas en los que estas mujeres venden lo que tienen, es decir, sus cuerpos. Tan mercado es el de las frutas de la huerta valenciana como el de estas mujeres que sobreviven en la segunda década triunfal de la tiranía del Caudillo. La aparición del mercado agrario y la prostitución remiten a la novela realista decimonónica en tanto que componente fundamental en la construcción del nacionalismo español y al respecto se puede leer el extraordinario trabajo que Jo Labanyi ha dedicado a estos temas y sus imbricaciones.<br />
Albaladejo y Lindo recuperan de Vicent la sensualidad, la belleza, el placer de la playa que se refleja en el rostro de Manolito cuando la guardia Benítez lo lleva a pasear en una moto acuática. De la novela de Vicent también se toman la aparición de la Guardia Civil, con un rol muy diferente al que tiene en los años cincuenta, y la paella como epítome de lo español y del hedonismo patrio. Por supuesto se espera en una sociedad democrática que haya una armonía entre el poder y la sociedad, pero el paralelismo entre las dos situaciones parece mostrar más una subordinación social hacia el poder que no el ejercicio de la libertad democrática. Dicho en otras palabras es el mercado único el que une la legalidad de la dictadura con la legalidad de la democracia, especialmente una vez que el franquismo corrige la anomalía de la autarquía y vuelve a un capitalismo más ortodoxo que lleva el mercado español al mercado exterior.<br />
El final de Tranvía a la Malvarrosa es de justicia poética. Manuel y Juliette, su novia francesa, entran en la casa de Blasco Ibáñez que ha sido incautada por la Falange. Juliette representa la necesidad de apertura al exterior de la complaciente burguesía que condesciende con la autarquía franquista. Su noviazgo con Manuel coincide con el fin de la dicha autarquía. Aprovechando que no hay nadie, hacen el amor sobre un montón de periódicos y publicaciones del Frente de Juventudes. Con este gesto se simboliza la victoria poética del amor y la libertad sobre la mezquindad y el ultraje de la Falange a un escritor español, valenciano y democrático como Vicente Blasco Ibáñez.<br />
La película Manolito Gafotas presenta a Valencia como la utopía española. El romanticismo español y los padres intelectuales de la España decimonónica como Menéndez y Pelayo o Menéndez Pidal, y más tarde gran parte del 98, habían elegido a Castilla como representativa de lo español mientras que el romanticismo extranjero que prefería la España exótica había decidido que Andalucía debía ser la representante de España. El franquismo se movió entre ambos estereotipos. Pero en el inconsciente político nacional (en el sentido de Jameson) ha existido una corriente minoritaria que ha puesto sus ojos en Valencia.<br />
Dice Juan Carlos Rodríguez a propósito de Viaje al Parnaso de Miguel de Cervantes: “Los valencianos son los que mejor trato reciben (siempre fueron el modelo para Cervantes). Así Guillén de Castro, Rey de Artieda, Aguilar o Cristóbal de Virués” (235). Justicia poética que se continúa con el hecho de que durante la Ilustración el mayor defensor del Quijote fuera Gregorio Mayans y Siscar (1698-1781) con su Vida de Miguel de Cervantes. El mismo Mayans edita a Juan Luis Vives con lo que nacionaliza la tradición humanista y liberal que va de Juan Luis Vives a él mismo. Otro valenciano ilustrado importante en el desarrollo del nacionalismo español es el botánico Antonio Cavanilles (1745-1804) quien polemizaría con los ilustrados franceses defendiendo la existencia de una ciencia española como posteriormente haría Menéndez y Pelayo. Cavanilles llegaría a ser director del Jardín Botánico, museo nacional de la botánica española que se encuentra entre el Museo del Prado y el Museo Arqueológico Nacional, pilares del nacionalismo español. Eso sin contar su cercanía al Palacio del Congreso y a la Bolsa.<br />
Pero la pasión nacionalista es sobre todo del siglo XIX y en esta empresa el número de valencianos es importante por su cantidad y calidad a la hora de la construcción de la comunidad imaginada española, pintores como Joaquín Sorolla (1863-1923) a la cabeza de este grupo en el que también destacan Vicente López (1772-1850), Antonio Muñoz Degrain (1840-1924), Ignacio Pinazo (1849-1916), músicos de zarzuela como José Serrano (1873-1941) autor de La canción del olvido y del “Himno a Valencia” y Manuel Penella (1880-1939) que compuso la ópera El gato montés. Hay también un nacionalismo español más agresivo como el que se encuentra en el escultor Mariano Benlliure (1862-1947) o en escritores como José Martínez Ruiz “Azorín” (1873-1967) o Carlos Arniches (1866-1943). Pero la veta que Vicent recupera y nos llega a este final de Manolito Gafotas es el regionalismo de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) que democratiza el regionalismo de José María Pereda quien agónicamente había aceptado como inevitable la llegada del estado liberal a todos los rincones de la patria como la Tablanca de Peñas arriba. Es en esta tradición que se recupera a Valencia. Si a la tesis del nacionalismo español los nacionalismos periféricos proponen una antítesis en la España finisecular (del XIX o del XX), la respuesta de ciertos artistas e intelectuales es la síntesis valenciana. Valencia como sinécdoque, símbolo y metáfora de la cultura española, en tanto que cultura mediterránea frente al atlantismo andaluz y castellano, y como una mezcla de las virtudes castellanas y catalanas. La respuesta es no la falsa elección Madrid o Barcelona, sino Madrid y Barcelona y Valencia.<br />
El buen estado de la economía valenciana ayuda por supuesto a esta elección. En Pepita Jiménez Juan Valera sitúa su narración en el cultivo del olivo y de la vid, y de la producción del aceite de oliva y el vino, porque eran mercancías que ya flotaban libres en el mercado, es decir, estaban expuestas a los avatares de éste y representaban el capitalismo agrario. En el contexto de la autarquía franquista, antes de la liberación de dos tercios de la economía por el Plan de Estabilización de 1959 (Wright 28-9), Vicent se basa en el mercado de los cítricos porque era uno de las escasas áreas de la economía que estaban liberadas, lo que hace que la región valenciana salga antes que otras partes de España de la bancarrota económica y cultural a la que la autarquía franquista había llevado a España. Por eso Albaladejo y Lindo nos proponen a un camionero autónomo, alguien que en su modestia está expuesto a los avatares del mercado. La razón por la que Manolito va con su padre de viaje es que mientras Manolo está de vacaciones ha tenido que salir a sustituir a un compañero que se ha enfermado. Cuando lo llama el encargado del almacén a casa, a pesar de las protestas de su esposa, y que le puede conducir a un conflicto con Catalina, Manolo obedece las órdenes del encargado y acepta hacer el porte. La representación del capitalismo no es negativa ya que este encargo le va a ser pagado doble y eso va a hacer que puedan adelantar una letra del camión. A la representación positiva del mercado en Valera, a regañadientes en Pereda y Blasco Ibáñez, se reafirma lo positivo en Vicent y en Lindo siempre dentro de la ansiedad que la expansión capitalista produce.<br />
2. Benítez y Cardona.<br />
Uno de los aciertos cómicos de la película es la introducción de estas dos simpáticas<br />
guardias civiles, Benítez y Cardona, interpretadas por Geli Albaladejo y la misma Elvira Lindo, como ya se ha apuntado. Estos personajes aparecieron ya en La primera noche de mi vida (1998), la ópera prima de Luis Miguel Albaladejo. En esta película aparecían ya muy humanizadas, veíamos a Cardona comprando compresas de alitas y a Benítez comentando lo guapa que era la encargada de la gasolinera. En la novela Picadura mortal (1979) de Lourdes Ortiz la protagonista, Bárbara Arenas, fue la primera mujer detective de la literatura española. En la serie de novelas policíacas de Lorenzo Silva, de las que ya ha escrito tres, El lejano país de los estanques (1998), El alquimista impaciente (2000) y La niebla y la doncella (2002), la co-protagonista es la cabo de la Guardia Civil Virginia Chamorro, que se representa como una mujer fuerte, sensible, guapa e inteligente que ayuda a su superior el sargento Vila a resolver crímenes difíciles. La cultura de la democracia poco a poco empieza a producir un feminismo policial.<br />
En diferentes publicaciones el crítico Juan Carlos Rodríguez ha repetido la idea de que la novela policíaca española no podía comenzar hasta que no hubiera una sociedad democrática, ya que en la dictadura no hay policías sino torturadores. Es así que es en democracia cuando se puede representar a esta pareja cómica de guardias civiles, cabezonas, buenas personas, simpáticas, que sirven para encarnar de una manera muy positiva el nuevo estado democrático. El franquismo de los cincuenta sólo pudo darnos en el lado positivo a Manolo, guardia urbano, con un magnífico Manolo Morán. Pero era eso, un guardia urbano, una fuerza de seguridad que no estaba encargado directamente de la represión política. Al final del franquismo vendría el primer policía detective de la literatura española, Plinio, el policía municipal de Tomelloso creado por Francisco García Pavón y quien preludia ya la llegada de la democracia.<br />
La Guardia Civil es históricamente tal vez el primer instrumento y el primer símbolo del estado-nación liberal-conservador (López Garrido 79), es así que la comida fraternal entre la Guardia Civil y la familia de Manolito significa que en la nueva España democrática hay una armonía entre los ciudadanos y las instituciones. “La Guardia Civil es también exponente, en sus primeros años, de una dinámica de modernización administrativa” (Ibíd. 142). Es así que la película vuelve a modernizar a la Guardia Civil mediante la utilización de mujeres, epítome de la modernidad democrática. El abuelo de Manolito lo expresa con claridad: “Yo le voy a ser sincero, a mí la guardia civil nunca me ha gustado, pero parece que con las mujeres el cuerpo se humaniza. ¿Está buena la paella?” (135). La Guardia Civil de la dictadura no le podía gustar al abuelo porque era un cuerpo represivo, pero en democracia representan la armonía entre la ciudadanía y las instituciones del estado.<br />
3. La paella.<br />
Los ya mencionados Manzano Moreno y Pérez Garzón indican que el momento culminante en el nacionalismo español decimonónico en lo que concernió a celebraciones patrióticas fue el centenario de Calderón de la Barca. Fue un acontecimiento internacional con todo tipo de actos en el que destacó una cabalgata con suntuosas carrozas que representaban diferentes instituciones estatales. Las crónicas cuentan que a la prensa extranjera se le sirvió “a typically Spanish lunch, which included the national Valencia paella” (268). Es decir, tenemos un testimonio en 1881 de que ya la paella se había afianzado como el plato nacional, ya que entre otras cosas tiene los colores de la bandera española (o la catalana o la valenciana). Alicia Rios y Lourdes March interpretan la paella como un plato que une dos tradiciones culturales, la patella romana y el arroz árabe (94-95). Lo que subrayaría el argumento anterior sobre Valencia como compendio de lo español. Además serviría para volver a reintroducir la cultura árabe en la cultura española, que no tenía lugar en la propuesta castellana y con enormes problemas en la versión andaluza ya que exacerbaba la construcción del andaluz como otro étnico, piénsese en los conceptos de xarnego y de maketo, que se interpreten como se interpreten son racistas.<br />
Alicia Ríos proporciona otros dos datos interesantes, uno que ella sitúa en mediado de los sesenta la popularización de la paella en toda España y que el 90% de las veces que los hombres cocinan lo que hacen es una paella. Es decir, es lógico que los García-Moreno coman un plato “masculino” el día que Catalina no cocina. Por otro lado estos historiadores no se contradicen ya que la renacionalización de la paella en los sesenta responde a dos circunstancias específicas, por un lado la expansión de la clase media que lleva a una aumento del consumismo del que la paella no es una excepción y por otro lado el boom turístico y el interés de los extranjeros por consumir la nación o el plato típico de la nación.<br />
Con la ayuda de dos colegas, Javier Domínguez García, valenciano, y Benjamín Torrico reflexionamos sobre la importancia que en el cine español tiene la paella para resolver o presentar conflictos sociales españoles, y nos sale la siguiente lista que seguramente estará incompleta: El virgo de Visanteta de Vicente Escribá (1977), La corte de faraón (1985) de José Luis García Sánchez, Belle Epoque (1992) de Fernando Trueba, Jamón, jamón de Bigas Luna (1993), La ardilla roja (1993) de Julio Médem, Así en el cielo como en la tierra (1994) de José Luis Cuerda, La flor de mi secreto de Pedro Almodóvar (1995), Lucía y el sexo (2001) de Julio Médem y En la ciudad de Cesc Gay (2003). En Lucía y el sexo la intención está clara cuando Elena se presenta como valenciana y experta en paellas, lo que en el texto cinematográfico se lee como entrega, apertura y generosidad a los demás. Elena engendrará con Lorenzo (el sol) una hija Luna. Lorenzo, quien es madrileño, sirve como enlace de las vidas de la mencionada Elena, la andaluza Lucía y la que pensamos que es también madrileña Belén. La paella como metáfora y símbolo subraya la comunidad imaginada España que se une en un director vasco que pone juntos a una andaluza, una valenciana y una madrileña en una isla mágica mediterránea que es la balear Formentera. En La flor de mi secreto es la incapacidad de Leo de cocinar una paella y ofrecérsela como prueba de amor a Paco, su esposo, que no se la come como símbolo de un matrimonio que ya ha terminado. Paco es un oficial del ejército español estacionado en Bosnia. La paella comunitaria de Jamón, jamón representa la voracidad de la nueva España neoliberal que encuentra su simbología en la mencionada paella, en el jamón ibérico, en el toro del Soberano de las carreteras nacionales y en la belleza de sus nuevas estrellas, los jovencísimos actores Javier Bardem, luciendo paquete, y una bellísima Penélope Cruz cuyos únicos defectos son que sus pechos no sepan uno a tortilla de patatas y el otro a jamón. En La corte de faraón la paella de Riscal divide a los que comen y a los que no y a los franquistas y a la oposición. Unos están invitados al festín del franquismo y otros no. En Belle epoque se usa la paella para simbolizar la entrada de la República. En todas estas películas la paella es pertinente no sólo en el desarrollo de la trama de la película sino que sirve de crisol de problemas sociales, de género, de clase y de identidad nacional.<br />
