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Alex Ramon Jimenez

Vida de un Héroe

Miércoles 30 de julio de 2008  

En la perezosa mañana del sábado leo el periódico. Antes de comenzar, desplumo el tocho de suplementos y publicidad y voy echando a una bolsa todo aquello que antes de su uso ya está destinado al reciclaje. Maldigo el gasto absurdo de papel, de plástico; maldigo a este país que compatibiliza su obsesión por el reciclado (mi edificio ha sido multado por no reciclar apropiadamente) con el gasto innecesario de bolsas y de papel. Como si fuera una condena que tengo que cumplir, asumo que se me irán dos horas leyendo una serie de reportajes que me llevo al sofá, como el perro se lleva el hueso al rincón. Entre esas lecturas encuentro de pronto un nombre que me resulta familiar, el de María Durán.

María es dominicana y vive, rodeada de sus hermanas, en Corona, un área hispana de Queens. María es noticia porque los restos de su hijo, el soldado Alex Ramón Jiménez Durán, que llevaba meses desaparecido en Irak, han sido encontrados. No es la primera vez que María aparece en el periódico: hace unos meses, The New York Times la entrevistaba en un artículo en el que informaba de que casi la mitad de los neoyorquinos muertos en esa guerra son hispanos.

El nombre de María estaba en mi cabeza porque me la contó alguien que la conoce mucho. Pero ésa es otra historia que comienza hace tres años, en el andén del metro, cuando escuché a alguien pronunciar mi nombre. Era un chico de 23 años, sonrisa franca y una mirada azul muy intensa, anhelante. Venía de un pueblo de Lleida, le habían concedido una beca para estudiar un máster en una universidad prestigiosa; era su primer día en Nueva York y me había reconocido. Estaba fascinado por la casualidad y a punto de interpretarlo como una señal. Fuimos charlando los veinte minutos del recorrido. Era tan receptivo a las cuatro cosas que yo le iba contando, que vi claro que esta experiencia le cambiaría, que tendría la suficiente flexibilidad para dejar que este tiempo le cambiara, algo menos común de lo que parece, porque hay gente tan fiel a sí misma que mejor sería que no saliera de su pueblo. Pero este muchacho, que se despidió con dos besos, llevaba escrito en la cara que iba a dejar que le ocurrieran cosas. Le vi alejarse con la mochila al hombro, como internándose ya en el futuro, y como su naturaleza bondadosa era tan transparente sentí una especie de temor a que alguien le hiciera daño, como cuando dejaba a mi hijo a las puertas de la escuela.

Esa noche recibí un correo suyo: le habían robado la cartera. Así comenzó una amistad, y hasta hoy. Lo más emocionante es cómo ha adquirido maneras de chico cosmopolita sin dejar de tener presente a sus padres, gente del campo que dejó de trabajar dos días para ver cómo el chico se graduaba ¡en un Nueva York! El primero de la familia que va a la universidad y lo remata con un máster en la New School. Eso genera envidias, maledicencias. Esta historia es vieja, uno de los grandes temas de la literatura. La escritora canadiense Alice Munro, que ha contado como nadie la necesidad de salir del mundo al que parecía destinada, dice: “Ser ambiciosa [en mi pueblo] era cortejar el fracaso y arriesgarse a hacer el ridículo”. Pero la mejor manera de combatir la envidia es perseguir tu deseo: todo este tiempo, el muchacho estudió y trabajó en una cadena de televisión hispana, Telemundo.

Allí aprendió a hacer titulares impactantes para emocionar a la melodramática audiencia hispana. En vez de “una niña ha resultado gravemente herida en la montaña rusa de Coney Island”, escribiría: “Noticia de impacto: mutilada resultó una niña…”. Fue en sus días de Telemundo cuando supo de la cantidad de madres hispanas que estaban perdiendo a sus hijos en la guerra de Bush, y se lanzó a Queens a conocerlas, se ganó su confianza y comenzó un documental sobre estas familias humildes que emigraron para darles a sus hijos un futuro mejor y han acabado perdiéndolos en esa guerra insensata.

Cuando el sábado leí que el cadáver del hijo de María había sido encontrado, sabía que Xavi Menós estaría entre ellas, en esa casita de Corona que tiene todas las butacas plastificadas para que no se estropeen. Él, entre ellas, respetuoso, escuchándolas rezar el rosario de la Coronilla, empachado de comer guisos con puerco, esa contundente comida dominicana con la que pretenden hacer engordar a ese muchacho angelical que ha entrado a formar parte de sus vidas. Xavi les hizo un póster con las fotos del soldado: La vida de un héroe, lo tituló, porque sabe que la manera para esas mujeres de enfrentar la pérdida es convertir al hijo perdido en alguien mítico. Héroe, le llaman; reviven su infancia, reconstruyen el momento en que le vieron por última vez, cuando volvió unos días de Irak y ya no parecía el mismo, era alguien mucho más sombrío. Xavi me cuenta que el momento más desgarrador fue cuando, sentados frente al televisor, vieron al locutor de Telemundo anunciar lo que ya sabían, la muerte de Alex. Fue como si la tele diera carácter de realidad a un hecho que no querían creer. La madre empezó a gritar.

Yo lo he presenciado todo a través de los ojos del muchacho del metro, al que a su vez he visto hacerse un hombre sin haber perdido la inocencia, y perdiendo ese miedo pueblerino, paralizante, a hacer el ridículo.

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