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El pícaro y el inocente

Domingo 14 de octubre de 2012  

De vez en cuando, se te acerca alguien de entre el público que ha estado escuchándote, no para que le firmes un libro, ni tan siquiera para decirte que le ha gustado tu charla. Ese espectador misterioso se te acerca y, sobrepasando la separación física aceptable entre dos desconocidos, te dice que su vida contiene una novela y que tú has sido la elegida para escribirla. Quien esto escribe, no vacunada del todo contra la estúpida vanidad, se deja mecer cinco segundos por la idea de que esa persona, tras un disputado casting, te ha concedido un privilegio. Porque tú lo vales. Lo primero que suelo dar son las gracias. Luego, ya en mis cabales, me disculpo diciendo que ando con otros proyectos entre manos. Es entonces cuando dicho/a admirador/a, a fin de convencerte, comienza a patinar. Porque suele darse el caso de que el admirador más rendido se convierte en un alacrán en cuanto le llevas la contraria, y no es raro que te diga que su historia es infinitamente más interesante que las que tú cuentas. Y, caramba, puede que tenga razón, pero en la literatura lo que importa es la manera de narrar, más que los hechos en sí.

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© Elvira Lindo 2014