En Manolito la paella como ya se ha mencionado reconcilia todas las diferencias, la España de la derrota del abuelo con la nueva España de la Guardia Civil, femenina y democrática, a un nivel privado reconcilia a un matrimonio que se encuentra siempre al borde de un ataque de nervios, y representa el ideal de la pequeña burguesía (los domingueros) que los fines de semana abarrotan los chiringuitos de celtiberia dispuestos a cerrar de la memoria colectiva los años del hambre y ahogarlos en Tinto de verano, título no por casualidad de una serie de artículos humorísticos de Elvira Lindo sobre el tema del veraneo.<br />
4. El Zorro.<br />
El conflicto principal de esta segunda parte de la película ha sido obviamente el falso secuestro de Manolito. Pero anterior a éste hay otro. Manolito se despierta sobresaltado en la habitación del modesto hotel y se da cuenta de que su padre no está en su cama. Se asoma por la ventana y ve a Manolo dándole un misterioso paquete a una mujer rubia que no es otra que Alicia, la dueña o encargada del modesto establecimiento hotelero. Lógicamente Manolito le cuenta todo a su madre por teléfono a la mañana siguiente lo que lleva a una pelea de los padres. El misterioso paquete resulta ser un disfraz de El Zorro que sus padres le entregan cuando llegan a la playa. Este disfraz es uno de los más complejos símbolos de este apartado final. En el libro primero los niños se disfrazan de pájaros de la paz para un concurso al que los lleva la señorita Asunción, pero descubrimos que el disfraz que todos los niños poseen es el de Superman. Aunque ningún símbolo de la cultura contemporánea es simple, podemos coincidir que el de Superman es menos complejo que el de El Zorro. Afortunadamente existe un magnífico trabajo sobre éste escrito por Nadia Lie del que podemos sacar una serie de datos que nos ayudan a nuestra investigación y a una mejor comprensión de la escena que nos ocupa. En vez de citar prolijamente adapto sus datos al estudio de la historia de Manolito. El disfraz captura la imaginación del padre primero que es quien lo compra y en segundo lugar del hijo. La nueva popularidad viene dada por la exitosa película The Mask of Zorro (1998), dirigida por Martín Campbell, protagonizada por Antonio Banderas, y producida entre otros por Steven Spielberg. El Zorro es tal vez el único mito español producido por la cultura norteamericana. Es un don, un aristócrata, que está apegado a sus raíces españolas y que no se encuentra a gusto en la secularizada California mexicana que va de 1822 a 1848. Don Diego de la Vega y sus amigos serían en el contexto español algo parecido a los carlistas luchando contra la monarquía liberal de Isabel II. El Zorro que crea Johnston McCulley en 1919 es una persona que restaura la justicia y no un reformador. Como dice la profesora Lie (492) es alguien que está contra el sheriff de Nottingham y no contra el rey. El Zorro de McCulley subraya lo español como añoranza de un pasado caballeresco que equilibrara la rápida modernización del país. A fin de cuentas es el mismo panorama que se lee en las Leyendas de Bécquer, una nostalgia del honor del feudalismo pero sin feudalismo, para compensar la irrupción del capitalismo y la democracia. Nos dice Lie (495) que la nueva versión de El Zorro tenía como uno de sus objetivos el de atraer a la audiencia hispana de los EEUU y del resto del mundo hispano, y la reacción de la familia de Manolito así lo confirma. En el caso español el atractivo es total. Esta película tiene dos Zorros, el primero es Anthony Hopkins y es un español “puro”. En la España de la Unión Europea en la que es tan importante la identidad común con el resto de Europa en vez del España es diferente, los ojos azules de Anthony Hopkins significan que España ya pertenece al club. Ya no es Anthony Queen el que hace de español sino Anthony Hopkins. Pero la genialidad de la película es doble, porque quien Manolito quiere ser es Antonio Banderas, Alejandro Murrieta, el segundo Zorro, quien según el guión de la película es un mestizo. Esto permite a los españoles ser iguales a los europeos del primer Zorro e iguales a los del segundo Zorro, los hispanos de EEUU, que son los hispanos que están ahora de moda en el otro lado de la modernidad, Estados Unidos. Dice la profesora Lie (496) que ésta no es una película sobre el Zorro sino cómo convertirse en Zorro. Murrieta/Banderas tiene que practicar mucho y controlar sus impulsos para convertirse en El Zorro. Si Manolito practica se puede convertir vicariamente en un caballero español y en un hispano. ¿Y quiénes son los malos de la película? Los malos son los independentistas californianos. La película se inventa un grupo inexistente para evitar que los malos sean españoles, mexicanos o los estadounidenses. Estos villanos imaginarios son los nacionalistas. Al igual que Banderas salva a California de una independencia nefasta, Manolito con su película, construyendo la comunidad imaginada España, la salva del nacionalismo excluyente y étnico, construyendo un nacionalismo incluyente, sincrético, bifronte y flexible. El hecho de que la serie se haya traducido al catalán, al gallego y al euskera y que se haya vendido bien en estas lenguas confirma el hecho de que Manolito funciona bien como símbolo de la España de la democracia. Manolito sería el Juanito Español de la democracia.<br />
El sincretismo de este nuevo mito del Zorro o Zorros permite a Manolito contestar a muchas de las interrogantes de la modernidad y solventar contradicciones. El nuevo Zorro es multiétnico, plurinacional, pequeño burgués y aristocrático, de ojos azules y ojos negros, europeo y americano, nacionalista y antinacionalista. No se puede encontrar un mejor disfraz para Manolito.<br />
5. “Campanera”<br />
La canción favorita del abuelo de Manolito es “Campanera”, cantada por Joselito.<br />
Manolito se la canta cuando están acostados en la terraza cerrada con aluminio visto y que cumple la función de improvisado dormitorio de nieto y abuelo. También la cantan Manolito y su padre cuando van por la autovía en el camión. Es también la canción que abría la sección de Manolito en el programa A vivir que son dos días de Fernando Delgado en la SER y en el que Elvira Lindo ponía voz a Manolito. La reivindicación de Joselito vuelve a llevarnos al subtexto del Tranvía a la Malvarrosa y a esos años extraños que van de 1952 a 1959, porque por un lado en 1952 se acaba en gran parte el aislamiento de la dictadura pero no es hasta 1959 que se da un gran salto cualitativo y cuantitativo en la liberalización de la economía. En este periodo de transición transcurren las tres películas que dieron la fama a Joselito, 1956, 1957 y 1958 con la trilogía del “ruiseñor” dirigidas por Antonio del Amo. Las películas fueron un resonante éxito en España, Latinoamérica y la Europa latina, es decir, redemostraban por enésima vez que a poco que se intentara España tenía un lugar en la comunidad internacional, aunque fuera un producto edulcorado de tufo franquistoide pero de indudable calidad. Pero esto no contesta del todo por qué la nostalgia de “Campanera”, una especie de femme fatale católica. En un artículo reciente Gregg Easterbrook explica la nostalgia de los años cincuenta porque era una época de grandes expectativas, lo que es diáfano en el libro de Vicent. La gente pensaba que podía progresar muchísimo o empezaba a pensar que esto era posible y el vertiginoso despegue económico de los sesenta así lo confirmó. La frustración del presente para los García Moreno es que sus expectativas se han parado. Esta familia “pobre” tiene un piso y un camión que juntos seguramente valen más de medio millón de euros. Lo que ocurre es que es difícil que puedan dar un paso más en el progreso y que será difícil que los hijos mantengan este nivel de progreso. De ahí la nostalgia de los años cincuenta en tanto que una época en la que se abría la puerta del progreso y se empezaba a caminar por el camino hacia la modernidad. Por otro lado sirve para unir la película Manolito al género de películas con niños prodigio tan característica de este periodo y del que forman parte Joselito, Pablito Calvo, Marisol, Pili y Mili entre otros, películas que formaban parte de las sesiones doble parte importante del ocio de varias generaciones. Con esto la película de Albaladejo se convierte en parte en un homenaje al cine de serie B español para los que se hizo una serie de colaboraciones con Italia de la serie de El Zorro, por ejemplo, El Zorro al servivio de la Reina de la Corte de España (1961) o El Zorro contra Maciste (1962). Este Zorro cutre es parte de la nostalgia de los padres de Manolito, aunque el de éste viene vía Hollywood y es moderno y brillante.<br />
6. Melanie Griffith y Antonio Banderas.<br />
El hermano de Manolito cuando hojea una revista del corazón siempre coge su chupete al llegar a Melanie Griffith y la señala con él mientras dice que es la Luisa, su madrina. Ésta se viste y arregla de tal manera que parece una estrella de cine americano. En 1953 España y EEUU firman un tratado de cooperación que como se viene repitiendo hasta la saciedad representa el principio del fin de la autarquía franquista. Desde esta fecha España ha sido un aliado incondicional de EEUU, en la Guerra Fría primero, en la OTAN después interviniendo en la antigua ex Yugoslavia y en el conflicto balcánico y en las dos Guerras del Golfo. El impacto de la cultura norteamericana en España ha sido espectacular. Como este estudio demuestra la complejidad de este fenómeno no es algo que se pueda explicar con teorías imperialistas que parten de la base de la pasividad del espectador y de la comunidad, sino que exigen reconstruir la historia de las manifestaciones culturales.<br />
Símbolo de esta unión es el matrimonio “entre iguales” de Banderas y Griffith, estrellas de cine los dos, sus carreras resurgieron tras su matrimonio. Banderas es un nacionalista siempre exaltando las beldades españolas como el aceite de oliva y Griffith siempre se muestra entusiasta ante todo lo español. No es este el lugar para hacer este estudio pero es obvio que los programas del corazón que son ahora popularísimos en España sirven para formar una comunidad. Sólo un español sabe de los problemas de Rociíto, independientemente de que esta persona aborrezca el concepto de nación española. Antonio Banderas en este contexto es uno de los símbolos más populares de lo que es triunfar en el extranjero, no sólo en EEUU, sino en convertirse en una estrella de Hollywood que es conocida en todo el mundo. Además las revistas como el Hola que aparecen en la película han sido instrumentales en la construcción de la modernidad española. El magnífico piso que tiene Luisa y que vemos en la película es fruto de horas mirando estas revistas y aprendiendo los parámetros del consumismo y en qué consiste el concepto de decencia en la España del fin del milenio.<br />
El final feliz de una historia romántica es el matrimonio y el final feliz de Manolito Gafotas es el de la reconciliación de un matrimonio como principio de toda una cadena de reconciliaciones, la del nacionalismo español consigo mismo, siempre y cuando sea generoso, plural, inclusivo y representativo. Sirve para unir la connivencia con la dictadura con el presente en el contínuum del mercado. Vale para unir las conductas privadas con el estado. Se emplea para reconciliar a la España castiza con la europea y con la americana, incluyéndose en este apartado a lo hispano. Manolito es una película para sentirse bien después de verla y su final es perfecto en su aparente simplicidad. Con una playa, dos guardias civiles, una paella, el Hola, un disfraz y una canción se puede construir una comunidad imaginada plural y crítica en la que caben todos los españoles. Este es el éxito de Albaladejo y Lindo.</p>
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		<title>De Chamberí a Vallecas</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Oct 2008 12:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Sobre Elvira]]></category>

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		<description><![CDATA[Llamábamos en mi barrio, Chamberí, cuando éramos chicos que jugábamos en la calle, al “más allá” : el otro barrio. El otro barrio en el que, al cabo de unas cuantas eternidades volveríamos a encontrarnos, según los optimistas ; aunque faltos de memoria, según los pesimistas, sería como si no nos encontrásemos. 
