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La Sordera Nacional

Domingo 6 de enero de 2013  

Para decirle la dirección al taxista tengo que levantar la voz porque tenemos la música por barrera. No una barrera infranqueable: sería sencillo que él cayera en la cuenta de que con bajar el volumen nuestra comunicación sería fluida. Pero no. Como no me oye bien, me pide que repita, yo chillo y a correr. Por el camino, me voy irritando en progresión geométrica según se suceden las canciones. Son esas canciones pop “de ayer, de hoy y de siempre” que algunas cadenas de radio han machacado hasta convertirlas en un chicle pegado en la acera. Recuerdo que la radio pública americana emitió el año pasado un programa dedicado a aquellas buenas canciones que a fuerza de sonar en emisoras de standars, en supermercados o en diners habían acabado por ser detestadas por sus propios fans. Una de ellas es Hotel California. Hotel California es la que está sonando cuando, armada de valor, le pido que, por favor, baje el volumen. Siento que tengo que hacer acopio de valor para pedírselo porque la contaminación acústica en España es sagrada. Es un derecho indiscutible incluido en esa especie de Constitución tácita que cada español trae bajo el brazo cuando nace y que le permite provocar ruido a su antojo.

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Allen, el viejo artesano

Domingo 30 de diciembre de 2012  

Qué rara es la gente cuando no esperamos verla. Cuando la encontramos fuera de su entorno o despojada del uniforme al que la tenemos asociada. De esa forma me crucé con uno de los personajes más icónicos de la cultura del siglo XX. Unas gafas de concha, un gorrito de tela, una cara alargada. La cara de Woody Allen, tan representada y presente en el merchandising de la cultura americana que se puede reproducir con trazos contados. Pero fue verle de pronto, una tarde de domingo de invierno en Madison Avenue, del brazo de una mujer que no aparentaba haber sido la protagonista de un amor oscuro, y tardar en reconocer a una de las personas más familiares de nuestro universo cultural.

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Hombres ridículos

Domingo 16 de diciembre de 2012  

Este es un mundo para rápidos y yo soy lenta. Lenta para pillar algunos chistes, por ejemplo. Lenta para captar el guiño sociológico de una campaña publicitaria, por ejemplo. He sido lenta para percibir que el anuncio de la marca de ropa Desigual, en el que una chica se prueba modelitos provocativos frente al espejo para acabar diciendo que el tío que se piensa tirar sí-o-sí es su jefe, tiene un mensajito envuelto en su absoluta frivolidad. Por lo que leo, el mensajito que nos deja semejante bombón es que no solo son ellos los que tienen un deseo sexual irreprimible, etcétera. Jamás habría llegado yo sola a esta conclusión. Me han ayudado entre blogs y redes sociales. A no ser que un anuncio sea exasperante, soy de ese tipo de espectadores que van a lo que van. ¿Anuncias ropa? Enséñame la ropa. Al resto no le voy a hacer demasiado caso. De aquel célebre anuncio de Loewe en el que unos pobres jovenzuelos quedaban como descerebrados me quedó una idea: imposible vender lujo de manera tan cutre. Aparecieron teóricos argumentando que lo que busca la publicidad, por encima de todas las cosas, es que una marca ande de boca en boca. Ese lugar común de “que hablen de ti aunque sea mal”. Baratijas de experto.

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Discrepar Es Pecado

Domingo 9 de diciembre de 2012  

Lo que le ha pasado a la actriz Carmen Machi es un ejemplo de cómo en España se castiga siempre la libertad de criterio. Ella firma un manifiesto entendiendo que así expresa su voluntad de tender un puente con Cataluña y alguien se apresura a definirla como enemiga de un pueblo, aprovechando que la actriz representa en estos días un monólogo en el Teatro Lliure. No sé si a eso se le llama boicot, pero, dado lo caldeado que está el ambiente, animar a los tuyos a no acudir a un espectáculo por considerar a una cómica contraria a la voluntad popular se parece bastante. Afortunadamente, Lluís Pasqual, el director del teatro, reaccionó y recondujo el asunto; dejando a un lado que la pequeña gran Machi despierta simpatías tan abiertas que tras el incidente ha conseguido que el aplauso del público se vuelva aún más cerrado. Pero este ejemplo nos debiera alertar de cómo el ambiente que respiramos se está volviendo más agresivo por momentos. La ira del desesperado, del que ha perdido casa o trabajo y derechos debe encontrar nuestra comprensión, pero qué legitimidad tiene el que trata de socavar la honorabilidad de otro simplemente por discrepar. ¿Discrepar es un delito? Si nos acostumbramos a que el país funcione a golpes de juicios tuiteros, sin medir el daño que provocamos, se convertirá en pecado. Un tribunal moral compuesto por ciudadanos iracundos con pocos escrúpulos y sin dos dedos de frente.

