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¡No disparen al columnista!

Sábado 6 de marzo de 2010  

Los columnistas también tienen padre. A veces incluso madre. A los padres de los columnistas les gustaría que sus hijos escribieran sobre las castañeras en noviembre, los temporales en febrero y las catástrofes naturales. Es decir, que lo que les gustaría a muchos de nuestros padres (que crecieron escuchando aquello de “hijo mío, no te signifiques”) sería que tuviéramos la pericia de escribir cada semana sin tocarle las pelotas a nadie. Los padres quisieran que fueras uno de esos columnistas a los que todo el mundo admira. No comprenden que esos columnistas, si alguna vez los hubo, ya están muertos.

Los columnistas vivos están para ser amados por unos y detestados por otros. Y a veces, dependiendo de la semana, los que te amaban pasan a detestarte y los que te detestaban piensan, mira, tampoco era tan tonta. El columnista es como el director de cine, vale lo que vale su última película, o como el amante, vale lo que vale su último polvo. El columnista, el de verdad, no el que sigue prendido a las faldas de su madre, presiente, como el alacrán, cuándo una columna le va a meter en un lío, pero no puede evitarlo, no puede, es su carácter. Cuando escribo columnas prefiero pensar que nací de un repollo. Si pienso en mi padre, no escribo. Me bloquea. Sé que si escribo sobre los niños de la infancia, él se sentirá feliz, pero que si escribo sobre Cuba, terrorismo, nacionalismo, comunismo, o cualquier otro ismo, torcerá el gesto. No es que te vaya a hacer culpable de los posibles ataques que recibas, pero en el fondo pensará que de alguna manera te los has buscado.

A los padres les encanta que seas columnista, por cuanto tiene de oficio a la vista de todo el mundo, pero detestan los efectos secundarios de dicha colocación. A veces los lectores se comportan como los padres, con la misma actitud vigilante y severa. Pero hay una diferencia, a los lectores sí que les gusta que te metas en líos, los saborean, ¡con una condición!, que tus opiniones coincidan siempre con las suyas. ¿Debe el columnista ser fiel a una parroquia? Es una tentación muy golosa porque quien decide ser fiel a los suyos consigue armarse de un ejército de camaradas que le servirá de escudo cuando lleguen los golpes. A mí, particularmente, el columnista que contenta por sistema a su parroquia me aburre muchísimo. Leo su firma y pienso, uf, perezón. Como lectora prefiero al extravagante, incluso aunque no comparta sus opiniones. El extravagante suele ser independiente. No sé quién decía que un independiente es alguien de derechas camuflado. La frase es ingeniosa, pero seguro que la pronunció alguien que pertenecía a un partido político.

Hay muchos lectores que dicen anhelar la independencia y muchos columnistas que afirman serlo. Menos lobos. Para mí es simplemente una noble aspiración. En las dos últimas semanas me escribieron varios lectores que eran como mi padre. Y que conste que, como a mi padre, les profeso un cariño imponente. Una lectora me dijo que una mujer sensible como yo debía estar muy seca de ideas para dedicarle el típico artículo denigratorio al ex presidente Aznar; otro me escribía para comentarme que no entendía cómo yo, hasta el momento respetuosa con la fe católica, no comprendía que hubiera creyentes que se sintieran heridos por la exposición Cristo Gay; una tercera se mostraba curiosa, “¿le están pagando estos del cine para que últimamente los defienda usted con esa vehemencia?”, que coincidía de alguna manera con un cuarto, “tanto defender a los titiriteros y mira las bobadas que sueltan por esa boca”. También recibí algunas sin encabezamiento ni despedida, pero muy expresivas: “¡Arriba Aznar!”. Qué carácter. Las cartas afectuosas, que son la mayoría y responden, por lo general, a personas sensatas y educadas, las omito, claro. Por pudor. A mí me gusta pensar en cada carta, en la decepción que a veces provocas en un lector o incluso en las razones que pueden llevar a un ser humano a comunicarse con otro sólo por la necesidad de insultarle. ¿Es psicológicamente raro, verdad? El caso es que, rumiando las pequeñas (espero) decepciones que pudieran provocar alguna de mis opiniones, he llegado a la conclusión de que hay lectores que no admiten que para ti pueda ser compatible afear la mala educación de un ex presidente del Gobierno pagado por todos los españoles, defender el oficio de titiritero y la supervivencia del cine español, criticar la falta de manga ancha de algunos creyentes y afear (sin linchamientos) las declaraciones poco humanas de un actor que presidía un acto humanitario. En mi cabeza y en mi corazón es coherente. Me gustaría que en vez de llenarnos la boca con esa palabra, independencia, la paladeáramos. Yo, a veces, harta de líos, escribo pensando en mi padre. O sea, con afán de no molestar. El otro día, por ejemplo, perpetré un artículo sobre esa moda de llevar a los bebés colgados de mochilas con el cuello torcido. Pensé que era un artículo de esos que hacen sonreír sin ofender. Bien, me escribió una lectora presa de la indignación. Firmaba como “Madre porteadora”. Creo que tienen una asociación. Dios mío, no hay manera, me dije. Por tanto, sean piadosos, no disparen al columnista, que también tiene padre. A veces incluso madre

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