Podíamos llamar “el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llamábamos en mi barrio, Chamberí, cuando éramos chicos que jugábamos en la calle, al “más allá” : el otro barrio. El otro barrio en el que, al cabo de unas cuantas eternidades volveríamos a encontrarnos, según los optimistas ; aunque faltos de memoria, según los pesimistas, sería como si no nos encontrásemos. <span id="more-99"></span></p>
<p>Podíamos llamar “el otro barrio” al cercano Cuatro Caminos, o, tirando para el otro lado, a Maravillas –hoy, Malasaña-, pero no, el otro barrio, para nosotros, era ese al que me he referido y preferiría no volver a referirme. Pero no lo puedo remediar. Acabo de leer una novela que me ha producido una fortísima impresión y lleva ese título olvidable : El otro barrio.</p>
<p>Antes de iniciar la lectura de la novela, dediqué un tiempo a jugar a las adivinanzas. ¿Cuál sería ese barrio que para la autora, o para alguno de sus posibles personajes era “otro”, no sólo otro sino, específicamente, “el otro”? ¿De qué barrio era la autora, o sus personajes? ¿O el elegido como protagonista?</p>
<p>Prendido ya en las primeras páginas de la narración, creí entender, pero de manera insegura, que el barrio al que hace referencia el título es Vallecas.  Para mí, desde luego, es “otro barrio”. He sido hombre muy callejero, pero pocas veces he andado por allí. Tampoco me han llevado las obligaciones de mi trashumante oficio. Puede que lo haya visitado algunas veces a altas horas de la noche, pero casi sin enterarme.</p>
<p>He conocido hace muy poco tiempo a la autora de la novela, Elvira Lindo, y confieso que el conocerla, a ella y una parte de su obra, ha sido una de las apariciones más felices que han acaecido en estos últimos años.</p>
<p>Lamento no encontrarme ya en mi infancia chamberilera, pues, gran aficionado a los tebeos, estoy seguro de que me habría hecho amigo y adicto a Manolito Gafotas –gran creación de Elvira Lindo- que tan aguda y acertadamente sabe observar y juzgar a los mayores, habría esperado con impaciencia su llegada cada semana y habría deseado ayudarle a soportar al Imbécil.</p>
<p>Ahora, dejándome llevar de la mano, del ala, de la novelista, he recorrido las calles de Vallecas, su bulevar. Y he conocido a su gente, de la que durante tantísimos años había oído hablar.</p>
<p>Digo muy sinceramente , y después de haberlo pensado, que en las páginas de este libro los he conocido. A veces, en mis veleidades de narrador, me asalta el miedo de que algunos lectores, de agudo espíritu crítico, puedan reprocharme que cuento historias de personas que no  conozco, incluso que no existen ni han existido. Las personas cuyas peripecias nos cuenta en esta novela su autora han existido, nadie podrá negarlo, aunque a algunas la existencia se la haya dado ella misma. Conoce a esos seres por fuera y por dentro. Mientras escribía ha cometido el sagrado delito de introducirse en sus personajes –o personas-, de violar su más secreta y profunda intimidad.</p>
<p>Recuerdo que alguien dijo, en aquella inolvidable tertulia del Café Gijón, que una de las condiciones del novelista era amar a sus personajes. No sé si se refería también a los malos. Yo, desde luego, no he leído el magnífico libro como una novela de buenos y malos, porque no lo es, pero sí es una novela de seres verdaderos que unas veces se portan bien y otras mal. La misericordia de Elvira Lindo, su caridad, su amor le hace ver a todos los seres que se entrecruzan en el libro a través de las gafotas de Manolito que, con la edad, hubiese aprendido a comprender al prójimo. Hubiese visto la cantidad de necesidades y de casualidades que van orientando y desorientando la vida de las personas mayores.</p>
<p>No le parece malo a la autora el presunto asesino, Ramón Fortuna. Ni su abogado Marcelo Román –as en la manga que se guarda la pícara autora picarescamente- artísticamente, podríamos decir – para rematar el relato. No son malos los vecinos de la calle Payaso Fofó. Ni, ¿por qué habrían de serlo?, la psicóloga y el asistente social. Ni las Eche, lo que queda de ellas. Y era bueno Kevin, el perro de las Eche. ¿Y los compañeros de encierro –en el “centro  de menores”- del presunto asesino, el Chino, ladrón de coches que se llevaba chicas al extranjero, el bibliotecario Perico…? Y, sobre todos ellos, el compañero de cuarto del presunto asesino, el Mellado: ése, en el Madrid suburbial que hace años retrató y cantó Carlos Arniches, habría sido, visto por Elvira Lindo, un “alma de Dios”.</p>
<p>Incluso el que parece el peor de ellos, desde el punto de vista de la convivencia, y acreedor a un duro castigo, el gordo del balcón, no es para la autora malo, sino una persona demasiado molesta.</p>
<p>No soy crítico literario, ni sabría serlo aunque me lo propusiera, porque me lo vetan mi ignorancia y mi falta de objetividad. Por lo tanto, mis elogios no tienen el refrendo que yo desearía. No son fruto de la ciencia sino del entusiasmo de un lector común, también con veleidades de narrador y que quisiera para sí muchas de las virtudes que encuentra en esta novela: la sencillez y la transparencia del estilo, el realismo despreocupado de modas, el conocimiento de la vida cotidiana actual, y el convencimiento palmario y limpiamente trasladado a la narración de que todos somos esclavos de la casualidad. Se abre la narración con una serie de terribles casualidades y ya nadie podrá deshacerse de ellas. ¿Quién puede?</p>
<p>Con los debidos respetos al lector, paso al terrero personal. No sólo le agradezco a Elvira Lindo su obra sino su naciente amistad y su luminosa sonrisa. Supongo que habrá tenido desgracias a lo largo de su vida, pero sonríe de un modo tan limpio que parece que su único sentimiento ha sido la felicidad.</p>
<p>Cuando hilvano estos renglones aún estoy conmovido por la lectura de su novela, aún no he salido del otro barrio, que, por cierto, según se lee al final, sí es “el otro barrio” al que nos  referíamos los chicos de la calle cuando aún la reina Casualidad no nos había expulsado del paraíso.</p>
<p>Fernando FERNÁN-GÓMEZ</p>
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		<title>Viven como reinas</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 12:20:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos Neoyorkinos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ese chico que cruza ahora mismo Washington Square se llama Lorenzo. Llegó hace tres meses a Nueva York. Ha tenido la oportunidad de vivir el mordisco del frío y la noche que cae repentinamente a las cuatro de la tarde. Al principio no salía de su asombro al ver cómo cambiaba de naturaleza esta plaza [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ese chico que cruza ahora mismo Washington Square se llama Lorenzo. Llegó hace tres meses a Nueva York. Ha tenido la oportunidad de vivir el mordisco del frío y la noche que cae repentinamente a las cuatro de la tarde. Al principio no salía de su asombro al ver cómo cambiaba de naturaleza esta plaza por la que cruzaba a diario Henry James y en la que situó su novela, “Washington Square”, esa historia de la que los niños antiguos que veíamos películas en blanco y negro en la tele teníamos noción por “La Heredera” de William Wyler. <span id="more-98"></span>Era una de mis películas favoritas pero había algo que no podía entender: cómo una mujer guapa (no sexy, pero guapa) como Olivia de Havilland hacía de fea. Más tarde comprendí que el cine era eso, las guapas hacen de guapas y de feas también. Para eso son guapas. Lorenzo hace el recorrido henryjamesiano a diario y aún se asombra de cómo al anochecer un montón de roedores te salen al paso. Ratas, ratoncillos, ardillas que presientes en los senderos pobremente iluminados, como si esta plaza urbana de pronto se transformara en el bosque siniestro de los cuentos. A mí el rabo de cualquier roedor me provoca un escalofríos pero Lorenzo dice que él ya se ha acostumbrado a su presencia. Yo nunca. Como soy rara alimento mi fobias leyendo obsesivamente los artículos que han ido apareciendo sobre el Kentucky Fried Chicken de la Sexta Avenida que cerraron después de que algún camarero vengativo grabara un vídeo en el que se ve a las ratas corretear por la cocina saboreando, imagino, alitas de pollo. Como soy morbosa veo todos los vídeos que en el Youtube han colgado sobre el asunto. Cuando llegué a este cuarto desde el que escribo, cuya ventana da a un patio, me imaginaba saliendo a la escalerilla de incendios un día de primavera para cantar “Moon River” (que es lo primero que desea hacer una mujer sensible nada más ver una escalerilla de incendios), pero ahora la persiana de rejilla está bajada permanentemente desde que vi a las ardillas y a las palomas posarse en mi alfeizar. Ratas con cola y ratas del aire. No es tan extravagante imaginar que si dejo abierto pueda colárseme un día una ardilla. No sabría cómo reaccionar. Me veo muy capaz de tirarme yo por la ventana. Lo extraordinario es que teniendo este aversión heredada por vía materna a los roedores haya quedado esta tarde con Lorenzo para ver ratas enjauladas. La insana atracción por lo que te repugna. A Lorenzo lo conocí el otro día, en el Cervantes, fue uno de esos amigos de toda la vida que yo me hago en aproximadamente cinco minutos. Hablamos de las emociones, así, nada más conocernos. Lorenzo no es ni literato ni psicólogo sino un farmacéutico que investiga sobre el cerebro en NYU. De entre todos los profesionales que vienen a buscarse un hueco en esta ciudad son los científicos los que sin duda tienen más razones para ello. España, por mucho que se diga, aún no les ha concedido espacio. Es más, se vienen aquí y luego no pueden volver. Aquí les pagan bien y les incentivan el entusiasmo por su profesión. Ellos, por su parte, nutren los laboratorios americanos con su talento. Hemos quedado en la esquina Este de la plaza, en la puerta del edificio de Ciencias. Ahí lo veo, reconociéndolo en su inconfundible aspecto de españolito, ojos francos, velazqueños y sonrisa inmediata. Me invita a vestirme con bata blanca, no sin antes preguntarme si soy una fanática de los derechos de los animales. Los responsables del laboratorio siempre tienen miedo de recibir la visita de algún espía. Bueno, le digo, si tuviérais un mono no lo soportaría, pero con las ratas no empatizo demasiado. Entramos al pequeño lugar fascinante: las paredes están cubiertas con jaulillas en las que viven decenas de ratas blancas. Lorenzo me enseña las suyas. ¿Tienen nombre?, le pregunto. No, me dice, tienen número, y entonces saca una de la jaula. Del cerebro le salen las sondas en las que se les inyectan sustancias. Ahora, me cuenta, estamos investigando sobre el miedo: ¿qué pasaría si pudiéramos borrar de la memoria el terror que provoca un stress postraumático? Formula esas preguntas como si en una de estas yo pudiera darle también alguna respuesta. “Por ahora sólo son experimentos con animales pero te preguntas si de la misma forma que podrán curarse terrores también cabrá la posibilidad de provocar, como arma, en el ser humano estados insoportables de miedo”. Entre ratas hablamos del artículo que hoy ha publicado en la revista Science el científico Antonio Damasio, en el que escribe sobre cómo las emociones intervienen directamente en la moral. La cuestión que plantea Damasio es la siguiente: si usted tiene un hijo con una enfermedad contagiosa que va a provocar la muerte de diez personas, ¿a quién preferiría eliminar, al hijo o a los extraños? Pues bien, aquellas personas sanas, que no tienen afectada ninguna zona del cerebro, salvarían al hijo. Con lo cual cabe imaginar que lo emocional nos influye en la manera de juzgar, en nuestra ideología y que las personas que tienden a fascinarse con regímenes autoritarios lo llevan escrito desde la cuna. Como decía un científico irónicamente, una de las razones para no matar a Saddam Husein habría sido considerar la posibilidad de estudiar la mente de un ser sanguinario. Muertos Hitler y Stalin, Husein era todo un tesoro. No sé en qué zona del cerebro tengo situado este miedo pero ya siento el escalofrío. Está provocado por los ojos color rojo-sangre de la ratas. “Viven como reinas”, dice Lorenzo. Seguimos charlando de paseo por Washington Square. El relato de sus experimentos me parece tan apasionante como esos cuentos tremendos que nos contaban cuando éramos niños y que nos hacían esperar el sueño con la cabeza tapada.</p>
