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Humor Y Sangre

domingo 17 de julio de 2011  

En España aún se lleva ser malo. Ser malo es un atraso, pero es que esa idea de que el mundo siempre progresa ya sabemos que es errónea. Pareció, durante un tiempo, que nos estábamos curando, pero hay gente que defiende la mala hostia como si fuera una especie de tesoro nacional, un signo identitario que fuera una pena perder. Y así estamos. Si echamos la vista atrás, a 1932, por ejemplo, y leemos que en el semanario Gracia y Justicia alguien escribía: “Federico García Loca o cualquiera se equivoca”, nos llevamos las manos a la cabeza. Pero a la indignación que ese insulto nos provoca contribuye que sabemos lo que vino después: el asesinato, la guerra, la dictadura, en fin. La prensa está plagadita ahora de esa prosa. Quienes la utilizan están convencidos de que son descendientes de Quevedo, y de vez en cuando, para jalearse, le encargan a un becario un reportaje sobre el insulto como una de las bellas artes del articulismo español. Este es un reportaje que se hace una vez al año o así, y siempre es igual, que si Quevedo, que si Góngora, que si Valle-Inclán o que si Cela… Cuando Cela insultaba, sus emocionados costaleros (como les llamó en una ocasión Muñoz Molina) le sacaban en procesión. También hay lectores que jalean este estilo tan de nuestra tierra. ¡Dale caña, dale caña!, gritan los fans. Los artistas del insulto siempre tienen lectores depredadores que quieren acabar de leer una pieza con los dientes llenos de sangre.

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Hermanos, Hermanas

domingo 10 de julio de 2011  

Los hermanos… Los hermanos Lumière, los hermanos Almodóvar, los hermanos Karamazov, los hermanos Calatrava, las tres hermanas de Chéjov, los hermanos Pinzón, los hermanos rarunos de El turista accidental, el hermano que llevó a Alfonso Guerra a comparecer en el Congreso, el hermano peculiar de Federico Trillo, las Andrew Sisters, las hermanas Gilda, las hermanas Brontë, los hermanos Lindo (¡estos son los míos!), los Trueba, los hermanos Mala Sombra, los Dalton, las hermanas Brown, los hermanos musulmanes, los gemelos de María Dolores Pradera, los hermanos de Manolo Escobar, los hermanos Marx, los Warner Brothers, las hermanas siniestras de Qué fue de Baby Jane, los Gutiérrez Caba…

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Berlusconeando

domingo 3 de julio de 2011  

Veo italianos. Cosa que no es extraña si se tiene en cuenta que paseo por Roma. Cuando el columnista pasea por Roma suele ver el Coliseo, el Panteón, la escalinata española, la Fontana de Anita Ekberg o esos atardeceres ocres que, sí, hay que decirlo, son tan bellos que entran ganas de colar toda esa emoción en un artículo; pero hay que contenerse: esa columna, como la de Trajano, ya está construida. También hay mucho escrito sobre la belleza de las italianas. No hay crítico de cine que no haya descrito las maravillas que hizo la pasta en las curvas de Loren o Cardinale. También los varones novelistas suelen hablar de piernas. No hay novelista varón que no haya escrito al menos una página sobre las piernas de las viandantas, sobre ese momento mágico en el que ellas se despojan de las medias. Si el novelista es gay y habla de las articulaciones inferiores femeninas, suele centrarse en los tacones. No me pregunten por qué, pero eso es así en un 97%. Las novelistas, en cambio, solemos detenernos poco en la contemplación sin excusas de los hombres. Y ya no digamos las columnistas.