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Una Pequeña Venganza

Domingo 2 de diciembre de 2012  

Es sabido que los seguidores más fieles de los medios de comunicación son los de la radio. Aunque no se diga, esa fidelidad está relacionada con la manera en que nos relacionamos con el mando. Mientras lo visual y el mando a distancia propician que el usuario vaya cambiando compulsivamente de canal, la radio, que consiste en amar una voz concreta, familiar, que rompa el silencio o haga más llevadera la soledad, la radio, digo, suele estancarse en un punto del dial y no moverse en años.

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Feos en la Calle

Domingo 25 de noviembre de 2012  

No hay manera de zafarse de esta realidad. Es la que nos ha tocado en suerte. ¿No queríamos emociones? ¡Toma ya, momento histórico! Creíamos que la única forma de agitar las caducadas ideologías era desempolvar los rencores de nuestra guerra. No sabíamos, ay, lo que nos deparaba el futuro. Y esto es ya el futuro. El futuro implacable que llama a diario a los que tenemos algún tipo de tribuna pública. Son los lectores los que se están encargando de ponernos al cabo de la calle. EL ARTICULO SIGUE AQUI >>

 

Hacer los Deberes

Domingo 18 de noviembre de 2012  

Hay días en que la cabeza me revienta de escuchar tantos debates. Desayuno con la radio. Y ahí están, los polemistas. Después del café leo los periódicos, porque leo varios (demasiados). Dicen que es bueno leer a unos y a otros, para contrastar, y juro que con ese noble propósito lo hago, pero yo diría que al final del día mi cabeza no está al borde del contraste, sino de la explosión. Tras la comida me pongo a Ana Blanco. Hay otras, pero yo me he propuesto morir con ella: ella, que Dios la guarde muchos años, cayendo sobre la mesa de noticias del mediodía cuando haya sobrepasado los noventa; yo, clavando la barbilla en el pecho para siempre frente a la tele. Qué mejor que un final mutuo para una relación tan fiel. Dejando a un lado que no quisiera que me pillara fuera de casa el día histórico en que la Blanco se equivoque.

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Campanas de Boda

Domingo 11 de noviembre de 2012  

Diga usted que sí, buen hombre, siga creyendo que el matrimonio es solo entre un hombre y una mujer. Siga usted creyendo que los elefantes se llaman elefantes porque Dios otorgó a Adán el derecho a dar nombre a otros seres vivos (inferiores, naturalmente, según la Iglesia Católica). Siga usted creyendo, hombre sobrado de razón, que los diccionarios son enormes continentes de palabras a las que jamás ha de modificarse el significado. Es decir, que si la Academia del siglo XVIII certificó, un suponer, una definición para los bastardos, los hijos ilegítimos o las relaciones contra natura, ¿quién es el pueblo llano para modificar un significado por un cambio de costumbres o de moral? Amigo, siga usted en sus trece. EL ARTICULO SIGUE AQUI >> 

 

Del Cine y La Caspa

Domingo 4 de noviembre de 2012  

Cuando leo uno de esos artículos dedicados a la magia de la gran pantalla, de sala oscura, de los sueños que se esfuman cuando nuestros ojos han de acostumbrarse a la cruda realidad; cuando leo eso, digo, me sale una urticaria que yo calificaría de saludable, porque me avisa de lo que no tengo que escribir jamás. Yo creía que las columnas dedicadas a la sala oscura y su cursi retahíla eran cosa del pasado, que aquellos plumillas old fashion habían ido muriendo, pero se ve que hay un tipo de columnista vintage que reincide, encontrando el tema de actualidad por aquello de la crisis del cine. EL ARTICULO SIGUE AQUI >>

 

Guerra en la Asamblea

Domingo 28 de octubre de 2012  

Un tío llamado Mike Godwin se inventó una ley a la que llamó “Godwin”. Hizo bien. La ley de este célebre abogado americano enuncia que “a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno. Dicho lo cual, Godwin estableció que cualquier discusión se debía dar por concluida cuando uno de los participantes sacara a los nazis a relucir. Se refería a las discusiones en las redes, y doy fe, dado que alguna vez me he enzarzado tontamente en una discusión virtual, que al hombre le asistía la razón: siempre hay un interviniente que tratando de ganar una bronca que está comenzando a ser pesada, carga de dramatismo el momento trayendo a colación la Europa nazi o al mismo Hitler. Es esta una ley sin fronteras que no se circunscribe al mundo de la Red. Con demasiada frecuencia está en boca de las personas públicas y lo que demuestran con esos argumentos es, sencillamente, que no poseen un alto vuelo dialéctico.

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