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		<title>Historias del metro</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Oct 2008 12:20:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos Neoyorkinos]]></category>

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		<description><![CDATA[Fue en 1939 cuando el músico Duke Ellington conoció al que sería su más estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el Duque, en un viaje a Pittsburgh quedó impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invitó a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fue en 1939 cuando el músico Duke Ellington conoció al que sería su más estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el Duque, en un viaje a Pittsburgh quedó impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invitó a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio tan inseguro que le hizo un plano con todas las indicaciones para llegar hasta su casa, que estaba en Sugar Hill, el Harlem elegante de aquel entonces. Billy Strayhorn se presentó al poco tiempo en la casa Harlem pero no con las manos vacías: llevaba la partitura de una melodía que había creado inspirándose en las indicaciones del maestro.<span id="more-97"></span> A Duke Ellington le gustó tanto aquel “Take the A Train” (“Toma el Tren A”) que a partir de ese momento la tocaba siempre al comienzo de sus conciertos. La melodía se convirtió en canción y no hay cantante de jazz que se precie que no la haya interpretado, aunque es la voz de Ella Fitgerald la que la hizo más popular: “Tienes que tomar el tren A/ para ir a “Sugar Hill” en lo más alto de Harlem/ Si pierdes el Tren A/ descubrirás que has perdido la manera más veloz de llegar a Harlem/ Rápido, móntate, ahora, está viniendo/ escucha esos raíles retumbando ¡Todos al tren!/ Móntate en el A/ pronto estarás en Sugar Hill en Harlem”. El metro de Nueva York ha servido de inspiración para muchísimas canciones pero es esta melodía, que parece llevar la velocidad escrita en las mismas notas de su partitura, la que encarna el alma de las venas subterráneas de la ciudad.<br />
Hace tres años se celebró el centenario de la inauguración del metro. Dado que el metro ha vertebrado la ciudad moderna, para cualquier ciudad la efeméride es esencial, pero Nueva York es una de esas ciudad que está muy presente en la obra de sus artistas. Esa presencia se debe en gran parte a su condición indiscutible de ciudad inspiradora pero también a la marcada tendencia americana al realismo, a certificar con poemas, cuadros o novelas todo aquello que su tiempo les pone delante de los ojos. Y si Nueva York está presente en el arte popular no se queda atrás el metro, que es el reverso de la ciudad, no menos vivo que la superficie y, por alguna razón poderosa, el lugar de donde brotan historias para no olvidar.<br />
La primera piedra del metro de Nueva York se puso en Mayo de 1900. Antes se habían hecho intentos de unir los barrios de la ciudad con trenes elevados, pero aumentaban el caos de una ciudad que se apiñaba insanamente en sus zonas bajas. El Lower East Side era a últimos del diecinueve uno de los barrios más poblados del mundo. Los recién llegados, judíos, irlandeses, italianos luchaban por sobrevivir en habitaciones inmundas de las que hoy hay muestra en el Museo de los Tenements, un diminuto pero interesantísimo recorrido para hacerse una idea de lo que era subsistir en aquel hormiguero. El metro trataba de buscar soluciones a esa brutal concentración humana e intentaba paliar lo serios inconvenientes que Nueva York presentaba para convertirse en una ciudad ágil y comercial. Recorrer las ocho millas que van de Norte a Sur suponía una cantidad absurda de horas. Además, el ayuntamiento de Nueva York miraba desde hacía tiempo con indisimulada envidia el ejemplo del metro de Londres. Como siempre ocurre en Estados Unidos, la voluntad del municipio no era suficiente y fue gracias a la iniciativa de inversores privados que supieron imaginar astutamente el negocio en el que estaban invirtiendo lo que puso la obra en marcha. Cuatro años duró la construcción de esa primera línea, cuatro años en los que se movilizó a doce mil hombres en su mayoría irlandeses e italianos, cuatro años que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos. Una vez más los neoyorkinos se mostraron conscientes de lo que ese vena abierta iba a suponer para las generaciones futuras y hay imágenes de las obras que han pasado a formar parte de un documental realizado por la televisión pública para celebrar el centenario: obreros excavando tierra, obreros entre el cableado y las aguas y los gases subterráneos, señoras vestidas de época caminando por estrechas plataformas de madera, edificios apuntalados para evitar su derrumbe. El documental provoca envidia. El espectador puede asistir con bastante nitidez a la vida cotidiana de una ciudad en 1900 y nos permite imaginar el esfuerzo que supuso construir algo que hoy parece tan integrado en nuestra cotidianeidad. Esas imágenes nos permiten también observar algo que hace del metro de Manhattan algo único. Los ingenieros no siguieron el modelo de excavación profunda que habían realizado los ingleses. La consecuencia es que el traqueteo de los vagones se oye en el silencio de las funciones teatrales, el metro se ve a través de las rejillas de las aceras y levanta las faldas de las mujeres, circunstancia que fue aprovechada golosamente por Billy Wilder.<br />
En 1904 fue inaugurada esa primera línea: “!De City Hall a Harlem en sólo quince minutos!”. Los propietarios del  New York Times supieron calibrar cómo el metro amplíaba las fronteras de la ciudad y trasladaron su redacción al edificio de la calle 42. Tenían una parada de metro a pie de calle que facilitaba la rapidísima distribución del periódico. La presencia del rotativo en la plaza se hizo tan popular que ésta pasó a llamarse “Times Square” y no tuvo que pasar mucho tiempo para que fuera el lugar elegido por los ciudadanos para celebrar la llegada del Año Nuevo.<br />
Pero el temperamento protestón tan singular de los neoyorkinos enseguida les animó a demandar más líneas para que los otros barrios estuvieran también comunicados con Manhattan. En 1905 el metro llegó al Bronx, en 1908 a Brooklyn, en el 16 a Queens. Estas nuevas arterias provocaron una fiebre inmobiliaria que alivió al sur de Manhattan de su superpoblación y ayudó a la consolidación de los nuevos barrios. Muchos judíos encontraron en el Bronx el paraíso. Allí fue a parar Leon Trostky junto con su familia durante unos meses en 1917. Son curiosas sus palabras sobre este barrio. Trotsky alaba las comodidades que presenta su apartamento en ese barrio de clase obrera de Nueva York: ascensor, colector en cada piso para la basura, portero… Maravillas de los barrios nuevos que suponían entonces una promesa de futuro y en los que florecía una nueva conciencia de clase. Por su parte, un agente inmobiliario negro consiguió que gran parte de la población negra que malvivía en el sur de Manhattan se fuera trasladando a Harlem que pasó a ser algo así como la capital negra del país y el centro neurálgico del jazz, lejos de ese Harlem deprimido de los setenta que ahora, tímidamente, va levantando cabeza tras los desoladores años en los que la droga y la delincuencia fueron las reinas de la vida del barrio.<br />
El trazado del metro de Nueva York, tal y como lo conocemos hoy, fue terminado en 1940, pero había cambiado la vida de sus habitantes mucho antes. Si la playa de Coney Island recibía antes de la llegada del metro a cientos de domingueros, después de la comunicación entre Manhattan y Brooklyn, el número ascendió al millón. Las fotos de Coney Island en aquellos años tienen una cualidad cómica y alegre: una playa abarrotada por esa clase trabajadora que se apiña para disfrutar de la gratuidad del sol, del agua salada y del algodón dulce en los puestos de ese parque de atracciones que ahora parece estar en peligro de muerte por la revitalización inmobiliaria de la zona.<br />
Después de tanto tiempo, sesenta y siete años, sin grandes mejoras ni nuevos trazados, ha sido este año cuando el alcalde, Michael Bloomberg, ha puesto la primera piedra de una nueva línea, la que recorrerá el lateral Este de la isla. Pero no es extraño el abandono en el que se encuentran muchas de las instalaciones del metro: Nueva York, que fue a principios del siglo XX, la capital del mundo de las obras públicas, dejó desvanecer su capitalidad y hoy vive de las rentas, que son importantes, porque en sus aceras se levanta la arquitectura más prodigiosa del siglo pasado, pero no suficientes. La ciudad es bella y vieja. Dos cualidades que llevaron a Marcelo Mastroiani a definirla como la nueva Venecia. Curiosamente, también hace aguas, como la vieja ciudad italiana. Es tal la cantidad de lluvia que cae sobre sus aceras que al bajar a chorros por las bocas de metro desborda los colectores. Para que la isla no se inunde tiene que ser drenada continuamente por su cuatro costados. A veces parece como si la ciudad tuviera un responsable de mantenimiento chapucero que se dedicara a arreglar todas las averías parcheando aquí y allá. Para una mentalidad europea es milagroso que la ciudad resista sin más contratiempos de los que hay.<br />