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Presentación Don De Gentes Madrid

jueves 30 de junio de 2011  

Niños Que Leen

domingo 26 de junio de 2011  

Los padres son un número. ¿Que no? Vénganse un día conmigo a firmar a una feria del libro. Quédense quietos y observen, como observan los libreros, que podrían escribir un tratado psicológico del cliente: el que da la lata y no compra nada, el que quiere que se le cuenten los argumentos, el que exige que se le asegure que el libro le va a gustar, el que no quiere libros tristes, el que no le dice nada al autor teniendo tanto que decir, el que sabe del autor más que el autor mismo. Y también saben de padres, porque los padres, insisto, son un número. Vienen a mi caseta, ponen a dos críos por delante y los presentan: “A este le encanta leer, se lee todo lo que le eches; en cambio a este… De este no hacemos carrera”. El niño lector baja la cabeza, le da vergüenza haber sido descrito como el listo; el niño no lector me mira como si fuera un criminal arrepentido. Y yo siento una mezcla de simpatía y compasión hacia los dos, al uno porque lee y al otro porque no. Los padres siempre dicen que los niños no hablan porque se ponen nerviosos, pero en realidad los que se ponen nerviosos son ellos y no paran de explicar cómo la criatura estaba loca por conocerte y, ahora, míralo, se le ha comido la lengua el gato.

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De Noche y de Día

domingo 19 de junio de 2011  

Me arrepiento. Si alguna vez he perjudicado a alguna persona con un artículo, me arrepiento. Arrepentirse es un verbo que se utiliza poco en este siglo, pero como yo, hasta que la vida no demuestre lo contrario, me siento más del anterior, soy de aquella generación que se arrepentía. Hago honor al verbo no por motivos religiosos, sino porque lamento hacer daño tontamente. Una vez le dediqué una columna a los taxistas, así, en general, como si no tuvieran derecho a una individualidad. Escribí, yo creía que con bastante gracia, del volumen incontrolado de la radio, del olor a rancio cuando no a sobaquina, de esos frenazos que te colocan el estómago en la garganta, del facherío incontenible; en fin, definí a un tipo de taxista, que existe, pero lo hice de manera tan frívola que parecía que el oficio hacía al monje. Quiso el destino castigarme por bocazas y, a partir de esa columna, empezaron a pararme taxis que olían a don limpio, llevaban conectada Radio Clásica, conducían como si hubieran untado las ruedas con vaselina y creían en las libertades del individuo. Vaya. Cuando daba con algún taxista de la escuela rancia, me decía a mí misma: “Algo de razón tenías”, pero al rato, como si fuera una supuración del espíritu, me escocía de nuevo el arrepentimiento. El mundo del taxi me escribió, algunos taxistas amables de esos que habían encontrado mi voz alguna vez en la radio me reprocharon el trazo grueso del retrato, y yo me quedé pensando que alguna vez trataría de enmendarme escribiendo de taxistas concretos o, mejor aún, de personas que no respondieran al tópico que persigue a su oficio, sino a una soberana personalidad. Aquí van dos personajes que conocí esta misma semana:

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208 semanas de obsesión: Elvira Lindo reúne en un libro sus columnas dominicales

jueves 16 de junio de 2011  

“La columna del periódico termina por convertirse en la columna vertebral de tu vida”, dice Elvira Lindo. “Toda la semana vives un poco para encontrar qué contar. Es una obsesión”. El fruto de 10 años de obsesión ha desembocado en las 360 páginas de Don de gentes (Alfaguara), una selección, con prólogo de Juan Cruz, de los artículos que la escritora ha publicado en el suplemento Domingo de este periódico.

