El país ha cambiado. No por la crisis, cambió hace bastantes años, hasta el punto de que resultaba una inaudita anacronía leer, en aquel libro de Pilar Urbano, que doña Sofía sostenía que un Rey muere en la cama, que jamás se jubila. Era sin duda una afirmación de más calado que aquella en la que mostraba su disgusto hacia las carrozas gays, pero ya se sabe que en este extraño presente que nos ha tocado en suerte lo que concierne al común de los mortales es secundario. Un Rey muere en la cama. A mí se me vino a la cabeza Aurora Bautista cuando poseída por su papel de Juana la Loca decía aquello de “El Rey no ha muerto, el Rey está dormido”.
Visto lo visto estoy optando por tener de periódico de cabecera a El Mundo Today. Al menos, enfocan de otra manera la información religiosa: “Se le aparece Jesús y le saca unos berberechos”; la actualidad política, “Rajoy explica los recortes en Forocoches”, o la culinaria, “la Thermomix tendrá una función de deconstruir”. Y en esa visión disparatada encuentro más realidad que en la realidad deforme que a menudo emana la prensa seria, algo de lo que sabe mucho mi exjefe (siempre jefe) José Mari Izquierdo, que tiene la santa paciencia de ofrecer a diario un nutrido crisol de barbaridades, aunque la lealtad legítima hacia los suyos le lleve a omitir los disparates que decimos nosotros a veces, que también tenemos lo nuestro, a qué negarlo.
A mí a veces me parece que tratamos infructuosamente de imitar a El Mundo Today. Por ejemplo, el titular de la entrevista semanal a Boyero: “Antony me parece un cantante extraordinario aunque sea el ídolo de Isabel Coixet”, me hizo soltar una carcajada; la misma que me provocó leer en El Mundo (el de Pedro J.) que uno de los elementos imprescindibles esta primavera para ser tan it girl como las sobrinas de Ana Belén eran unas chanclas. El notición venía con foto de chanclas incluida, por si una despistada las confundía con las insoportable manoletinas. Por su parte, en un reportaje de fondo sobre el rechazo de los españoles a la cultura, Félix de Azúa terminaba hablando de Willy Toledo, con foto del actor incluida, imagino que para que el despistado lector supiera a un primer vistazo que allí se estaba hablando de cultura.
Hace años vi un documental sobre jóvenes gais judíos ortodoxos (todos los adjetivos son necesarios) que luchaban porque se les permitiera ser rabinos. Dedicaban su juventud a ese empeño y sufrían horrores con la negativa de una Iglesia en absoluto tolerante con su condición sexual. Durante la hora que duraba la película yo me preguntaba, ¿por qué no dedican sus energías a otra cosa? ¿por qué no llaman a las puertas de otra religión que los admita? Para los creyentes españoles la posibilidad que propongo de cambiar a otra religión si la tuya no te admite tal cual eres pueda sonar frívolo; no lo es en cambio para muchos ciudadanos americanos que eligen su fe en función de las condiciones que cada Iglesia ofrece y demanda.
A los políticos les encanta adornarse con frases de grandes hombres. Es una manera de blindar sus actos. Usan a los grandes hombres muertos o a las grandes mujeres muertas, sobre todo, cuando se trata de defender lo indefendible. Los escritores también lo hacen a menudo. Usan a los grandes escritores muertos para defender su idea de la literatura. Cada escritor vivo tiene a su escritor muerto para que le defienda, pero en el caso de los literatos es disculpable porque ese recurso solo persigue engordar vanidades, ni tan siquiera sirve para vender más libros, y menos en estos tiempos. Pero en el caso de los políticos, el vicio de usar palabras de muertos para respaldar decisiones que afectarán a todo un país es un aprovechamiento tramposo. En estos tiempos difíciles, de esas bocas que nos representan salen como disparos las palabras de Churchill, de Roosevelt, de Orwell, ¡de Camus! Incluso de Luther King: ¿no es prodigioso que nuestro ministro de justicia utilice sin sonrojo las palabras del hombre que vivió y murió por defender los derechos civiles para negarle a las mujeres el derecho a decidir por su cuenta? Al menos, en Estados Unidos, los aspirantes a representar al partido republicano no se meterían en ese jardín. No me los imagino citando al doctor King. ¡Cómo repetir las palabras de un hombre que creía en una sociedad ciega, que no distinguiera razas o condiciones sociales! Estos republicanos de ahora son más consecuentes y citan a Dios en su lucha contra el aborto y la planificación familiar. Creen honestamente que el Altísimo está de su parte, lo cual no es verificable, pero en eso consiste la religión: en creer sin pruebas.