Nueva York está decrépita y el metro es un buen ejemplo de ello. La sensación que provoca en el visitante cuando realiza su primera excursión subterránea es la de aturdimiento: del gran túnel negro entran y salen trenes que más que deslizarse por los cuatro carriles parecen acuchillarlos literalmente, tal es el ruido que hacen a su paso; por las vías negras corretean esas ratas suburbanas que han encontrado allí el habitat soñado. El visitante las señala y se asusta. El neoyorkino asiste sin perturbarse a eso y a casi todo. Se puede distinguir a un residente de un forastero en la forma de mirar ese sorprendente espectáculo humano que el metro ofrece gratuítamente con la famosa Metrocard, el bonotransporte. Deslizas la Metrocard por la rendija y es como si hubieras pagado la entrada para la gran comedia humana. No se trata solamente de la diversidad racial, a la que uno puede asistir en otras ciudades, es algo más, el metro neoyorkino acoge a los locos urbanos, a mendigos sorprendentes, a buenos músicos que han de pasar exámen para tocar en los andenes, a músicos falsos que se cuelan y aporrean las guitarras cantando corridos, a predicadores bíblicos, a una mendiga que se hace elegantísimos trajes de noche con bolsas negras de basura, pero, sobre todo, el metro es el lugar donde la segregación, tan poderosa incluso en Nueva York, se resquebraja. Pobres, ricos, viejos, adolescentes, negros, blancos, de New Jersey, del Bronx o del Soho han de verse las caras bajo tierra. El metro es el elemento cohesionador de una ciudadanía acostumbrada al transporte público, que alquila un coche si es que quiere ir al campo.<br />
Dado el continuo aluvión de viajeros que entran y salen de los vagones, se puede decir que el metro de Nueva York es un lugar seguro; es precisamente la presencia de la gente la que hace difícil que uno se encuentre en una situación arriesgada. Sobre estos asuntos escribió una mujer llamada Jane Jacobs un ensayo imprescindible en defensa de la vida ciudadana a principios de los sesenta. Curiosamente, no era una experta en urbanismo, ni arquitecto, ni ingeniero, ni político. Jane Jacobs fue una activista, vecina del Village, que se dedicó a observar la vida urbana. Y cómo lo hizo. La visión de Jacobs fue tan perspicaz que su libro, “Vida y muerte de las grandes ciudades americanas”, se convirtió de inmediato en la más poderosa respuesta intelectual a la tendencia de los grandes arquitectos a detestar la vida peatonal. Ellos habían fijado la fecha de caducidad de la vida de los barrios del centro a favor de espacios completamente acotados: el de ocio, el de trabajo y la vivienda. Jacobs despertó muchas conciencias, hay quien dice que el libro causó tal impacto que salvó en gran parte al Village de la garra de los especuladores. Los ciudadanos se movilizaron para defender la vida de las calles pequeñas, su esencia. Este libro, casi un manifiesto en contra de la segregación, se publicó en 1961 pero su mensaje se actualiza cada vez que en una ciudad se construye un barrio con el único objetivo de enriquecer a sus promotores, sin tener en cuenta la necesidad de relación que tendrán sus futuros habitantes. El texto de Jacobs habla de las aceras pero sus conclusiones son extrapolables a la vida subterránea. El metro sirve porque es seguro; el metro enlaza unas realidades sociales con otras, es un arma contra el aislamiento; el metro permite vivir sin la esclavitud del coche, que ha destrozado ciudades como Miami o Los Angeles. Su habitabilidad va pareja a la de las calles que tiene encima. Cuando en los años setenta y ochenta Nueva York era una ciudad a punto de tirar la toalla por el altísimo nivel de peligrosidad, el metro acusaba la misma realidad. El cine documentó aquel tiempo en el que todas las paredes de los vagones estaban inundadas de graffitis. Es el metro de la persecución de “French Connection” o la de aquel jovencísimo Travolta viajando de Brooklyn a Manhattan en “Fiebre del sábado noche”. Hay quien dice que Nueva York ha perdido su sabor, su esencia, que es ahora una especie de Venecia turística. Probablemente los que lo dicen no han vivido nunca el desasosiego de la inseguridad. Sentir nostalgia de aquel metro inquietante es un tópico que suelta con relativa frecuencia ese tipo de gente relacionada con la cultura que suelta lugares comunes ignorando que lo son.<br />
Yo me monté por primera vez en el metro neoyorkino en 1991. Ya era un lugar seguro y aún así me alarmó la violencia del ruido y la visión de ese arca de Noé que transportaba a todas las especies posibles dentro de la humana. Han pasado casi dieciseis años pero aún hoy cuando deslizo el filo de mi Metrocard sé que estoy pagando por algo más que el transporte. No es un sentimiento de forastera, al neoyorkino (que mira aunque no lo parezca) le ocurre igual. Cada vez que te encuentras con alguien es raro que la conversación no empiece con un, “¿sabes lo que me ha pasado hoy en el metro?”. Son historias que animan conversaciones, que inspiran cuentos o canciones. Una de esas historias, ya legendaria, se me viene a la cabeza:  la figura triste de Charlie Parker en 1954, tras la muerte su hija, tomando el metro para dejarse llevar a cualquier sitio, como uno de esos mendigos que dormitan recorriendo la ciudad, como ese hombre muerto del que los pasajeros, durante días, pensaban que estaba dormido.</p>
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		<title>La risa de Lauren Bacall</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2008 11:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos Neoyorkinos]]></category>

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		<description><![CDATA[A la emoción de ver en persona a la señora Bacall se une la posibilidad de traspasar los muros del edificio Dakota, así llamado, cuentan, porque cuando fue construído se encontraba tan a las afueras de Manhattan que la gente ironizaba con la lejanía de el nuevo edificio señorial, más cerca del estado de Dakota [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A la emoción de ver en persona a la señora Bacall se une la posibilidad de traspasar los muros del edificio Dakota, así llamado, cuentan, porque cuando fue construído se encontraba tan a las afueras de Manhattan que la gente ironizaba con la lejanía de el nuevo edificio señorial, más cerca del estado de Dakota que del corazón de la ciudad. El Dakota es hoy, claro, uno de las paradas obligadas de los turistas.<span id="more-96"></span> No hay turista que no desee hacerse la foto en el lugar donde John Lennon fue asesinado, no hay cinéfilo que no recuerde la película de Polansky, “La semilla del diablo”, en la que el caserón cobra la importancia de un personaje más. Para los neoyorkinos, el Dakota es uno de esos edificios del lado Oeste de la ciudad que albergan a simpatizantes demócratas con dinero que hacen cuantiosas donaciones para la campaña electoral. El Dakota, el San Remo, son testigos de la vida de artistas millonarios dispuestos siempre a arrimar el hombro a la causa más progresista.<br />
La belleza no está exactamente en el edificio, que tiene las pretensiones de un afrancesamiento postizo que a veces los americanos entienden como distinguido, sino en el lugar en el que está ubicado. La calle 72 y Central Park West, enfrente del parque, y en el barrio con más carácter de la isla. Las dimensiones de la recepción parecen europeas, por lo mezquinas, y uno se extraña de que un edificio tan enorme no tenga uno de esos lobbies de amplitud americana. La señora Bacall está esperando, dice el doormar, así que subo en el ascensor hasta el cuarto piso, un cubículo forrado de madera que tiene algo del aire entre terrorífico y cómico de la película de Polansky. Me siento en el sillón del ascensor y todo cruje, con un sonido bastante teatral.<br />
-Ms. Bacall acabará dentro de unos cinco minutos con su sesión fotográfica –me dice su secretaria-, siéntase como en su casa.<br />
Me siento en el sofá con la pretensión de que la secretaria vea que esperaré discretamente, pero en cuanto desaparece, me levanto como si tuviera un resorte. ¿Cómo estar sentada en la habitación en la que la señora Bacall ha vivido los últimos treinta años? La arquitectura tiene un aire europeo, parisino, como de principios de siglos, grandes escayolas, techos altísimos. Si no fuera por la ventana inmensa que parece meter Central Park en el cuarto podría pensar que estoy en ese París del que Bacall se considera hija adoptiva. Quiero aprovechar los cinco minutos al máximo y me acerco a las pinturas. Dos preciosos dibujos de Calder, pequeños paisajes y retratos de animales como del XIX, libros por todas partes, el desorden propio de la gente que disfruta de la casa y de la vida, los ingobernables enchufes y cables de detrás de la tele, los sillones cómodos, de terciopelo ajado y, sobre todo, la gran pared, esa gran pared en la que los retratos de los amigos se disputan el sitio. Me da la risa de la emoción. Sé que estoy atrapando un recuerdo que será para siempre. Las fotos no son las típicas de estudio, son las fotos familiares, pero en ellas distingo la sonrisa de David Niven, las de los dos hermanos Kennedy, el rostro algo circunspecto de Howard Hawks, la cara de su hijo Steve, tan parecido al padre, y de forma recurrente, los rostros queridos de Spencer Tracy, de Katharine Hepburn, con dedicatorias cariñosas que indican una vida de amistad y recuerdos comunes, de tardes de fiesta y de esas otras tardes más sombrías en las que la pareja iba a diario a visitar al amigo Boogie, que se moría poco a poco de un cáncer de pulmón, sin dejar de tomar su martini y algún que otro cigarrillo. Hay un dibujo, como un autorretrato de la propia Hepburn, felicitando a la Bacall por un premio. Pienso que se trataría del Tony en la época en que las dos actrices pisaron Broadway, en una edición en la que las dos optaban al galardón.<br />
Es difícil moverse por la sala sin que el suelo de tarima se chive de todos mis movimientos, así que voy recorriéndolo de puntillas, con miedo a resbalarme en este suelo traicionero de tan pulido, y como si hiciera algo prohibido, con algo de la comicidad de los satánicos personajes de la “La semilla del diablo”. A punto estoy ya de abrir alguno de los cajones cuando una voz tan grave que parece la de un hombre me da un susto de muerte a mis espaldas. Ella. Es ella. Hace la entrada de las grandes estrellas. Alta a pesar de sus 81 años, de espalda ancha y recta, esa elegancia innata que lo supera todo, hasta ese atuendo casero con el que me recibe, pantalones cómodos, camiseta, sandalias deportivas. Viene una perrilla de ojos saltones que me ladra con la furia de los perros pequeños.<br />
-Venga, Sophie, no te enfades.<br />
Yo le dejo la mano para que me conozca. La olisquea y viendo que soy una más de las admiradoras de su dueña salta al sofá para sentarse a mi lado.<br />
-Perdone, Ms. Bacall, no he podido resistir la tentación de mirarlo todo, es que no puedo reprimir la emoción que siento al estar aquí…<br />
-Oh, qué dulce suena eso…-dice, y luego suelta una carcajada.<br />
-No veo fotos de Humprey Bogart.<br />
-Bueno, las fotos de Boogie están en la otra habitación. Soy cuidadosa, comprende que tuve otro marido, otro hijo, y no me parece correcto.<br />
El otro marido fue Jason Robards, un gran actor al que todo el mundo, menos Lauren Bacall, le atribuía cierto parecido físico con Bogart.<br />
