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Adonde el dinero va

Domingo 27 de enero de 2013  

Hace muchos años, ¿veinticinco?, cuando un grupo de jóvenes, escandalosos, alegres e izquierdosos periodistas comenzamos nuestra carrera laboral en una de aquellas emisoras del Movimiento (Nacional, se entiende) asumimos de inmediato que gozábamos del derecho a hacer uso de las instalaciones y el material que se nos proporcionaba tal cual nos viniera en gana. Tengo que decir que la dirección se acoplaba a nuestra juvenil manera de entender los bienes públicos y dejaba ¡en nuestras manos! el dinero correspondiente a las comidas y gastos de producción. Fueron buenos tiempos para la lírica, al contrario de lo que decía la canción, porque comíamos menú con postre y carajillo en los modestos restaurantes de la calle de Huertas, prolongábamos las sobremesas, subíamos luego a la redacción por si nos quedaba alguna llamada para el programa del día siguiente, y de paso hacíamos una llamadilla a la familia y a algunos amigos que estaban lejos. Entonces se tenía muy en cuenta el coste de las conferencias. Al marcharnos a casa nos llevábamos unos cuantos folios o lo que encartara de material “profesional”. Lejos de mí la intención de afirmar que éramos una panda de aprovechados, porque estábamos convencidos de que el Estado era un ente sin fondo al que no solo podíamos esquilmar sino que debíamos hacerlo, como parte de nuestro proverbial desprecio al sistema. Recuerdo que un día, un compañero que tenía por costumbre tocarnos las pelotas tuvo la osadía de criticar ese comportamiento que de tan general que era no considerábamos recriminable. Dividió el mundo en chorizos y choricillos,y a nosotros, a esa redacción en la que convivíamos viejos funcionarios y colaboradores airados, nos metió en el segundo saco. Qué indignación provocó. Ahora la definiría como una indignación escolar, entonces me parecía indignación ideológica, fundamentada en algo que no hubiera sido capaz de sostener más allá de cuatro frases copiadas de otro. Por fortuna, siempre había un experto en adaptar nuestra modesta rapacería a un ideario noble.

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© Elvira Lindo 2014