Si el hombre es ese animal que tropieza dos veces con la misma piedra, empieza una a pensar que el español es el animal que ha convertido el acto de tropezar en una misma piedra en seña de identidad. Pero puede que eso de juzgar al español por lo que hacen unos pocos españoles sea injusto, así que procedamos a la concreción: el Gobierno balear, por conocidas razones, debería ser especialmente prudente y reflexivo con las obras que permite en su tierra. Se supone que esta crisis iba a tener, al menos, una consecuencia deseable, la de entender que había que cambiar el modelo productivo, dado que la riqueza de la construcción inmobiliaria ha sido pan para hoy y hambre para mañana. Pero no. El Gobierno balear ha decidido que la única manera de generar empleo en la isla es destrozar la costa sur, donde se encuentra la playa de Es Trenc, una playa tan virgen que parece de otro país, no de este nuestro en el que llevamos años trabajando a fondo para cargarnos nuestros paraísos naturales. Más hoteles, más polideportivos, más campos de golf. EL ARTICULO SIGUE AQUI >>
Entre las voces exquisitas de los periodistas de la radio de la BBC se abre paso una voz masculina española, cálida, gruesa, del sur, tan familiar para mí que diría que se ha colado la voz de un tío mío. El hombre es de Jerez. Conductor de autobús. Lleva sin cobrar cuatro meses. Dentro de poco no tendrá con qué alimentar a sus hijos. No es el único oficio tocado por la desgracia en esta ciudad andaluza. También los trabajadores de los servicios sociales esperan cada día el ingreso de una nómina que pareció esfumarse hace tiempo. La pregunta es: ¿nos contentamos con echarle la culpa a la desregulación financiera, a los países ricos europeos, a Merkel, a Margaret Thatcher, pionera de estos tiempos infames? No es que quiera eximirles de responsabilidad, probado está que la tienen, pero ¿es esa una explicación completamente satisfactoria? El Ayuntamiento de Jerez tiene una deuda que corta el aliento, ¿pueden escudarse los políticos de ayuntamientos y comunidades en las hipotecas basura, la codicia bancaria o la presión europea? ¿No ha llegado la hora de reconocer un fallo del sistema? Los alcaldes han tenido una escandalosa libertad de movimientos, los presidentes de las comunidades han concebido su autonomía como un pasaporte al despropósito, y los periodistas, reconozcámoslo, hemos sido obedientes: unos porque estaban pagados por los políticos; otros, porque sabían que quien denunciaba el dispendio era señalado como personaje incómodo. Es ahora, por ejemplo, solo ahora, cuando a esos arquitectos estrella que han dejado su costosa impronta en todas las ciudades españolas se les pone alguna pega.
Dado que para un partido el fin de unas elecciones es ganarlas, el resultado de las andaluzas presenta un panorama interesante. Se podría decir que, en virtud de los resultados, los partidos mayoritarios podrían acompañarse en el sentimiento mutuamente: el que se apuntaba como ganador no ha conseguido la mayoría necesaria, y el que se daba por perdedor, efectivamente, ha perdido. Pero, dado que de lo que se trata es de alcanzar el poder y que para ello se inventó la política de pactos, es más que probable que el partido que más gane con estas elecciones sea ese tercer contrincante que tiene en su mano otorgarle la victoria a quien ha perdido.
Todavía sobrecogida por la noticia paso el día, lo pasamos, rumiando la pena de saber que cuando volvamos a España ya no podré llamarle, ni escucharé su voz teñida de reproche diciendo, “hija, me tenéis olvidado”, con el mismo tono con el que los tíos solteros hablan a unos sobrinos siempre olvidadizos. Pero no era cierto. Paquito Valladares sabía que era la primera persona a la que llamaba después de a mi santo padre.