-Sí, eso se dijo mucho pero no se parecían en nada. Él tuvo que vivir con la sombra de Boogie. Yo, para la prensa, era siempre la viuda de Bogart.<br />
Robards no nos roba ni dos minutos de conversación. Se nota que Bacall se cuida mucho de no menospreciar al padre de su tercer hijo, aunque en las memorias está descrita con una elegancia no exenta de sinceridad la pesadilla que supuso la convivencia con este hombre atractivo y alcohólico que podía convertirse en un ser muy desagradable, olvidadizo de sus obligaciones como padre, como esposo. Fueron, dice Bacall, los únicos años de mi vida en que me falló el sentido del humor. Hablamos de su libro de memorias. Es un libro que tiene un enorme valor, el de testimonio de la época más glamourosa del cine, pero también de algo que resulta particularmente atractivo para el lector: la verdad de la vida de una mujer que a los ojos de los espectadores gozaba de un universo fascinante, que poseía una especie de audacia sexual muy excitante para la época, una especie de aplomo, de seguridad en sí misma, un atractivo cargado de inteligencia. El interés del libro es que descubrimos en él a una mujer  inocente, terriblemente dependiente del cariño de los hombres, y eso es algo que parece no cuadrar con la imagen de los personajes que encarnó. Si hay algo que la presencia física de Lauren Bacall no despierta es compasión, nunca fue ese tipo de actriz proclive a que le dieran papeles de muchacha desasistida, que inspira instintos de protección, al contrario, ya desde su primera película, “Tener o no Tener” la sensación que provocaba era la de ser la nena lista, la que se las sabía todas, la que había tenido ya muchas experiencias románticas.<br />
-Sí, eso es increíble, pero es así; en realidad, todo fue una invención de Howard Hawks, él vio que mi cara tenía carácter, incluso se negó a que me retocaran las cejas y me arreglaran los dientes, él me quería exactamente como yo era. Me dijo que aprovechara mi voz, que nunca subiera un tono para hacerla más aguda, que eso nunca sería atractivo. Por otro lado, aprendí a bajar la cabeza para que mis ojos se abrieran más y enseguida se hizo popularísima esa forma que yo tenía de mirar a Bogart. Ahí es cuando empezaron a llamarme “La mirada”.  Pero yo…, yo no era más que una chica de dieciocho años, una chica a la que su familia en pleno despidió en un restaurante de Broadway que todavía existe, “Lindy´s”, y que tenía que dar cuentas, como buena chica judía, de su comportamiento. Es verdad que yo me enamoraba muy rápido, incluso estuve perdidamente enamorada de Kirk Douglas cuando estaba estudiando interpretación a los dieciseis años pero no pasaba de ahí. Yo llegué virgen al matrimonio…<br />
-¿Y era habitual eso entre las chicas de Hollywood?<br />
-Bueno, yo creo que las otras andaban más ocupadas que yo  -dice riéndose.<br />
-El hecho de que usted hiciera películas tan memorables hace que se la relacione con Hollywood, claro, pero usted es tremendamente neoyorkina.<br />
-Es que Hollywood no significa nada, qué es Hollywood, una industria, pero nada más. Yo viví en California quince años, sí, pero mi sitio es este… Además, Boogie odiaba Hollywood, odiaba aquel ambiente de los estudios, el negocio, casi todos sus amigos eran escritores, eso era curioso. A él le aburrían mucho los actores, siempre mirándose el ombligo, siempre hablando de sí mismos. Había excepciones, claro, tuvimos amigos maravillosos como Spencer, Katie o David Niven, pero él prefería la compañía de escritores. Él me enseñó mucho, mucho, sobre nuestra profesión, sobre cómo uno debía ser honesto. Imagínate qué suerte tuve al tener como amigos a personas que sin él nunca hubiera conocido, porque Cole Porter, Faulkner, Hemingway, Spencer Tracy, James Cagney, ellos eran de su generación, no de la mía. ¿No crees que he sido muy afortunada por poder codearme con toda ese gente? Boogie siempre decía que el mejor actor del mundo era Spencer Tracy, y el que tenía más carácter Cagney. Me acuerdo de una noche, oyéndoles hablar a los tres. Fue la única vez que recuerdo que Katie y yo estuviéramos calladas. Me sentía tan feliz. ¿De qué hablábamos?<br />
-De su inocencia.<br />
-Sí, yo había sido una adolescente muy tonta, soñadora, en mi cabeza sólo había películas, yo quería ser Bette Davis, era mi ídolo, esos ojos, esa forma de moverse. La vi dos veces, una cuando yo tenía diecisiete años y luego cuando hice la versión musical en Broadway de “Eva al desnudo”. Como persona me decepcionó. Es terrible que la gente que admiras te decepcione, ¿no? Ella no era generosa, ni cariñosa, le pasaba lo contrario que a Katie (Hepburn) que aunque al principio se mostraba reservada fue luego la mejor amiga, la más desprendida.<br />
-Esa adolescente soñadora que usted era se movía por aquí, por el Upper West Side…<br />
-Sí, claro, pero mi familia no vivía en un edificio como este (de pronto, se ríe), ¿te parece siniestro el Dakota?<br />
-Bueno, teniendo en cuenta que ayer mismo vi en la tele “La semilla del diablo”…<br />
-Ja, ja, ja…Sí, puedes decirlo, es un poco siniestro. Bueno, vivíamos por aquí, muy cerca, en estas calles transcurrió toda mi juventud. Parte de mi infancia mi madre y yo vivimos con mi abuela y mis tíos. Yo me sentía muy feliz de pertenecer a esa gran familia, me sentía muy protegida, y todos ellos eran personas muy cultas, inteligentes, luchadores. Mi abuela era rumana, mi madre nació también en Rumanía pero mis tíos ya fueron americanos. Mi abuela hablaba ocho idiomas, era todo carácter. Eso de que yo me quisiera dedicar a la interpretación no entraba en una mentalidad como la suya; ellos esperaban de mí algo más sólido, que hubiera sido profesora, no sé, pero el mundo de la escena lo veían como algo superficial.<br />
-¿Y su madre, que ha sido tan importante en su vida, cómo era, actuaba como la típica madre de la joven aspirante a estrella?<br />
-Mi madre no era típica en nada. Era una mujer maravillosa, trabajadora, yo la adoraba y ella me adoraba a mí. Ella pensaba que yo era guapísima…<br />
-¿Y usted se veía guapa?<br />
-Yo nunca pensé en esos términos. En serio, no es algo que me preocupara, no me miraba al espejo y pensaba en mi belleza. Otra cosa era cuando actuaba, entonces sí que quería salir guapa, pero en mi familia aprendí a que una persona tiene que tener otro tipo de virtudes.<br />
-Y eso que usted fue Miss Greenwich Village con dieciocho años…<br />
-Ah, sí, jajaja, me acuerdo de lo nerviosa que estaba. Yo siempre estaba nerviosa, siempre insegura, ya te digo, lo de mujer experimentada fue una invención del cine.<br />
-¿Cómo se enfrentó a la aventura de dejar Nueva York y marcharse a Los Angeles con diecinueve años?<br />
-Tenía una familia que me respaldaba. Mi madre se vino conmigo un tiempo durante el rodaje de “Tener y no tener”. Boogie, por entonces estaba casado, con muchos problemas con su mujer, que era alcohólica, me llamaba a las tres de la madrugada y me decía, nena, te espero en tal esquina de tal calle y yo me ponía los pantalones encima del camisón para salir corriendo, ¿es que no es excitante? Entonces mi madre, mi maravillosa madre, salía de la cama y me decía: “Pero, ¿dónde te crees tú que vas con ese hombre que tiene veinticinco años más que tú?”; “Mamá, le decía yo, tengo que ir, yo le quiero”. Ella decía: “Te perderá todo el respeto”; “pero él me quiere, mamá, yo le gusto mucho”, entonces mi madre, gritándome, me contestaba, “pero, cómo no te va a querer, hija mía, tienes diecinueve años, eres bonita, a ti te quiere todo el mundo”. Ja, ja, ja. Era fantástica. Todos los días me acuerdo de ella. Puedo recordar, como si fuera ahora, el día en que se vieron por vez primera Boogie y ella en una habitación de hotel en Los Angeles. Qué tensión, Dios mío. Pero luego mi familia lo admitió y lo quiso muchísimo porque Boogie no era un vividor, no era un hombre frívolo, se había casado tres veces, sí, pero era porque había tenido mala suerte. Cuando vinimos por vez primera a Nueva York le presenté a mi familia y se quedó exhausto, me dijo que nunca había conocido a nadie que tuviera tanta familia. Él era el tipo de hombre que cuando ama a una mujer va a casarse con ella,  él era de los que se casan, era leal, serio. Me decía que tuviera cuidado con la atracción que sintiera por otros hombres. Me decía, es normal que eso ocurra en los rodajes, que surjan tentaciones pero siempre hay que sopesar el valor que tiene tu vida privada, si te merece la pena poner en peligro lo que quieres. Luego he pensado que tal vez se sentía inseguro. Eso fui descubriéndolo poco a poco. Era una persona tan extraordinaria que no podías conocerla de golpe.</p>
<p>Si algo sorprende de estas memorias es la llaneza, la sinceridad con la que están contadas. No es solamente un catálogo hilado de las películas o de premios (pocos, en el caso de esta actriz). Estas páginas, escritas con un estilo ligero y elegante, dan cuenta de ese otro lado de la vida que se oculta tras las carreras que nosotros vemos como exitosas. Sorprendentemente, una de las mujeres más deseadas del cine habla del miedo a no ser deseada, no sólo por los productores sino por los hombres, que al margen de Bogart, no siempre la quisieron como ella merecía. Lauren Bacall habla en todo momento de su fragilidad, de una necesidad imperiosa de ser querida que se convertía en obsesión cuando estaba con un hombre que no acababa de comprometerse.<br />
-Siempre me influyó, creo, la ausencia de mi padre. A los diez años dejé de verle para siempre. Ese abandono pienso que marcó mis relaciones sentimentales.<br />
Años más tarde, cuando ella era ya una actriz reconocidísima y estaba actuando en Broadway, su padre llamó al teatro exigiendo doce entradas. Ella creyó verlo en una de las primeras filas. Esa imagen fugaz fue todo. Ya no volvió a verle. Parece lógico, ella no lo oculta, que Bogart se convirtiera en su padre, su amigo, su amante y un esposo leal. Fueron una pareja querida, con personalidad, rodeados siempre de amigos, comprometida. Lauren fue más lejos aún que Bogart en su protesta por las investigaciones que abrió el Comité de Actividades Norteamericanas contra todo aquel que oliera a comunista. Sus años junto a Bogart fueron, se aprecia claramente, los mejores de su vida, aquellos en los que sintió más protegida. No hay más que ver las fotos del álbum familiar de la pareja con sus hijos para respirar esa felicidad. Luego vino la enfermedad de él, la desesperación, y el apoyo de un amigo, Frank Sinatra, que daría mucho que hablar. Siempre se ha especulado en cuándo comenzó exactamente el azaroso romance que mantuvo con el cantante, si antes o inmediatamente después de la muerte de Boogie. Pero no hay duda de su lealtad hacia el esposo. Al contrario, su recuerdo es omnipresente, cuando habla de ella el discurso se desliza hacia él. Todos las respuestas acaban en Bogart.<br />
