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Brokeback Mountain

Maricón de montaña

Sábado 27 de septiembre de 2008  

Desde que el cómico Paco León dijera aquello de: “en Estrenos de Cartelera les presentamos Brokeback Mountain, que vendría a traducirse como Maricón de Montaña”, me di cuenta de que las grandes traducciones no dependen de la literalidad sino de la capacidad del traductor para hacerse atractivo en otro idioma. Esa traducción de Paco está para mí a la altura de la traducción que hiciera Pedro Salinas de Proust, esa traducción de Paco ha de marcar un antés y un después. A mí se me grabó en el corazón (que es donde llevan los anglosajones la memoria) y a día de hoy cuando veo un cartel de la película o el libro y leo, “Brokeback Mountain” se me borra el original y se me viene a la mente el título en español, “Maricón de Montaña”. Antes de hacer este artículo he consultado con unos veinte traductores en activo, algunos de Naciones Unidas, otros de la Comisión Europea (me gusta documentarme antes de escribir estos artículos) y los he encontrado francamente divididos: unos pensaban que si bien no cabía duda de que era una traducción inolvidable, tal vez pecaba de atender más al contenido de la historia que al título real, dado que “Brokeback” es el nombre de unas montañas; otros, en cambio, concretamente el diez por ciento (un diez por ciento marcadamente gay) estaban encantados, al pan pan y al vino vino. A quién coño le importan las montañas, la gracia está en sus habitantes, en este caso los ya míticos Jake Gylenhall y Heath Ledger, que tienen en su haber una hazaña significativa: son los primeros actores que habiendo interpretado a dos homosexuales han acabado, vestidos de cowboy, clavados con chinchetas en las habitaciones de las niñas, animando sueños eróticos. Mi teoría es que las niñas y no tan niñas los veíamos amarse como dos tíarrones y eso pone. Todo esto viene a cuento porque he leído varias estudios que se están haciendo en lo que viene a ser la zona de las montañas de Oregón, que son, por lo que leo, la Chueca del mundo rupestre. Hasta allí han ido los científicos para estudiar el universo de la oveja. ¿Qué han encontrado? Que en la oveja se repite casi el mundo porcentaje gay que en el mundo de los humanos. Un ocho por ciento del rebaño. Eso ya lo sabían los ovejeros antes que los científicos. Los ovejeros habían notado que un tanto por ciento de machos en vez de montar a las hembras prefieren rozarse con otros machos o directamente penetrarlos; lo de las hembras es más complicado, un porcentaje de ovejillas rehúyen a los machos pero deciden quedarse quietas, melancólicas, tal vez soñando con esa relación lésbica a la que no saben darle forma. Tal cual. El caso es que los científicos de las montañas de Oregón que sabían que en el cerebro gay el hipotálamo tiene una dimensión distinta que en el cerebro heterosexual, decidieron averiguar en qué momento de la vida de las ovejillas se produce esa diferencia. Y qué descubrieron, aquí viene lo gordo: que es en los tres primeros meses de gestación cuando el feto animal genera diferencias sexuales. A todo esto los ovejeros de Oregón que no tienen corazón y sólo buscan el rendimiento máximo de sus rebaños piensan que con las ovejas gays pierden dinero, porque no se reproducen y, dado que la concupiscencia es la madre de la ciencia, los científicos empezaron a toquetear en el cerebro de los fetos para cambiarles durante la gestación el hipotálamo de las narices.

A todo esto, Martina Navratilova, mi heroína, ganadora 9 veces en Wimbledon y a la que yo dediqué la única letra de rock que he escrito en mi vida y cuyo estribillo decía así: “Quiero ser bollera/ quiero ser tenista/ hacer lo que yo quiera/ en la cama/ y en la pista”, ha declarado, a cuento de las rumiantes de Oregón, que las ovejas también tienen derecho a disfrutar de su sexualidad. Sí, ríanse, pero Martina tiene sus motivos: estos descubrimientos de la homosexualidad ovejil son de los que alertan a todo el mundo. Por un lado, están los ultraconservadores americanos, que siguen columpiándose en la certeza de que el mariconismo es un vicio que se puede curar con cierta medicación y ayuda psicológica, y por supuesto no están dispuestos a aceptar que es una condición con la que se nace, porque si se admite que el homosexual lo es de nacimiento habrían de admitirle los mismos derechos que a otros colectivos, y eso sí que no, prefieren vivir en su mundo de creencias sin fundamento. Esto no es ninguna tontería, las estadísticas dicen que la gente que cree que con la homosexualidad se nace es más proclive a ser comprensiva con los derechos de los gays que los que creen que es una elección a posteriori. Reconozcámoslo: hoy estoy estupenda, repartiendo datos, estadísticas, documentación exhaustiva.

Definitivamente, me salgo. Por otro lado, están aquellos colectivos gays, en los cuales habríamos de incluir el disgusto de mi diosa inspiradora, la Navratilova, que temen que de igual manera que ya se empiezan a encargar en algunos hospitales americanos embriones a la carta, los padres tenga la posibilidad en un futuro de solicitar que se le practique al feto la misma intervención que a la ovejas de Oregón a fin de que la criatura salga hetero y así poco a poco hacer desaparecer a los gays de la faz de la tierra. Por su parte, los científicos de las ovejas de Oregón dicen que las cuestiones morales no deben paralizar la investigación. Lo confieso, hasta hace poco, víctima de prejuicios sin fundamento, pensaba que el cachondeo estaba circunscrito a las zonas urbanas, a las Chuecas de turno. Pero una cambia, viendo lo que es la montaña en estos momentos. Dan ganas de decir eso de si la montaña no viene a una, ¿no tendrá una que ir a la montaña?

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