Sentada en el salón de su casa de Madrid, la autora de Lo que me queda por vivir matiza que a la hora de armar el libro se ha decantado por textos aparecidos en los últimos cuatro años, 208 obsesivas semanas agrupadas por temas: de la música a la literatura pasando por las costumbres españolas y las estadounidenses. Los textos reunidos ahora se ciñen a su colaboración dominical. Fuera quedan los que publica cada miércoles en la última página del diario. Dos extensiones, dos tonos, dos obsesiones, pues: “Es como si el domingo dejara escapar la persona privada que soy y el miércoles tuviera muy en cuenta la persona pública que soy. Respecto a la política siempre soy, creo, una persona sensata; respecto a mi vida me dejo llevar más por la insensatez”. ¿Siente que la insensata perjudica a la sensata? “Lo que está bien visto es presentarse ante los demás de una pieza, y yo he hecho lo contrario. Cada columnista lleva a sus espaldas los prejuicios que se han tejido sobre él, y mi saco es enorme”. Para Elvira Lindo, el mayor peligro del columnismo es “hacerte una clientela y echarle de comer”. Por eso huye del repertorio precocinado de opiniones en salsa PSOE o IU o en salsa ONG: “De cada hecho me interesa dar la opinión que honradamente tengo sin pertenecer a un grupo. Coincido con la izquierda, pero no estoy ahí para halagar. Siento que no tengo míos”

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Quiero entrar en la leyenda

lunes 13 de junio de 2011  

Las marías. La gimnasia, los trabajos manuales, el dibujo. Ahora me doy cuenta de la falta que me han hecho esas tres disciplinas en la vida y de lo engorrosas que me resultaban en el colegio. Las marías. La odiosa clase de gimnasia con el potro de tortura; el último coletazo de la Sección Femenina en la de trabajos manuales, con la consabida canastilla; el dibujo lineal, en fin, me faltan las palabras para definir lo que sentía por el dibujo lineal. La psicomotricidad gruesa y la psicomotricidad fina. La maña, la destreza física. Cómo nos hicieron detestar cosas que luego desearíamos haber aprendido de otra manera. En la gimnasia se temía a la caída y al ridículo; a los trabajos manuales se les tomaba manía y eso que era lo más cercano al juego infantil; puede que la forma de evaluar el dibujo dividiera casi desde el principio a los torpes de los virtuosos.

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Todo Vale

domingo 5 de junio de 2011  

Hay personas a las que no les gustan los musicales. ¡En serio! Yo he conocido a alguna. Y debo decir que las he observado muy atentamente, con gran asombro. Despiertan en mí tanta curiosidad como aquellos a los que no les gustan el chocolate, la patata, el tomate o el pan. Son los sabores que triunfan entre los niños: algo deben de tener para ser amados universalmente. Recuerdo a alguien que me dijo, “no me gustan los musicales porque me gusta el teatro”. Esto me hizo pensar que hay personas que no quieren rebajarse a que les guste lo que gusta a una mayoría. O que piensan que aquel espectáculo en que los adultos disfrutan como niños no puede ser valioso. También hay quienes los desprecian porque los argumentos son tontorrones. Y es verdad, los musicales suelen tener un hilo conductor que apenas sirve de hilván para unir las canciones. Pero qué importa si esas canciones son extraordinarias. Se olvida que las melodías de los musicales han sido amadas por los músicos de jazz, de pop o bossa nova. Cuando una canción es buena es indestructible.

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Para qué sirve un beso

lunes 30 de mayo de 2011  

Cuánto me gusta reírme y qué poca gracia les encuentro a veces a los humoristas. Lo que en la vida diaria se da de manera tan frecuente y ligera, reírse de un malentendido o de un juego verbal, resulta muy forzado cuando se condensa en un monólogo. Para que un monólogo sea brillante no es que haya que ser gracioso, es que hay que ser un genio. Hubo dos genios del monólogo, Woody Allen y Jerry Seinfeld, que pasaron años probando sus historias en pubs; los dos eran herederos de la tradición de teatro humorístico judío que a principios de siglo brilló en humildes teatros de la Segunda Avenida neoyorquina. Hoy hay un genio en la televisión americana, se llama Bill Maher y es el tío más corrosivo que he escuchado nunca. Cuando quieres escuchar algo subversivo, algo que crees que a nadie se le podría pasar por la cabeza, y menos aún se atrevería a decirlo, ahí está Maher, que, sin perder la sonrisa ni amedrentarse ante ningún tema, le da un repaso a los fanáticos religiosos que anuncian el fin del mundo, a Trump o a Schwarzenegger.

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