Teniéndola delante se me borra la imagen de las películas, su presencia es la de una de esas mujeres mayores neoyorkinas que bajan a pasear al perro y se paran a hablar en las esquinas, acostumbradas a la sociabilidad de un Nueva York mucho más habitable, irremediablemente perdido, que caminaba mucho más despacio que ahora, del que queda la presencia de estas mujeres fuertes, con rostros llenos de fuerza, hijas de los mil exilios judíos de la Europa del Este.<br />
-Sí, esto es horrible, no quiero ser pesimista, pero en Nueva York tienes que andar siempre con cuidado por los coches, por las bicicletas, para no jugarte la vida. Antes era una ciudad para pasear, hoy no, y se han perdido los modales, ¿no lo ves?, ¿por qué está la gente tan enfadada? Quedan cosas, claro, mi supermercado favorito, mi querido Zabar´s, ¡me encanta Zabar´s!, o algunos restaurantes como el Café Luxembourg o mi chino favorito, el Shun Lee, pero se perdieron aquellos maravillosos Deli, en los que un día, como algo especial, te dejabas el dinero en aquellos sandwiches, aquellos helados&#8230;Eso ya no existe, no es igual.<br />
-Este es un barrio muy judío, ¿le pesó mucho su condición de judía?<br />
-Mucho, hubo un tiempo en que el antisemitismo estaba en todas partes. Me acomplejaba, me ponía tensa pensar que en algún momento debía confesarlo. Fíjate que cuando tenía dieciseis años tuvo un novio de la marina que me dejó cuando se enteró. Bueno, mi madre no era religiosa, mi abuela sí, pero el concepto sobre los judíos era muy cerrado, se pensaba que todos tenían la nariz grande, eran feos, pensaran siempre en el dinero…No se puede decir que nosotros respondiéramos a esa idea.<br />
-Y el glamour, ¿cree que es algo del pasado?<br />
-Completamente. La mediocridad hoy afecta a todo. El nivel de este país ha caído en picado, nos ha superado la vulgaridad, gran culpa de eso la tiene la televisión, que crea estrellas continuamente. Cada tipo que sale en una serie ya es una estrella. Nosotros queríamos ser actores. Para colmo, tenemos el peor presidente de la historia. Ser americano podía ser un orgullo en aquellos tiempos, pero mira ahora, con este idiota. Yo tenía a Roosevelt en un altar, Rooselvelt era mi padre, mi héroe. Hoy en día mi sitio está aquí, pero si no viviera en Nueva York viviría en París.<br />
Lauren Bacall, aquella muchacha alta, de pecho plano, rostro que denotaba inteligencia y sentido del humor, que quería ser Bette Davis y estudió con tesón en la Academia de Actores; la cría que se pasó gran parte de su carrera temblando, aprendiendo paso a paso cómo era su oficio, sufriendo la angustia de una carrera desigual, en la que no siempre hubo productores llamando a su puerta, decidió un día contar su vida: “pensé que no quería que quedara en el olvido, que la gente joven podía aprender algo de mi experiencia”. Lauren Bacall, la joven que se enamoraba rápido, casi antes de que enamoraran de ella, que se entregaba apasionadamente, conserva intacto ese brillo particular de la ironía que la hizo tan atractiva en el cine.<br />
-Sí, eso era importante en mi familia, el humor. Eso es lo que me ha salvado en la vida.<br />
-¿Y ahora?<br />
-¿Ahora? Tengo una buena vida. Tengo tres hijos, nietos. Mis hijos son gente seria, con buenas parejas, que cumplen con su vida, y tengo a Sophie (Sophie levanta la oreja al ser citada) que es una gran compañera. Bajo al parque a pasearla aunque ahora me he torcido un tobillo y no puedo moverme. La gente me saluda, sí, esas señoras que te agarran del brazo cuando hablan contigo, que es algo (se ríe) que no puedo soportar.</p>
<p>Han pasado dos horas, ¿dos horas? Su secretaria ha entrado por tercera vez a decirnos que es tardísimo. Entonces, me muevo hacia delante para apagar la grabadora que está en la mesita y aún no me explico cómo pero mis botas resbalan en el suelo de tarima de tal manera que me escurro hasta quedarme completamente sentada en el suelo. Lauren Bacall me mira asombrada, “¿y eso, cómo has hecho eso?”. No sé, me resbalé, le digo. Y suelta una carcajada. “Perdona que me ría, dice, pero es que ha sido muy gracioso”.<br />
A pesar de mi aturdimiento escucho su risa, la risa grande, fresca, de una de esas mujeres a las que la edad nunca acaba de vencer del todo.</p>
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		<title>Sin tetas no hay matrimonio</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 11:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo, como si fuera ahora, la primera vez que vi una teta. Llegó una mujer joven con su criatura recién nacida a casa de mi abuelo. El bebé no paraba de llorar con su llanto de gato y, la madre, sin poder hacer otra cosa para calmarlo, se desabrochó la blusa y se sacó un globo blanco hinchado por la leche. Yo debía tener ocho años y me quedé paralizada por la impresión, haciendo que admiraba al bebé cuando lo que me tenía boquiabierta era ese pezón enorme que ya estaba en la boca de la niña. <span id="more-95"></span>Al rato, la criaturita se quedó dormida y soltó la teta. El milagro, o al menos a mí entonces me pareció un milagro, fue que del pezón brotó una gota de leche que fue a caer en el párpado del bebé, ¡pim!, haciéndole salir del sueño y volver a mamar. Nos reímos mucho, alguna mujer dijo que la naturaleza era muy sabia y aunque ninguno de las presentes lo sabíamos, todas segregamos oxitocina (esa madre, ese bebé, esas tías, las niñas), que es la hormona de la ternura, por así decirlo. Hormonas aparte, a mí la escena me inspiró muchos juegos; ya no sólo me alzaba sobre los zapatos de tacón de mi madre sino que robaba uno de aquellos fabulosos cruzados mágicos de Plaitex de mi tía, me lo anudaba a la espalda, lo rellenaba con calcetines y me paseaba delante del espejo de luna viéndome como una mujer, sin advertir la verdadera imagen que me devolvía el espejo, la de una extraña enana de tetas enormes, tan grandes, que cuando me tumbaba en la cama para disfrutar de la altura de esas dos montañas turgentes no alcanzaba a verme los pies. Treinta y dos años después de aquel pezón revelador soy de la opinión de que a todas las personas sensibles les gustan las tetas. A los lactantes, por descontado; también a esos otros niños que todos hemos visto alguna vez a los que no acaban de retirarles la teta y van corriendo hacia su madre, la sacan y se sirven, con la destreza del camarero que tira una caña de cerveza. Son esos niños de los que la madre dice, “me muerde como un hombre”. A las adolescentes les asusta y les gusta ver cómo crece el pecho, curiosean hasta con el dolor del crecimiento. A los adolescentes las tetas les vuelven locos, incluso para aquellos a los que no les gustan las chicas hay algo en las tetas de recuerdo de la felicidad. A los nietos les gustan las tetas de sus abuelas; una niña me dijo: “cuando me abuela está en la cama tiene las tetas acostadas”. El mundo de la moda ha tratado de borrar la maravillosa gravidez de las tetas en el cuerpo femenino, pero en las investigaciones que se realizan sobre el deseo erótico parece claro que las curvas atraen, las del pecho y la curva de la cintura, porque son una promesa de fecundidad, y en esto tenemos que ser humildes y admitir que parte de nuestro cerebro funciona como el de un gorila, como el de Gorka, la mamá gorila del Zoo madrileño que amamanta estos días a su recién llegada criatura, sobre la que caerán gotas de leche en los párpados, como aquella gota de leche que me descubrió un mundo. Las tetas son pasionales pero también protectoras, son una tremenda fábrica de oxitocina. Hay hombres que sólo las quieren turgentes, hay otros hombres que aman las tetas de la mujer que aman; recuerdo a un personaje de Saul Bellow, que decía que no hay mayor felicidad que la de dormirse por las noches con la mano en el pecho de la mujer que se quiere. Con las tetas postizas pasa como el pelo injertado: igual que las amantes de la autenticidad prefieren la calvicie a una melena de muñeca de Famosa, hay quien elige la armonía de un pecho caído a la turgencia artificial. Hay que reconocer, de todas formas, que las prótesis deben ser utilísimas en ciertas ocasiones, como en el caso de naufragio en alta mar o así. Esas tetas enormes de mentira suelen provocar el deseo de los más horteras. Precisamente, esa fue la idea de la que surgió en Colombia la serie “Sin tetas no hay paraíso”, de un mundo de narcotraficantes que necesitan exhibir a chicas tetonas y de unas chicas que necesitan unas tetas enormes para alcanzar un lugar en el mundo. La historia responde a una realidad muy concreta, por eso tal vez en su versión española produzca cierta extrañeza. A mí el título siempre me pareció triste y tierno, incluso de novela social, porque responde al deseo real de unas muchachas pobres. En el caso de una serie sobre fanáticos islámicos el título debería invertirse de esta manera: “Sin paraíso no hay tetas”, por esa promesa de un más allá plagado de vírgenes. Y en el caso de la religión verdadera, o sea, la católica, la conferencia episcopal lo ha dejado claro de cara a las próximas elecciones: hermanos, hermanas, “Sin tetas no hay matrimonio”. Traduciendo, hay que votar al partido que crea que el matrimonio sólo es cosa entre un hombre y una mujer, al partido que no crea en la negociación con ETA (¡vaya, qué hacemos con algunos curas vascos?), que no crea en asignaturas aleccionadoras (sólo la de religión católica, claro), que defienda la vida frente a “la trituradora de fetos que todos hemos visto” (Ana Botella dixit) y que apueste por la muerte a palo seco. Pero como estos padres de la fe pecan de prudentes y dicen que no quieren meterse en política no han dejado dicho qué partido es ese, y yo me digo, a ver si con tanto misterio voy y voto al que no es.</p>
