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Antes de Chueca

Sábado 13 de septiembre de 2008  

En 1993 Chueca no era Chueca. Aún no se había convertido en Gaytown y más que esos baretos cool con significativos nombres como El Armario, que hay ahora, abundaban los bares de la esquina, esos en los que hombres de mirada torva se mantenían pegados a la barra como sujetos por un velcro. Pero Chueca ya apuntaba maneras. Justo en la esquina de la plaza había un puesto de periódicos que atendía Sandra, un transexual que por las noches cantaba coplas al estilo de Rocío Jurado. Chueca tenía un aire portuario, convivían antros gays que prometían duras experiencias con abuelos que se pasaban el verano en camiseta, sentados en el balcón y riñendo a los niños por jugar a la pelota, lo cual no dejaba de ser extraordinario, porque esos ancianos aguantaban el ruido de las discotecas y las broncas nocturnas con una serenidad envidiable. Yo llegué a Chueca en 1993, cuando Chueca aún no era Chueca, y en vez de gays musculosos y lesbianas reivindicativas había una mezcla extrañamente armoniosa de gente humilde del barrio y transexuales que, por la mañana, ya de retirada de una noche dura, iban a comprarse a la panadería de Mari Pili el desayuno, un batido de chocolate y un bollicao, y a menudo aquellas mujeres gigantas, luciendo sombra de barba y labios pintados, gritaban con voz resacosa cosas tremendas. A la panadería de Mari Pili también acudía Andrés Calamaro, al que luego he admirado tanto, sobre todo por sus personalísimas versiones de tangos clásicos. Su interpretación de “Sur” siempre me conmueve. Cuando Chueca aún no era Chueca se trataba de uno de los barrios más baratos del centro. Yo andaba por allí, buscando un piso galdosiano que estuviera destrozado para remodelarlo. O sea, buscaba a dos ancianitas que quisieran salir como fuera de aquel barrio sombrío y pegajoso y soñaran con morir en Benidorm. Las encontré finalmente, y esta mi primera inversión me llevó a pensar que en toda operación inmobiliaria hay un engaño y una buena acción. Porque de la misma forma que yo buscaba abuelitas moribundas que me vendieran un piso por dos duros, ellas, mis angelicales ancianas, buscaban a una pareja incauta que se metiera en aquel agujero. El piso era barato porque incluía a unos yonquis que a eso de las doce del mediodía iban a fumarse un chino en la escalera. Los vecinos teníamos que pasar haciendo equilibrios para no estropearles ese momento que es como el instante de recibir la hostia consagrada para el beato. No sólo había yonquis en la escalera, los había en la acera, en la panadería (afanando bollos) y en la Plaza Vázquez de Mella, que entonces era como un vertedero al que acudían la gente con los perros para que hicieran sus cosas. Yo bajaba a pasear al niño y al perro. Charlaba con los vecinos y a pesar de que la plaza era infecta, había momentos de rara belleza, con el edificio de la Telefónica recortado sobre un atardecer rojo. Mi perro, que era tontunamente sociable, se acercaba a lamerle la cara a cualquiera que estuviera en el suelo. O sea, a yonquis y a mendigos. Unas veces le daban comida y otras le echaban a patadas, según el estado de ánimo de tan arbitrarios personajes. Lo sé. No era el mejor para barrio para educar a un niño. Tampoco el peor. Había una suerte de solidaridad vecinal. El niño hacía a veces los deberes en la panadería de Mari Pili. En fin. Un anochecer de verano, niño, perro y madre salimos a nuestra plaza y vimos un gran bulto en el suelo envuelto en papel albal. Un policía esperaba la llegada de la ambulancia y los vecinos hablaban de la identidad del bulto: una yonqui muy joven, compañera de un mendigo anciano que había muerto en la calle días antes. La muchacha había perdido la vida sentada en el suelo; los vecinos habían pensado que dormía el sueño de los colgados hasta que se alertaron tras verla inmóvil horas y horas. ¿Cómo se explica eso a un niño que mira embobado la escena? No hicieron falta muchas explicaciones porque el niño no paraba de cruzarse con moribundos en sus idas y venidas del colegio. Poco a poco, el barrio se fue quedando sin ellos. O murieron o se fueron a otro lado, no lo sé. Con su desaparición y la llegada de parejas que compraban pisos de ancianitas que querían morir en Benidorm, Chueca empezó a ser Chueca. No hubo nada excitante en ser testigo de aquellas vidas en decadencia. No eran personas alegres, no parecían tener paz de espíritu salvo cuando se les veía doblados sobre sí mismos, entregados a un viaje. No entiendo ni comparto, pues, la fascinación que inspira la vida procelosa de la cantante Amy Winehouse, aunque me encanten sus canciones, su ritmo, su voz, pero la camaradería que provoca su enganche a las drogas me suena a algo ya sabido, algo que los músicos han vivido tristemente en muchas épocas y que acabó con la carrera y la vida de muchos artistas del jazz, luego del rock. Es como si, para ciertos jóvenes, fuera una novedad de la que otros estamos de vuelta pero que no hemos sabido contar. No se sabe contar, no. Si no, échenle un vistazo a los anuncios contra la droga que se ven en las vallas y en la tele. Son tan cool, tan modernitos, tan sugerentes que, francamente, más que echarte para atrás te dan ganas de salir a la calle y pillar un tirito de algo, de lo que sea costumbre.

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