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Nuestro Fernando

Domingo 24 de noviembre de 2013  

Da pena. En Madrid, las estatuas dedicadas a nuestros artistas parecen sacadas de una caja de Legos. La de Valle-Inclán en Recoletos, la de Lorca en la plaza de Santa Ana, la de Velázquez en su calle. Son estatuas más propias de un jardín de infancia que de los grandes espacios públicos. Se diría que sus dimensiones reflejan la idea inconsciente que nuestras autoridades han tenido siempre de la cultura: con supuesta generosidad promueven una estatua a un gran escritor, pero jibarizándolo hasta hacerlo más pequeño que el ser humano que se va a parar a contemplarlo. Las estatuas de artistas en Madrid no dan sombra, dan lastimilla. También las calles que se dedican a los grandes de la literatura son las más pequeñas. La de Pérez Galdós hay que verla. El escritor que más páginas dedicó a Madrid tiene una calle del tamaño de una culebrilla. Tal vez a él no le importaría porque está en pleno centro y en una zona en la que seguro vivía una de aquellas mujeres del pueblo que, con frecuencia, le trastornaron la vida.

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