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		<title>Maricón de montaña</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Sep 2008 11:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Desde que el cómico Paco León dijera aquello de: “en Estrenos de Cartelera les presentamos Brokeback Mountain, que vendría a traducirse como Maricón de Montaña”, me di cuenta de que las grandes traducciones no dependen de la literalidad sino de la capacidad del traductor para hacerse atractivo en otro idioma. Esa traducción de Paco está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que el cómico Paco León dijera aquello de: “en Estrenos de Cartelera les presentamos Brokeback Mountain, que vendría a traducirse como Maricón de Montaña”, me di cuenta de que las grandes traducciones no dependen de la literalidad sino de la capacidad del traductor para hacerse atractivo en otro idioma. Esa traducción de Paco está para mí a la altura de la traducción que hiciera Pedro Salinas de Proust, esa traducción de Paco ha de marcar un antés y un después. <span id="more-94"></span>A mí se me grabó en el corazón (que es donde llevan los anglosajones la memoria) y a día de hoy cuando veo un cartel de la película o el libro y leo, “Brokeback Mountain” se me borra el original y se me viene a la mente el título en español, “Maricón de Montaña”. Antes de hacer este artículo he consultado con unos veinte traductores en activo, algunos de Naciones Unidas, otros de la Comisión Europea (me gusta documentarme antes de escribir estos artículos) y los he encontrado francamente divididos: unos pensaban que si bien no cabía duda de que era una traducción inolvidable, tal vez pecaba de atender más al contenido de la historia que al título real, dado que “Brokeback” es el nombre de unas montañas; otros, en cambio, concretamente el diez por ciento (un diez por ciento marcadamente gay) estaban encantados, al pan pan y al vino vino. A quién coño le importan las montañas, la gracia está en sus habitantes, en este caso los ya míticos Jake Gylenhall y Heath Ledger, que tienen en su haber una hazaña significativa: son los primeros actores que habiendo interpretado a dos homosexuales han acabado, vestidos de cowboy, clavados con chinchetas en las habitaciones de las niñas, animando sueños eróticos. Mi teoría es que las niñas y no tan niñas los veíamos amarse como dos tíarrones y eso pone. Todo esto viene a cuento porque he leído varias estudios que se están haciendo en lo que viene a ser la zona de las montañas de Oregón, que son, por lo que leo, la Chueca del mundo rupestre. Hasta allí han ido los científicos para estudiar el universo de la oveja. ¿Qué han encontrado? Que en la oveja se repite casi el mundo porcentaje gay que en el mundo de los humanos. Un ocho por ciento del rebaño. Eso ya lo sabían los ovejeros antes que los científicos. Los ovejeros habían notado que un tanto por ciento de machos en vez de montar a las hembras prefieren rozarse con otros machos o directamente penetrarlos; lo de las hembras es más complicado, un porcentaje de ovejillas rehúyen a los machos pero deciden quedarse quietas, melancólicas, tal vez soñando con esa relación lésbica a la que no saben darle forma. Tal cual. El caso es que los científicos de las montañas de Oregón que sabían que en el cerebro gay el hipotálamo tiene una dimensión distinta que en el cerebro heterosexual, decidieron averiguar en qué momento de la vida de las ovejillas se produce esa diferencia. Y qué descubrieron, aquí viene lo gordo: que es en los tres primeros meses de gestación cuando el feto animal genera diferencias sexuales. A todo esto los ovejeros de Oregón que no tienen corazón y sólo buscan el rendimiento máximo de sus rebaños piensan que con las ovejas gays pierden dinero, porque no se reproducen y, dado que la concupiscencia es la madre de la ciencia, los científicos empezaron a toquetear en el cerebro de los fetos para cambiarles durante la gestación el hipotálamo de las narices. A todo esto, Martina Navratilova, mi heroína, ganadora 9 veces en Wimbledon y a la que yo dediqué la única letra de rock que he escrito en mi vida y cuyo estribillo decía así: “Quiero ser bollera/ quiero ser tenista/ hacer lo que yo quiera/ en la cama/ y en la pista”, ha declarado, a cuento de las rumiantes de Oregón, que las ovejas también tienen derecho a disfrutar de su sexualidad. Sí, ríanse, pero Martina tiene sus motivos: estos descubrimientos de la homosexualidad ovejil son de los que alertan a todo el mundo. Por un lado, están los ultraconservadores americanos, que siguen columpiándose en la certeza de que el mariconismo es un vicio que se puede curar con cierta medicación y ayuda psicológica, y por supuesto no están dispuestos a aceptar que es una condición con la que se nace, porque si se admite que el homosexual lo es de nacimiento habrían de admitirle los mismos derechos que a otros colectivos, y eso sí que no, prefieren vivir en su mundo de creencias sin fundamento. Esto no es ninguna tontería, las estadísticas dicen que la gente que cree que con la homosexualidad se nace es más proclive a ser comprensiva con los derechos de los gays que los que creen que es una elección a posteriori. Reconozcámoslo: hoy estoy estupenda, repartiendo datos, estadísticas, documentación exhaustiva. Definitivamente, me salgo. Por otro lado, están aquellos colectivos gays, en los cuales habríamos de incluir el disgusto de mi diosa inspiradora, la Navratilova, que temen que de igual manera que ya se empiezan a encargar en algunos hospitales americanos embriones a la carta, los padres tenga la posibilidad en un futuro de solicitar que se le practique al feto la misma intervención que a la ovejas de Oregón  a fin de que la criatura salga hetero y así poco a poco hacer desaparecer a los gays de la faz de la tierra. Por su parte, los científicos de las ovejas de Oregón dicen que las cuestiones morales no deben paralizar la investigación. Lo confieso, hasta hace poco, víctima de prejuicios sin fundamento, pensaba que el cachondeo estaba circunscrito a las zonas urbanas, a las Chuecas de turno. Pero una cambia, viendo lo que es la montaña en estos momentos. Dan ganas de decir eso de si la montaña no viene a una, ¿no tendrá una que ir a la montaña?</p>
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		<title>Madrid, 1975</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Sep 2008 11:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Elvira Lindo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[La cara de Umbral en la primera página de este periódico es ya, sin titulares que la justifiquen, el mismo anuncio de su muerte. Umbral en primera página del periódico desde el que nos descubrió a tantos adolescentes indocumentados que las columnas podían ser otra cosa. Abro las páginas de este y de otros diarios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La cara de Umbral en la primera página de este periódico es ya, sin titulares que la justifiquen, el mismo anuncio de su muerte. Umbral en primera página del periódico desde el que nos descubrió a tantos adolescentes indocumentados que las columnas podían ser otra cosa. Abro las páginas de este y de otros diarios para encontrar en las necrológicas un rastro de mi propia juventud y encuentro una especie de vacío más moral que físico, como la premonición de que el tiempo no tendrá que esforzarse mucho por borrar su rastro. <span id="more-93"></span>Pienso, con la egolatría cruel del lector, en lo que se va de mí en esta muerte, y veo pasar en procesión llevando al muerto, mis quince, mis dieciseis años, aquel tiempo en el que la joven de barrio iba al centro haciendo el mismo viaje que el muchacho de pueblo cuando venía a la ciudad. Ahora ya no hay pardillos ni paletos, el concepto mismo está oculto tras el manto de la corrección política y los jóvenes airados tienen la universidad al lado de la casa de su madre. Se ganó en comodidad pero se perdió en literatura. De eso precisamente estaba construída la literatura de Umbral -el hombre que cambiaba vergonzantemente los datos primeros de su biografía-, de la peripecia del chico de provincias que conquista la gran ciudad valiéndose de rabia, trabajo y una especie de resentimiento social que se le quedó enquistado toda su vida. Leo los recuerdos que sobre él se escriben y encuentro una especie de frialdad indisimulada, como si la muerte guardara siempre cierta simetría con la vida y el muerto recibiera los gestos de afecto en el mismo tono que el los prodigó, distantes, cicateros. Lo paradójico es que al charlar con varios amigos de este oficio veo que no compartimos en absoluto el punto de vista; para algunos intelectuales, la prensa ha exagerado los elogios hacia este escritor que practicaba lo que Marsé denominó algo así como la prosa gaseosa. En una última entrevista televisiva, Umbral, sombra ya de sí mismo pero fiel al personaje umbraliano, ese tipo que nunca concedía una sonrisa, decía: “La posteridad no me importa en absoluto”. En ese momento, él, que siempre estuvo preocupado por no ser confundido con ningún otro pájaro de su oficio, se unió más que nunca a la corriente de lugares comunes que inundan las declaraciones de los literatos y dijo lo que nadie puede creer, que lo que viene después no importa. No sé si le lloraran muchos seres queridos, pero él, el escritor permanente, hubiera deseado ardientemente ser llorado por sus lectores. Tal vez sea ese el punto de debilidad o ternura con el que los allegados quieren adornar la  personalidad del que fue desabrido y a veces cruel. Lamentablemente, la imagen del escritor, del cómico, del artista no está esculpida por los amigos sino por lo que el público tiene a la vista, y el público vio, en ese Umbral de los últimos años, a un hombre condenado a la soledad del que no ha sabido o no ha querido tener discípulos. La generosidad es una inversión a largo plazo y no hay nada más terrible que no haber sabido tenerla. Como el padre que racanea a los hijos, a Umbral le costó aceptar el cambio de su propio país, le costó compartir espacio con aquel batallón de escritores que le nació a la democracia y que él llamaba, jocosamente, los ciento cincuenta novelistas de Carmen Romero. El chiste se quedó viejo y sin sentido. Como se quedaron sin fuste aquellas teorías peregrinas sobre la novela escrita por ordenador y la vulgaridad de la novela con argumento. Nada de eso vale ya. Sin embargo, aunque sólo por traicionar una costumbre bien española, no pertenezco a aquellos que pagan cicatería con cicatería. Lo que es, es. Para un país tan estrecho y tan cateto como era el nuestro Umbral fue luminoso. En sus columnas le estabas viendo cruzar esa ciudad que su mirada embellecía, hablaba de Baudelaire y de Nadiuska, de Proust y de Tierno, de Warhol y de Pitita; llevaba la literatura a la tinta del periódico sin olvidarse de la maravillosa vulgaridad diaria, del sonido cimarrón de la calle. Ahí está nuestra deuda, la tiene hasta ese escritor o columnista que no le quiere deber nada a nadie. Crecimos bajo su influjo y nos provocó vocaciones con una simple frase, “iba yo a comprar el pan”. Lo demás, ya se sabe, la arbitrariedad, la grosería, la venganza fácil en la columna del día después, la deslealtad, el chismorreo de intimidades y los libros lanzados a la piscina. Todo innecesario por mucho que hubiera quien le riera la gracia. Cada columnista tiene su propio club de damnificados pero eso no quiere decir que la crueldad sea la esencia del columnismo ni que sea lícito engolfarse con aquellos que te animan a dar caña. Ahora que su presencia ya no es intimidatoria porque ni tan siquiera está y que algunos de sus amigos, algunos compartidos con Cela, pueden entender que a la larga se consigue más con la admiración que con el miedo, es cuando tal vez haya que leer de nuevo (no digamos releer, por Dios) aquellas memorias del niño de derechas y el retrato del joven malvado. No por el bien de la literatura, cuidado: el lector, que padece un egocentrismo sólo comparable con el del escritor, lee para recuperar o para no perder. Como el ave carroñera me llevaré a un rincón una de esas antiguas novelas en las que una mano certificó, con caligrafía juvenil, el momento en que el libro entró en mi vida, Madrid 1975, Madrid 1979 y así. Cada vez que las palabras del escritor me ofrezcan intacto el bocado del recuerdo estaré haciéndole un homenaje a aquel escritor que leí apasionadamente. A pesar de él mismo, que trabajó sin descanso por aquello que más temía, la fugacidad.</p>
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