Todavía sobrecogida por la sensación de que esta misma tarde será incinerado siento que una vez más me encuentro en otro sitio de donde desearía estar y me pongo a escribir esta despedida. Paco, Paquito, estará acompañado de cómicos, de viejos y de aspirantes, de todos esos amigos incontables que había sabido atesorar. A mi mente vuelven, a modo de homenaje íntimo, todas aquellas travesuras que hicimos en TVE, cuando trufábamos el programa de la Campos con pasillos cómicos; veinte años hace, cuando la tele era más inocente y en un programa de tarde estaba permitido perder el tiempo haciendo sketches o interpretando escenas de Tono, Mihura, Poncela y Alonso Millán, que Paco seleccionaba con mucho mimo. Lo suyo era el humor del absurdo, y en ese terreno congeniamos al instante. Recuerdo una frase de “Francisca Alegre y Olé” de Tono. El protagonista está a punto de suicidarse de un tiro en la cabeza y en esto entra Francisca y le dice: “Anda, tonto, trae la pistola y se la damos al primer pobre que pase”. Esos diálogos estaban hechos para él, porque todo lo que tenía de grandón lo tenía de ganso. Inglaterra hubiera sido un buen país para este actor elegante, de voz imponente y espíritu irónico. Pero como tantos grandes hubo de conformarse con esa España pobre en la que se crió.
Somos muchos los que vivimos con inquietud eso que han dado en llamar el fin del periodismo. Incluso los convencidos de que el oficio de contar la verdad es hoy más urgente que nunca. Ese mantra de moda, “el periodismo se acaba”, es repetido cansinamente hasta por aquellos que no son lectores empecinados de prensa. Cuando hablo de empecinados, me refiero a los que amamos los periódicos tanto como para leer varios al día. Los que con más fervor presagian el fin de este oficio son los inagotables amantes de la comunicación, esos que probablemente no distinguen entre comunicación y periodismo, como muy bien hacía el otro día en un discurso para subrayar la maestra Soledad Gallego Díaz; aquellos que creen que por estar conectados 24 horas, recibiendo links, clickeando likesen facebook, trasteando en panfletos o al tanto de twitter, están a la vanguardia de la información. Y no.
Por Navidad hacíamos imitaciones en el colegio. O cuando llegaba la víspera de Semana Santa y los profesores ya no sabían cómo controlar las primeras desazones hormonales. Entonces, nos dejaban imitar. En realidad, imitábamos a los imitadores de la tele, que vistos con el tiempo eran penosos aunque nadie lo sabía. Con los años, yo, que era una de las niñas imitadoras de los imitadores, he llegado a odiar ese género. Pero vaya, respeto el entusiasmo que despierta. Lo que me espanta es que la imitación está invadiendo el cine. En los últimos años es como una plaga: Meryl Streep haciendo de Thatcher, Di Caprio de Hoover, Michelle Williams de Marilyn Monroe, Kenneth Branagh de Lawrence Olivier, Katie Holmes de Jackeline Kennedy, Lluis Homar de Rey, Helen Mirren de Reina, Adriana Ozores de duquesa de Alba, Joaquin Phoenix de Johny Cash, Adrien Brody de Dalí, Juan Diego de Tejero, y un largo etcétera que ustedes pueden completar para su solaz dominguero. A mí el género, digo, me cansa. Tiene trampa: en realidad, lo que acaba por juzgar el público no es exactamente la interpretación sino el parecido físico, las horas de maquillaje, la voz o el virtuosismo de los gestos. Lo virtuoso agota pero goza de un enorme prestigio. Ya se vio en los Oscars: Meryl Streep fue premiada por imitar al milímetro a la señora Thatcher. Sólo por esa razón, dado que la película trata, sobre todo, de lo bien que imita Streep a la dama de hierro. Personalmente, prefiero mil veces a la gran cómica Tina Fey haciendo de Sarah Palin en “Saturday Night Life”. ¿Por qué? Porque no es exactamente imitación sino recreación, porque el guión es incisivo, tronchante, porque realmente importa poco que la voz de una actriz sea igual a la de su imitada, de lo que se trata es de crear un gran personaje.